LA ADIVINACION Dentes Furca Amens

In document Dogma Y Ritual De La Alta Magia (página 121-124)

El autor de este libro ha osado mucho en su vida, y jamás un temor ha tenido su pensamiento cautivo. No ~s, sin embargo, sin un legítimo terror como llega al final del dogma mágico.

Se trata ahora de revelar, o más bien, de volver sobre el gran Arcano, ese terrible secreto,ese secreto de vida y de muerte, manifestando en la Biblia por aquellas formidables y simbólicas palabras de la serpiente, también simbólicæ I NEQUAQUAN MORIEMINI, II SED ERITIS, III SICUT DII, IV SCIENTES BONUM ET MALUM. Uno de los privilegios del iniciado en el gran Arcano y aquel que resume todos los demás es el de la Adivinación.

Según el sentido vulgar de la palabra, adivinar significa conjeturar lo que se ignora; pero el verdadero sentido de la palabra es inefable a fuerza de ser sublime. Adivinar

(divinari) es ejercer la divinidad. La palabra divinus, en latín significa algo más que la

otra palabra divus, cuyo sentido es equivalente a hombre dios. Devin, en francés, contiene las cuatro letras de la palabra Diau (Dios), más la letra N que corresponde por su forma al aleph hebreo y que manifiesta cabalística yjerogilficamente el gran Arcano, cuyo símbolo en el Tarot, es la figura del batelero.

Aquel que comprenda perfectamente el valor numeral absoluto de multiplicada por N, con la fuerza gramatical de la N final en las palabras ciencia, arte, potencia,

adicionando después las cinco letras de la palabra DEVIN, a fin de hacer entrar cinco

en cuatro, cuatro en tres, tres en dos y dos en uno, aquel al traducir el número que encuentre en letras hebraicas primitivas, escribirá el nombre oculto del gran Arcano y poseerá una palabra de la que el mismo santo tetragrama no más que el equivalente y como la imagen.

Ser adivino, según la fuerza de la palabra, es, pues, ser divino, y algo más misterioso todavía.

Los dos signos de la divinidad humana, ode la humanidad divina, son las profecías y los milagros.

Ser profeta es ver por anticipado los efectos que existen en las causas; es leer en la luz astral; hacer milagros, es obrar valiéndose del agente universal y someterle a nuestra voluntad.

Se preguntará al autor de este libro si es profeta y taumaturgo.

Que los curiosos averigüen y lean todo cuanto ha escrito antes de ciertos acontecimientos que se han verificado en el mundo. Cuanto a lo que han podido decir y hacer, silo refiriera, y si en ello hubiera realmente algo maravilloso, ¿se le creería bajo su palabra?

Además, una de las condiciones esenciales de la adivinación, es la de no verse obligado a ella, no someterse nunca a la tentación, es decir, a la prueba. Nunca los maestros de la

ciencia han cecido a la curiosidad de nadie. Las sibilas queman sus libros cuando Tarquino rehusa apreciarlos en su justo valor; el gran Maestro se calla cuando se solicitan de él signos de su misión divina Agrippa muere de miseria antes de obedecer a aquellos que solicitan de él un horóscopo. Dar pruebas de la ciencia a aquellos que dudan de la ciencia misma, es iniciar a indignos, es profanar el oro del santuario, es merecer la excomunión de los sabios y la muerte de los reveladores.

La esencia de la adivinación, es decir, el gran Arcano mágico, está figurado por todos los símbolos de la ciencia, y se liga estrechamente con el dogma único y primitivo de Hermes. En filosofía da la certeza absoluta; en religión el secreto universal de la fe; en física, la composición, la descomposición, la recomposición, la rea1izacion y la adaptación del mercurio filosofal, llamado ázoe por los alquimistas; en dinámica, multiplica nuestras fuerzas por las del movimiento continuo; es a la vez místico, metafísico y material con correspondencias de efectos en los tres mundos; procura caridad en Dios, verdad en ciencia y oro en riqueza, porque la transmutación metálica es, a lavez, una alegoría y una realidad, como lo saben bien todos los adeptos de la verdadera ciencia.

Sí, se puede real y materialmente hacer oro con la piedra de los sabios, que es un amalgama de sal, de azufre y de mercurio combinados tres veces en ázoe por una triple sublimación y una triple fijación. Sí, la operación es con frecuencia fácil y puede hacerse en un día, en un instante; otras veces requiere meses y aun años. Pero, para tener éxito en la gran obra, es preciso ser divinus, o adivino en el sentido cabalístico de la palabra y es indispensable haber renunciado, por interés personal, a las ventajas de las riquezas, de las cuales se convierte uno, de esa forma, en dispensador de ellas. Ramon Liull enriquecía a los soberanos; sembraba a Europa con sus fundaciones y permanecía pobre; Nicholas Flamel, que está bien muerto, diga cuanto quiera la leyenda, no encontró la gran obra hasta después de haber conseguido, por el ascetismo, un desligamiento completo de las riquezas. Fue iniciado por el saber que le proporcionó repentinamente la lectura del libro de Asch de Mezareph, escrito en hebreo por el cabalista Abraham, el mismo quizá, que redactó el Sepher Jezirah. Ahora bien, ese saber, fue en Flamel, una intención merecida, o más bien posible por las preparaciones personales del adepto. Creo haber dicho bastante.

La adivinación, es, por tanto, una intención y la llave de ella está en el dogma universal y mágico de las analogías. Es por las analogías como el mago interpreta los sueños, como vemos en la biblia que lo hizo el patharca José, en Egipto, porque las analogías en el reflejo de la luz astral son tan rigurosas como los matices de colores lo son en la luz solar y pueden ser calculadas y explicadas con la mayor exactitud. Unicamente que es indispensable conocer el grado de vida intelectual del soñador quien se revelará a sí mismo por completo, por sus propios sueños, hasta causar en él mismo, el mayor asombro.

El sonambulismo, los presentimientos y la segunda vista no son más que una predisposición, sea accidental, sea habitual, a soñar en un sueño voluntario, o en estado de vigilia, es decir, a percibir despierto los reflejos analógicos de la luz astral. Ya explicaremos todo esto en nuestro Ritual, cuando proporcionemos el medio, tan buscado, de producir y dirigir regularmente los fenómenos magnéticos.

Cuanto a los instrumentos adivinatorios son sencillamente un medio de comunicación entre el adivino y el consultante, y no sirven, con frecuencia, más que para fijar las dos

atenciones y las dos voluntades, sobre un mismo signo; las figuras vagas, complicadas, móviles, ayudan a ensamblar los efectos de la luz astral, y así es como se ve en el poso del café, en las nubes, en la clara del huevo, etc., etc., formas fatídicas, existentes únicamente en lo translucido, es decir, en la imaginación de los operadores.

La visión en el agua se opera por desvanecimiento y fatiga del nervio óptico, que cede sus funciones al translucido, y produce una ilusión en el cerebro que toma por

imágenes reales los reflejos de la luz astral; así, las personas nerviosas, que tengan la vista debilitada y la imaginación viva, son más propias para este género de adivinación que excede a lo increíble, sobre todo, cuando se realiza por medio de niños.

No se desprecie, por tanto, la función que aquí atribuimos a la imaginación en las artes adivinatorias. Se ve, por la imaginación, sin duda, y esta es la parte natural del milagro; pero se ven cosas verdaderas y en esto es en lo que consiste lo maravilloso de la obra natural.

Emplazamos a la experiencia a todos los adeptos. El autor de este libro ha empleado todos los métodos de experimentación y ha obtenido siempre resultados proporcionales con la exactitud de sus operaciones científicas y con la buena fe de los consultantes. El Tarot, ese libro milagroso, inspirador de todos los libros sagrados de los antiguos pueblos, es, a causa de la precisión analógica de sus figuras y de sus números, el instrumento de adivinación más perfecto.

Efectivamente, los oráculos de este libro son siempre rigurosamente verdaderos, por lo menos en un sentido, y cuando no predice nada, revela siempre cosas ocultas y ofrece a los consultantes los más sabios consejos.

Allieue, de peluquero que era, se convirtió en el siglo XVIII en cabalista, después de haber pasado treinta años meditando sobre el Tarot; Alliette, que se llamaba cabalísticamente Etteilla, al leer su nombre como se lee la escritura hebrea sagrada, estuvo a punto de encontrar todo cuanto había de oculto en ese extraño libro; pero, sucedió que, al separarlas claves del Tarot, por no haberlas comprendido bien, invirtió el orden y el carácter de las figuras, sin destruir completamente las analogías. Los escritos de Etteilla, ya muy rams, son fatigosos y oscuros. No todos ellos fueron impresos y los manuscritos de ese padre de los cartómagos modernos permanecen aún en manos de un librero de París, que tuvo la bondad de ensefiármelos. Lo más notable que en ello pudo verse, es la pertinacia, la incontestable buena fe del autor, que presintió durante toda su vida la grandeza de las ciencias ocultas y que hubo de morir a la puerta del santuario sin poder penetrar en él y sin lograr descorrer el velo. Apreciaba poco a Agrippa-y hacía mucho caso de Jean Belot, y no conocía nada la filosofía oculta de Paracelso; pero, en cambio, poseía una intuición muy ejercitada, una voluntad muy perseverante y más ensueño que juicio. Todo esto le impedía ser mago, pero hacía de él un adivino vulgar muy hábil y, por consiguiente, muy acreditado.

Al decir, en nuestro Ritual, la última palabra sobre el Tarot, indicaremos el modo

completo de leerle y de consultarle, tratando, no sólo de las probabilidades marcadas por el destino, sino también de los problemas de religión y de filosofía, acerca de los cuales da siempre solución exacta y precisa, si se explica uno en el orden jerárquico, las analogías de los tres mundos con tres colores y los cuatro matices que componene el septenario sagrado.

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RESUMEN Y CLAVE GENERAL DE LAS

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