LA CLAVE DEL OCULTISMO

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Profundicemos ahora el tema de los pantáculos, por cuanto en ellos estriba toda la virtud mágica, en tanto que el secreto de la fuerza está en la inteligencia que la dirige.

No volveremos a ocupamos de los pantáculos de Pitágoras y de Ezequiel, de los cuales ya hemos ofrecido la explicación y el grabado. Probaremos en otro capítulo, que todos los instrumentos del culto hebraico eran pantáculos, y que Moisés había escrito en oro yen cobre, en el tabernáculo y en todos sus accesorios, la primera y la última palabra de la Biblia. Pero cada mago puede y debe de tener su pantáculo, porque un pantáculo, bien entendido, no es más que el resumen perfecto de un espíritu.

Por esto es por lo que se encuentra en los calendarios mágicos de Ticho Brahe y de Duchenteau, los pantáculos de Adam, de Job, de Jeremías, de Isaías y de todos los grandes profetas que fueron, cada cual, en su época, los reyes de la Cábala y los grandes rabinos de la ciencia.

Siendo el pantáculo una síntesis complete y perfecta, manifestada por un solo signo, sirve para reunir toda la fuerza intelectual en una mirada, en un recuerdo, en un contacto. Es algo así como un punto de apoyo, para proyectar la voluntad con fuerza. Los nigromantes y los goecios trazaban sus pantáculos infernales sobre la piel de las víctimas que inmolaban. Se encuentran en muchas clavículas y grimorios, las ceremonias de la inmolación, la manera de degollar el cabrito, el de salarle, secar y blanquear su piel. Algunos cabalistas hebreos cayeron también en esta especie de locura, sin acordarse de las maldiciones pronunciadas en la Biblia contra aquellos que sacrificaban lo mismo en los terrenos elevados, que en cavernas de la tierra. Todas las efusiones de sangre celebradas ceremonialmente son abominables e impías, y desde la muerte de Adonhiran la Sociedad de los verdaderos adeptos tiene horror por la sangre. Ecclesia abhorret a sanguine.

El simbolismo iniciático de los pantáculos, adoptado en todo el Oriente, es la clave de todas las mitologías antiguas y modernas. Si no se conociera el alfabeto jeroglífico se perdería uno en las oscuridades de los Vedas, del Zend-Avesta y de la Biblia.

El árbol generador del bien y del mal, el manantial único de los cuatro ríos, de los cuales, uno riega la tierra de oro, es decir, de la luz, y otro corre en la Etiopía, o en el reino de la noche; la serpiente magnética que seduce a la mujer y la mujer que seduce al hombre, revelando así la ley de la atracción; después el Querube o Esfinge colocado ala puerta del santuario edénico, con la espada refulgente de los guardianes del símbolo; luego la regeneración por el trabajo y el parto por el dolor, ley de las iniciaciones y de las pruebas; la división de Caín y de Abel, idéntica al símbolo de la lucha de Anteras y de Eros; el área transportada sobre las aguas del diluvio, como el cofre de Osiris; el cuervo negro que no retorna, y la paloma blanca que regresa, nueva emisión del dogma antagónico y equilibrada; todas estas magníficas alegorías cabalísticas del Génesis que, tomadas al pie de la letra y aceptadas como historias j reales, merecerían todavía mayores risa y desprecio, que el que les prodigó ~ Voltaire, sino se hicieran luminosas para el iniciado, quien saluda entonces con entusiasmo y amor la perpetuidad del verdadero dogma y la universalidad de la misma iniciación en todos las santuarios del mundo.

Los cinco libros de Moisés, la profecía de Ezequiel y el Apocalipsis de San Juan, son las tres claves cabalísticas de todo el edificio bíblico. Las esfinges de Ezequiel, idénticas a las del

giran las unas dentro de las otras, son las esferas armónicas de Pitágoras; el nuevo templo, del que dio las medidas cabalísticas, es el tipo de los trabajos de la ~ masonería primitiva. San Juan, en su Apocalipsis, reproduce las mismas imágenes y los mismos números y reconstituye, idealmente, el mundo edénico en la nueva Jerusalén; pero en el manantial de los cuatro ríos, el cordero ha reemplazado el árbol misterioso. La iniciación por el trabajo y por la sangre se ha verificado, y ya no hay templo, porque la luz de la verdad se ha esparcido por todas partes y el mundo se ha convertido en templo de la justicia.

Este hermoso sueño final de las santas Escrituras, esta hermosa utopía divina, por la cual la iglesia se refiere con razón, a la realización de una vida mejor, han sido el escollo de todos los antiguos heresiarcas y de un gran número de ideólogos modernos. La emancipación simultánea y la igualdad absoluta de todos los hombres, supone la cesación del progreso, y, por consecuencia, de la vida; en la tierra de los iguales no puede haber ni ancianos ni niños; el nacimiento, lo mismo que la muerte, no podrían admitirse.

Esto es suficiente para probar que la nueva Jerusalén no es, en este mundo, más que el Paraíso primitivo, en donde no debía conocerse niel bien ni el mal, ni la libertad, ni la generación, ni la muerte; es, por tanto, en la eternidad en donde empieza y concluye el ciclo de nuestro simbolismo religioso.

Dupuis y Volney han derrochado gran erudición para descubrir esa identidad relativa de todos los símbolos y han concluido en la negación de todas las religiones. Nosotros llegamos por la misma vía a una afirmación diametralmente opuesta y reconocemos, con admiración, que jamás hubo falsas religiones en el mundo civilizado; que la luz divina, ese esplendor de la razón suprema, del Logos, del Verbo, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, no ha faltado a los hijos de Zoroastro, lo mismo que las fieles ovejas de San Pedro; que la revelación permanente, única y universal, está escrita en la naturaleza visible, se explica en la razón y se completa por las sabias analogías de la fe; que no hay, en fin, más que una religión verdadera, más que un dogma y una creencia legítima, como no hay más que un Dios, una razón y un universo; que la revelación no está oscura para nadie, puesto que todo el mundo comprende poco o mucho, la verdad y la justicia, y puesto que todo lo que puede ser no debe ser más que analógicamente a lo que es.

EL SER ES EL SER .

Las figuras, tan extravagantes en apariencia, que presenta el Apocalipsis de San Juan, son jeroglíficas, como todas las de las mitologías orientales, y pueden encerrarse en una serie de pantáculos. El iniciador, vestido de blanco, en pie entre los siete candelabros, teniendo en su manto siete estrellas, representa el dogma único de Hermes y las analogías-universales de la luz.

La mujer, vestida de sol y coronada por doce estrellas, es la Isis celeste, es la gnosis en que la serpiente de la vida material quiere devorar al hijo; pero toma las alas de un águila y se escapa al desierto.

El ángel colosal, cuyo rostro es un sol; la aureola, un arco iris; el vestido, una nube; las piernas, columnas de fuego, y el que tiene un pie sobre la tierra y el otro sobre el mar, es un verdadero Pantheo cabalístico.

Los pies, representan el equilibrio de Briah o del mundo de las formas; sus piernas, son las dos columnas del templo masónico Jakin y Bohas; su cuerpo, velado por nubes de entre las cuales sale una mano que sostiene un libro, es la esfera de Jezirah o de las pruebas iniciáticas; la cabeza solar, coronada del septenario luminoso, es el mundo de Aziluth o de la revelación perfecta, y no puede uno asombrarse bastante de que los cabalistas hebreos no hayan reconocido y divulgado ese simbolismo tan inseparable y estrechamente ligado a los más

elevados misterios del cristianismo, al dogma secreto, pero invariable, de todos los maestros en Israel.

La bestia de las siete cabezas, es, en el simbolismo de San Juan, la negación material y antagónica del septenario luminoso y la prostituta de Babilonia, corresponde del mismo modo a la mujer revestida de sol; los cuatro caballeros, son análogos a los cuatro animales alegóricos; los siete ángeles con sus siete trompetas, sus siete copas y sus siete espadas, caracterizan lo absoluto de la lucha del bien contra el mal, por la palabra, por la asociación religiosa y por la fuerza. Así, los siete sellos del libro oculto, son sucesivamente levantados, y la iniciación universal se verifica. Los comentaristas que han buscado otra cosa en ese libro de alta cábala, han perdido su tiempo y su trabajo hasta llegara hacerse ridículos. Ver a Napoleón en el ángel Apollyon, a Lutero en la estrella que cae, a Voltaire y a Rosseau en los saltamontes equipados para guerrear, es fantasear bastante. Lo propio sucede con todas las violencias hechas con los nombres de personajes celebres, a fin de encerrar en determinadas cifras el fatal 666, que ya hemos explicado lo bastante; y cuando se piensa en esos hombres que se llamaron Bossuet y Newton se han entretenido en esas quimeras, se comprende como la humanidad no es tan maliciosa en su genio, cual podía suponerse por el aspecto de sus vicios.

XI

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