La confusión del interés compuesto

In document Como piensan los ricos - Morgan Housel (página 56-65)

Warren Buffett consiguió 81.500 millones de los 84.500 millones de dólares de su patrimonio neto

después de cumplir los sesenta y cinco años.

Nuestra mente no está hecha para tales disparates.

Las lecciones de un ámbito a menudo nos enseñan cosas importantes sobre ámbitos que no están relacionados. Pensemos en los miles de millones de años de historia de las glaciaciones y lo que nos enseñan sobre cómo cultivar nuestra fortuna.

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Nuestro conocimiento científico de la Tierra es más joven de lo que podríamos pensar. Comprender cómo funciona el mundo a menudo implica perforar a gran profundidad bajo su superficie, algo que no fuimos capaces de hacer hasta hace muy poco. Isaac Newton calculó el movimiento de las estrellas cientos de años antes de que entendiéramos algunas de las cosas más básicas de nuestro planeta.

No fue hasta el siglo XIX cuando los científicos consensuaron que la Tierra había estado cubierta de hielo en múltiples ocasiones.1Había demasiadas pruebas para negarlo. Por todo el planeta había huellas de un mundo previamente helado: enormes peñascos esparcidos en ubicaciones aleatorias; capas de rocas amontonadas en finos estratos. Las evidencias dejaron claro que no había tenido lugar solo una era glacial, sino cinco periodos de glaciación distintos que podíamos medir.

La cantidad de energía necesaria para congelar el planeta, derretirlo de nuevo y volver a congelarlo es impactante. ¿Qué

demonios podía estar detrás de aquellos ciclos? Aquella tenía que ser la fuerza más poderosa de nuestro planeta.

Y lo era. Pero no de la forma que nadie esperaba.

Había muchas teorías sobre por qué se producían periodos de glaciación. Para dar cuenta de su enorme influencia geológica, las teorías eran igual de grandilocuentes. Se creía que el levantamiento de cordilleras montañosas podía haber alterado los vientos de la Tierra lo bastante para modificar el clima. Otros científicos preferían la idea de que el hielo era el estado natural, interrumpido por erupciones volcánicas inmensas que nos calentaban.

Sin embargo, ninguna de esas teorías era capaz de explicar el ciclo de las eras glaciales. El crecimiento de cordilleras o algunos volcanes inmensos pueden justificar una glaciación. Pero no la repetición cíclica de cinco.

A principios del siglo XX, un científico serbio llamado Milutin Milanković estudió la posición de la Tierra en relación con los demás planetas y se le ocurrió la teoría de las glaciaciones que ahora sabemos que es precisa: la atracción gravitatoria del Sol y la Luna afecta levemente al movimiento de la Tierra e inclina nuestro planeta hacia el Sol. Durante partes de este ciclo, que puede durar decenas de miles de años, cada uno de los hemisferios terrestres recibe un poco más, o un poco menos, de radiación solar de lo habitual.

Y aquí empieza la diversión.

La teoría de Milanković inicialmente suponía que una inclinación de los hemisferios de la Tierra causaba inviernos lo suficientemente fríos como para convertir el planeta en hielo. Pero el meteorólogo ruso Vladímir Köppen ahondó más en el trabajo de Milanković y descubrió un matiz fascinante.

Los veranos moderadamente fríos, y no los inviernos fríos, eran los gélidos culpables.

Todo empieza cuando un verano no es lo bastante cálido para derretir la nieve del invierno anterior. La base de hielo que permanece facilita que la nieve se acumule el invierno siguiente, lo que hace aumentar la probabilidad de que la nieve se conserve el verano próximo, lo cual propicia una acumulación aún mayor el invierno siguiente. La nieve perpetua refleja una mayor cantidad de rayos de sol, lo cual potencia el enfriamiento, lo que provoca una mayor precipitación de nieve, etc. En unos pocos cientos de años, la nieve estacional se convierte en una capa de hielo continental, y ya la tenemos armada.

Lo mismo ocurre a la inversa. Una inclinación orbital que propicia que haya más luz solar derrite una parte mayor de la nieve invernal, lo que refleja menos luz en los siguientes años, lo que hace aumentar las temperaturas, lo cual impide que caiga más nieve al año siguiente, etc. Este es el ciclo.

Lo asombroso del caso son las dimensiones que puede alcanzar dicho proceso como consecuencia de un cambio relativamente pequeño en las condiciones. Empiezas con una fina capa de nieve que ha quedado de un verano frío en la que nadie se fijaría y luego, en un suspiro geológico, la Tierra entera está cubierta de una capa de hielo de kilómetros de grosor. Como dijo la experta en glaciaciones Gwen Schultz: «No es necesariamente la cantidad de nieve lo que da como resultado que se formen capas de nieve, sino el hecho de que la nieve, por pequeña que sea la cantidad, permanece».

La gran moraleja de las glaciaciones es que no hace falta una fuerza tremenda para producir unos resultados tremendos.

Si algo se acumula, si un pequeño crecimiento sirve como base para el crecimiento futuro, una pequeña base inicial puede llevar a resultados tan extraordinarios que parecen desafiar la lógica. Puede

ser tan aparentemente ilógico que infravaloremos lo que es posible, de dónde proviene el crecimiento y a qué puede conducir.

Y eso mismo ocurre con el dinero.

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Existen más de 2.000 libros dedicados a cómo Warren Buffett creó su fortuna. Muchos son maravillosos. Pero pocos prestan suficiente atención al hecho más simple de todos: la fortuna de Buffett no se debe a ser simplemente un buen inversor, sino a haber sido un buen inversor desde que era, literalmente, un crío.

En el momento de escribir esto, el patrimonio neto de Warren Buffett asciende a los 84.500 millones de dólares. De ese dinero, 84.200 millones los obtuvo después de cumplir cincuenta años. Y 81.500 millones llegaron a partir del momento en que pudo acceder a la Seguridad Social, a mitad de la sesentena.

Warren Buffet es un inversor espectacular. Pero quien vincule todo su éxito a su perspicacia en materia de inversiones olvida un punto clave. La verdadera clave de su éxito es que ha sido un inversor espectacular durante tres cuartos de siglo. Si hubiera empezado a invertir en la treintena y se hubiese jubilado en la sesentena, poca gente habría oído hablar de él.

Hagamos un pequeño experimento mental.

Buffett empezó a invertir en serio cuando tenía diez años. Cuando tenía treinta, poseía un patrimonio neto de un millón de dólares, 9,3 millones ajustándolo a la inflación.2

Pero ¿y si hubiera sido una persona más normal y hubiese pasado la adolescencia y la veintena explorando el mundo y encontrando su pasión, y para la treintena su patrimonio neto fuera, pongamos, de 25.000 dólares?

Y pongamos, además, que a pesar de eso siguiera ganando la extraordinaria rentabilidad anual que ha sido capaz de generar (un 22 % anual), pero hubiese dejado de invertir y se hubiese jubilado a los sesenta años para jugar al golf y pasar tiempo con sus nietos.

¿Cuál sería una estimación aproximada de su patrimonio neto actual?

No sería de 84.500 millones de dólares.

Tendría 11,9 millones.

Un 99,9 % menos que su patrimonio neto actual.

Efectivamente, todo el éxito financiero de Warren Buffett puede vincularse a la base financiera que construyó en su adolescencia y a la persistencia que mantuvo hasta la vejez.

Es hábil invirtiendo, pero su secreto es el tiempo.

Así es como funciona el interés compuesto.

Piénsalo desde otro punto de vista. Buffett es el inversor más rico de todos los tiempos. Pero en realidad no es el mejor: al menos no cuando lo evaluamos basándonos en la rentabilidad media anual.

Jim Simons, jefe del fondo de inversión libre Renaissance Technologies, ha logrado una rentabilidad de un 66 % sobre su dinero todos los años desde 1988. No hay nadie que ni siquiera se acerque a ese récord. Como hemos visto, Buffett ha conseguido una rentabilidad de cerca de un 22 % anual, una tercera parte de lo que ha logrado Simons.

El patrimonio neto de Simons es, cuando escribo esto, de 21.000 millones de dólares. Es, y sé lo ridículo que suena esto atendiendo a las cifras que estamos manejando, un 75 % menos rico que Buffett.

¿A qué se debe la diferencia, si Simons es un inversor tres veces mejor? Pues a que Simons no encontró su ritmo de inversión hasta que tuvo cincuenta años. Ha tenido menos de la mitad de años que Buffett para acrecentar su patrimonio. Si James Simons hubiera

obtenido su 66 % anual durante el periodo de setenta años durante el cual Buffett ha conformado su patrimonio, tendría en su haber — cojamos aire— sesenta y tres trillones novecientos mil setecientos ochenta y un billones setecientos ochenta mil setecientos cuarenta y ocho millones ciento sesenta mil dólares (63.900.781.780.748.160.000).

Esta es una cifra absurda y poco práctica. El objetivo es transmitir que lo que parecen cambios pequeños en las hipótesis de crecimiento pueden llevar a cifras absurdas y poco prácticas. Por tanto, cuando analizamos por qué una cosa se ha convertido en algo tan potente —por qué se formó un periodo glacial o por qué Warren Buffett es tan rico— a menudo pasamos por alto los factores clave del éxito.

He oído a mucha gente decir que la primera vez que vieron una tabla de interés compuesto —o cuando oyeron por vez primera una de las historias sobre cuánto más tendría uno al jubilarse si hubiera empezado a ahorrar a los veintipocos y no pasados los treinta— les cambió la vida. Pero probablemente no se la cambió.

Probablemente lo que pasó fue que los sorprendió, porque los resultados no parecían correctos de manera intuitiva. El pensamiento linear es mucho más intuitivo que el exponencial. Si te pido que calcules mentalmente 8+8+8+8+8+8+8+8+8, lo puedes hacer en unos pocos segundos (da 72). Pero si te pido que calcules 8×8×8×8×8×8×8×8×8, te va a explotar la cabeza (da 134.217.728).

IBM fabricó un disco duro de 3,5 megabytes en los años cincuenta del siglo XX. Para los años sesenta, los valores rondaban en torno a unas pocas docenas de megabytes. Para los setenta, el disco duro Winchester, de IBM, contenía 70 megabytes. Un ordenador personal típico de principios de los noventa tenía entre 200 y 500 megabytes.

Y luego... ¡bum! Las cifras explotaron.

1999: el iMac, de Apple, viene con un disco duro de 6 gigabytes.

2003: 120 gigabytes lleva el Power Mac.

2006: 250 gigabytes, el nuevo iMac.

2011: el primer disco duro de 4 terabytes.

2017: discos duros de 60 terabytes.

2019: discos duros de 100 terabytes.

Resumiendo: desde 1950 hasta 1990 ganamos 296 megabytes.

Desde 1990 hasta la actualidad ganamos 100 millones de megabytes.

Si eras un optimista de la tecnología en los cincuenta, podrías haber predicho que la capacidad de almacenamiento se incrementaría por mil. Tal vez, que aumentaría diez mil veces si apostaras al máximo. En cambio, pocos habrían dicho que el aumento sería de «treinta millones de veces a lo largo de mi vida».

Pero esto es lo que ocurrió.

La naturaleza antintuitiva del potencial acumulativo lleva incluso al más listo de nosotros a no ser consciente de su poder. En 2004 Bill Gates criticó el nuevo Gmail, pues se preguntaba por qué alguien iba a necesitar un gigabyte de almacenamiento. El escritor Steven Levy escribió: «A pesar de su familiaridad con las tecnologías punta, su mentalidad [de Gates] estaba anclada en el viejo paradigma del almacenamiento como una mercancía que hay que conservar». Nunca se acostumbra uno a la velocidad con que pueden crecer las cosas.

El peligro que eso entraña es que, como la potencia de la acumulación no es intuitiva, a menudo ignoramos su potencial y nos centramos en resolver los problemas por otros medios. No porque pensemos demasiado, sino porque raramente nos detenemos a considerar el interés compuesto.

Ninguno de los 2.000 libros que diseccionan el éxito de Buffett se titula Ese tío lleva tres cuartos de siglo invirtiendo de forma constante. Pero sabemos que esa es la clave de la mayor parte de su éxito. Sencillamente es difícil comprender la aritmética porque no es intuitiva.

Hay libros sobre ciclos económicos, estrategias comerciales y apuestas sectoriales. Pero el libro más poderoso e importante debería titularse Cállate y espera. Contiene una sola página con un gráfico a largo plazo del crecimiento económico.

La lección práctica es que el carácter antintuitivo del interés compuesto puede ser responsable de la mayor parte de los negocios fallidos, de las malas estrategias y de las tentativas exitosas de inversión.

No puedes culpar a la gente por dedicar todos sus esfuerzos — los esfuerzos que dedican a lo que aprenden y a lo que hacen— a intentar obtener la rentabilidad más alta para sus inversiones. Esa parece ser, de manera intuitiva, la mejor manera de hacerse rico.

No obstante, invertir bien no significa necesariamente obtener la rentabilidad más alta, porque los réditos elevados suelen ser un éxito único que no puede repetirse. Se trata de obtener una rentabilidad bastante buena que pueda mantenerse y que pueda repetirse por el periodo más largo posible. Es entonces cuando el potencial de la acumulación obra milagros.

Lo contrario de eso —obtener réditos elevados que no pueden mantenerse— desemboca en historias trágicas. Necesitaremos el siguiente capítulo para contarlas.

5.

Hacerse rico frente a conservar la

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