EL CEREMONIAL DE LOS INICIADOS

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CAPITULO I LAS PREPARACIONES

EL CEREMONIAL DE LOS INICIADOS

La ciencia se conserva por el silencio y se perpetúa por la iniciación. La ley del silencio no es absoluta e inviolable más que para las muchedumbres. La ciencia no puede transmitirse más que por la palabra.

Los sabios deben, pues, hablar algunas veces. Sí; los sabios deben hablar, no para decir, sino para conducir a los otros a encontrar. Noli iri, fac venire, era la divisa de Rabelais, quien poseyendo todas las ciencias de su época no podía ignorar la magia.

Vamos a revelar aquí los misterios de la iniciación.

El destino del hombre es, como ya lo hemos dicho, hacerse o crearse a sí mismo, y será el hijo de sus obras en el tiempo y en el espacio.

Todos los hombres están llamados a concurrir; pero el número de los elegidos, es decir, de los que alcanzan éxito, es relativamente restringido; en otras términos, los hombres deseosos de ser algo son muchos, pero los hombres selectos muy pocos, muy raros.

Pues bien; el gobierno del mundo pertenece de derecho a los hombres selectos, y cuando un mecanismo o una usurpación cualquiera impide que no les pertenezca de hecho, se opera un cataclismo político o social.

Los hombres que son dueños de sí mismos se hacen fácilmente amos de los otros; pero pueden mutuamente labrase obstáculos, sino se reconocen por las leyes de una disciplina y una jerarquía universal.

Para someterse a una misma disciplina es preciso estar en comunión de ideas y de deseos, no pudiendo llegarse a esa comunión más que por una religión común fundada sobre las mismas bases de la inteligencia y de la razón.

Esta religión ha existido siempre en el mundo y es la única que puede ser llamada una, infalible, indefectible y verdaderamente católica, es decir, universal.

Esta religión, de la que las demás han sido los velos y las sombras, es la que demuestra el ser por el ser, la verdad par la razón, la razón parla evidencia y el sentido común.

Es la que prueba por las realidades, la razón de ser de las hipótesis y que no permite razonar sobre hipótesis independientemente y fuera de las realidades.

Es la que tiene por base el dogma de las analogías universales, pero que no confunde nunca las cosas de la ciencia can las de la fe. No puede dar fe de que dos y uno son más o menos de tres; que el contenido en física sea más grande que el continente; que un cuerpo sólido, en tanto que lo sea, pueda comportarse como un cuerpo fluido o gaseoso; que un cuerpo humano, por ejemplo, pueda pasar a través de una puerta cerrada sin operar ni solución ni apertura. Decir que se cree en semejante cosa es hablar como un niño o como un loco; pero, no es menos insensata definir lo desconocido y razonar de hipótesis en hipótesis hasta negar, a priori, la evidencia, para afirmar

suposiciones temerarias. El sabio afirma lo que sabe y no cree lo que ignora más que según la medida de las necesidades razonables y conocidas de la hipótesis.

Pero esta religión razonable no podría ser la de las multitudes a las cuales les hacen falta fábulas, mitos, misterios, esperanzas definidas y terrores materialmente motivados.

Por esto es por lo que el sacerdocio se ha establecido en el mundo. Pues bien; el sacerdocio se recluta por iniciación.

Las formas religiosas perecen cuando la iniciación cesa en el santuario, sea por divulgación, sea par negligencia y olvido de los misterios sagrados.

Las divulgaciones gnósticas, por ejemplo, alejaron de la Iglesia cristiana las altas verdades de la Cábala, que contiene todos los secretos de la teología trascendental. Así, los ciegos se convirtieron en lazarillos de otros ciegos, y se produjeron grandes oscurecimientos, grandes caídas y deplorables escándalos; luego, los libros sagrados, cuyas claves son esencialmente cabalísticas, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, se hicieron tan inteligibles para los cristianos, que los pastores tuvieron, con razón, que prohibir la lectura a los sencillos fieles. Tomados como lo demostró perfectamente la escuela de Voltaire, más que un inconcebible tejido de absurdos y de escándalos.

Lo propio sucede con todos los dogmas antiguos, con sus brillantes teogonías y sus poéticas leyendas. Decir que los antiguos creían en Grecia, en los amores de Júpiter, o adoraban, en Egipto, el cinocéfalo y el gavilán como los dioses vivos y reales, es ser tan ignorante o de tan mala fe, como lo sería el que sostuviera que los cristianos adoran a un triple Dios, compuesto de un anciano, de un supliciado y de un pichón. La inteligencia de los símbolos es siempre calumniadora. Por esto hay que guardarse bien de burlarse de cosas que se ignoran, cuando su sola enunciación parece suponer un absurdo, o aun una singularidad cualquiera; esto sería tan poco sensato, como admitirla sin discusión y sin examen.

Antes de que exista una cosa que nos agrade o que nos desagrade, hay una verdad, es decir, una razón, y es por esa razón como nuestras acciones deben regularse a nuestro agrado, si queremos crear en nosotros la inteligencia, que es la razón de ser la inmortalidad y la justicia que es la ley. El hombre, que verdaderamente sea hombre, no puede querer más que lo que debe y puede hacer razonablemente y sea justo. Debe imponer también silencio a los apetitos y al temor para no escuchar más que a la razón.

Semejante hombre es un rey natural y un sacerdote espontáneo para las multitudes errantes. A esto se debe que a las antiguas iniciaciones se las llamará indiferentemente arte real o arte sacerdotal. Las antiguas asociaciones mágicas eran seminarios de sacerdotes y de reyes, y los neófitos no lograban ser admitidos, sino después de obras verdaderamente sacerdotales y reales, es decir, que estuvieran muy por encima de las debilidades naturales.

No repetiremos aquí lo que por todas partes se ha escrito sobre las iniciaciones egipcias, perpetuadas, aunque atenuadas, en las sociedades secretas de la edad media. El radicalismo cristiano fundado en la falsa inteligencia de esta frase: «No tenéis más que un padre y una madre, y todos sois hermanos», dio un golpe terrible a la jerarquía sagrada. Desde entonces las dignidades

suplantar a la superioridad modesta, y por consiguiente desconocida, y, sin embargo, siendo la iniciación una ley esencial de la vida religiosa, una sociedad instintivamente mágica, se ha formado a espaldas del poder pontifical reconcentrando en sí sola todo el del cristianismo, porque sólo ella comprendió, bien que vagamente, el poder jerárquico por las pruebas de la iniciación y el todo poderoso de la fe en la obediencia pasiva.

¿Qué hacía el recipiendario en las antiguas iniciaciones? Abandonaba completamente su libertad y su vida a los maestros de los templos de Menfis ode Tebas; avanzaba resueltamente a través de espantosos peligros que hasta podría hacerle suponer un atentado premeditado contra él mismo; atravesaba hogueras, pasaba a nado torrentes de agua e hirviente, se suspendía sobre básculas de mecanismo desconocido, pendientes de abismos sin fondo... ¿No era esto la obediencia ciega en toda la fuerza de este vocablo? Abjurar momentáneamente de su libertad para llegar a una elevada emancipación, ¿no es el más perfecto ejercicio de la misma libertad? Pues bien; he aquí lo que han hecho y lo que siempre hacen aquellos que aspiran al Sanctum regnum de la omnipotencia mágica. Los discípulos de Pitágoras se condenaban a un riguroso silencio de muchos años; los mismos sectarios de Epicuro, no comprendían la soberanía del placer, más que por la sobriedad adquirida y por la templanza calculada. La vida es una batalla en la que hay que someterse a pruebas para alcanzar un grado; la fuerza no se concede: hay que conquistarla.

La iniciación por la lucha y por las pruebas es, pues, indispensable para llegara la ciencia práctica de la magia. Y hemos dicho cómo puede triunfarse de las cuatro formas elementales; volveremos sobre esto, recomendando al lector que quiera conocer las ceremonias de las iniciaciones antiguas, las obras del barón de Tschoudy, autor de la «Estrella flamígera de la masonería adonhiramita» y de otros muchos opúsculos masónicos y muy estimables.

Debemos insistir aquí en una reflexión: en que el caos intelectual y material en que perecemos, tiene por causa la negligencia de la iniciación, de sus pruebas y de sus misterios. Los hombres en quienes el celo era más fuerte que la ciencia, impresionados por las máximas populares del Evangelio, creyeron en la igualdad primitiva y absoluta de los hombres. Un célebre alucinado, el elocuente e infortunado Rousseau, ha propagado con toda la magia de su estilo la paradoja de que sólo la sociedad es la que deprava a los hombres, lo mismo que podría haber dicho que sólo la emulación en el trabajo hace a los obreros perezosos.

La ley esencial de la naturaleza, la de la iniciación por las obras y del progreso laborioso y voluntario, ha sido fatalmente desconocida; la masonería ha tenido sus desertores como el catolicismo ha tenido los suyos. ¿Qué ha resultado de ello?

El nivel del acero, substituido por el nivel intelectual y simbólico. Predicarla igualdad al que está abajo sin indicarle los medios de cómo debe elevarse, ¿no es colocarle en las vías del descenso? Así se ha descendido y pudo haber el reinado de la carmañola, de los descamisados y de Marat.

Para volver a elevar a la sociedad tambaleante o caída, es preciso restablecer la jerarquía y la iniciación. La tarea es difícil, pero todo mundo inteligente está en el deber de emprenderla. ¿Será preciso para esto, que el mundo tenga que sufrir un nuevo diluvio? Deseamos que no suceda así y este libro, la más grande quizá de todas nuestras audacias, aunque no la última, es una llamada a todo el que está vivo todavía, para reconstituir la vida en medio de la misma descomposición y de la muerte.

CAPITULO X

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