LA PIEDRA DE LOS FILOSOFOS ELAGABALA Vocatio Sol Aurum

In document Dogma y Ritual de La Alta Magia (Completo) - Eliphas Levi (página 128-131)

Los antiguos adoraban al sol bajo la forma de una piedra negra, a la que llamaban Elagabala o Heliogábala ¿Qué significaba esta piedra y cómo podía ser ella imagen del más brillante de los astros?

Los discípulos de Hermes1, antes de prometer a sus adeptos el elixir de larga vida o el polvo de proyección, les recomendaban que buscasen la piedra filosofal. ¿Qué es esta piedra y por qué una piedra?

El gran iniciador de los cristianos invita a sus fieles a edificar sobre piedra, si no quieren ver sus construcciones derrumbadas. El mismo se nombra la piedra angular, y dice al más creyente de sus apóstoles: «Llámate Petrus, porque tú eres la primera piedra sobre la cual edificaré mi iglesia.» Esta piedra, dicen los maestros en alquimia, es la verdadera sal de los filósofos, que entra en su tercio en la composición del azoe. Ahora bien, AZOE es, como se sabe, el nombre del gran agente hermético y del verdadero agente filosofal; también representan ellos su sal bajo la forma de una piedra cúbica, como puede verse en las doce claves de Basilio Valentín o en las alegorías de Trevisan.

¿Qué es, no obstante, esta piedra? Es el fundamento de la filosofía absoluta; es la suprema e inquebrantable razón. Antes de pensar en la obra metálica, es necesario haberse fijado para siempre sobre los principios absolutos de la sabiduría, es necesario poseer esa razón, que es la piedra de toque de la verdad. Jamás un hombre con prejuicios podrá llegar a ser rey de la Naturaleza y maestro en trasmutaciones. La piedra filosofal es, ante todo, necesaria, pero ¿cómo hallarla? Hermes nos lo dice en su tabla de esmeralda: Es necesario separar lo sutil de lo fijo, con un gran cuidado y atención extremada. Así, pues, debemos desprender nuestras certidumbres de nuestras creencias, y distinguir bien los dominios de la ciencia de los de la fe; comprender bien que no sabemos todas las cosas en que creemos, y que no creemos ya en ninguna de las cosas en que llegamos a saber, y que, así la creencia de bascosas de la fe, es lo desconocido y lo indefinido, en tanto que sucede todo lo contrario en las cosas de la ciencia. Hay, pues, que concluir que la ciencia reposa sobre la razón y la experiencia, mientras que la fe tiene por base el sentimiento y la razón. En otros términos, la piedra filosofal es la verdadera certeza que la prudencia humana asegura alas investigaciones concienzudas ya la modesta duda, mientras que el entusiasmo religioso lo da exclusivamente la fe. Luego, no pertenece ni a la razón sin aspiraciones, ni alas aspiraciones irrazonables; la verdadera certeza es la aquiescencia recíproca de la razón, que sabe en el sentimiento que cree y del sentimiento que cree en la razón que sabe. La alianza definitiva de la razón y de la fe resultará de su distensión y de su separación absoluta, pero de su mutua marca y de su fraternal concurso. Tal es el sentido de las dos columnas del pórtico de Salomón, de las cuales una se llama Jakin, y la otra Bohas; una debas cuales es blanca y otra negra. Son distintas, están separadas y, al parecer, son contrarias; pero si la fuerza ciega quiere reunirlas, acercándolas, la bóveda del templo se derrumbará, porque, separadas, constituyen una misma fuerza y, reunidas, son dos fuerzas que se destruyen mutuamente. Por esta misma razón es por la que el poder espiritual se debilita, desde el punto en que quiere usurpar el temporal, y por lo que el poder temporal perece _______________

víctima de sus abrogaciones sobre el poder espiritual. Gregorio VII perdió el papado, y los reyes cismáticos han perdido y perderán la monarquía. El equilibrio humano tiene necesidad de dos pies, los mundos gravitan mediante dos fuerzas, la generación exige dos sexos. Tal es el sentido del arcano de Salomón, simbolizado por las dos columnas del templo Jakin y Bohas.

El sol y la luna de los alquimistas corresponden al mismo símbolo y concurren al perfeccionamiento y a la estabilidad de la piedra filosofal El sol es el signo jeroglífico de la verdad, porque es el manantial visible de la luz, y la piedra bruta es el símbolo de la estabilidad. Por esta razón, los antiguos magos tomaban la piedra Elagabala por la figura del sol, y por esto también es por lo que los alquimistas de la Edad Media indicaban la piedra filosofal como el primer medio de hacer el oro filosófico, es decir, la transformación de todos los poderes vitales, figurados por los seis metales, en sol, o lo que es igual, en verdad y en luz, primera e indispensable operación de la gran obra, que conduce a las adaptaciones secundarias, y que hace, por las analogías de la naturaleza, encontrar el oro natural y grosero a los creadores del oro espiritual y viviente, a los poseedores de la verdadera sal, del verdadero mercurio y del verdadero azufre filosófico.

Encontrar la .piedra filosofal es haber encontrado lo absoluto, como lo dicen todos los maestros. Ahora bien, lo absoluto es lo que no admite errores, es lo fijo de lo volátil es la regla de la imaginación, es la necesidad misma del ser, es la ley inmutable de la razón y de la verdad; lo absoluto es loquees. Luego lo que es en cierto modo, es antes de lo que es. El mismo Dios no es sin razón de ser, y no puede existir más que en virtud de una suprema e inevitable razón. Es, pues, esta razón la que es lo absoluto; es a ella a la que debemos creer si queremos que nuestra fe tenga una base razonable y sólida. Se ha podido decir en nuestros días que Dios no es más que una hipótesis; pero la razón absoluta no es más que una, y ella es esencial al ser.

Santo Tomas ha dicho: Una cosa no es justa porque dios la quiera, sino que dios la quiere porque es justa Santo Tomás hubiera deducido lógicamente todas las consecuencias de tan hermoso pensamiento, habría encontrado la piedra filosofal, y, en vez de limitarse a ser ángel de la escuela, habría sido el reformador.

Creer en la razón de Dios y en el Dios de la razón es hacer el ateísmo imposible. Son los idólatras los que han hecho los ateos. Cuando Voltaire decía: «Si Dios no existiera, habría que inventarle», sentía más bien que comprendía la razón de Dios. ¿Existe realmente Dios? Nosotros no sabemos nada, pero deseamos que así sea, y por eso creemos en su existencia. Formulada así la fe, es una fe razonable, porque admite la duda de la ciencia y, en efecto, no creemos más que en las cosas que nos parecen probables, aun cuando no las conozcamos. Luego no es a semejante personas a quienes la piedra filosofal ha sido prometida.

Los ignorantes que han desviado el cristianismo de su camino, sustituyendo a la ciencia por la fe, a la experiencia por el sueño, a la realidad por lo fantástico; los inquisidores que, durante siglos y siglos declararon a la magia una guerra de exterminio, sólo lograron cubrir de tinieblas los descubrimientos del espíritu humano, de tal modo, que hoy marchamos tanteando para volver a encontrar la clave de los fenómenos de la naturaleza. Ahora bien, todos los fenómenos naturales dependen de una sola e inmutable ley, representada por la piedra filosofal y, especialmente, por su forma simbólica, que es el cubo. Esta ley, manifestada en la Cábala por el cuaternario, había suministrado a los hebreos todos los misterios de su tetragrama divino. Puede, por tanto, decirse, que la piedra filosofal es cuadrada en todos sentidos, como la Jerusalén celeste de San Juan, y que en un lado llevan escrito el nombre de

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y en otro el de Dios; sobre una de sus faces, el de

ADÁN, y sobre la otra el de EVA, y después los de AZOE e INRI, sobre los otros dos lados. A la cabeza de una traducción francesa de un libro del Sr. de Nuisement, acerca de la sal filosófica, se ve el espíritu de la tierra de pie sobre un cubo, que recorren lenguas de fuego; tiene por falo un caduceo, y el sol y la luna sobre el pecho, a la derecha y a la izquierda; es barbudo, está coronado y tiene un cetro en la mano. Es el ázoe de los sabios sobre pedestal de sal y de azufre. Se coloca a veces a esta imagen la cabeza simbólica del macho cabrío de Mendés; es el Baphomet de los Templarios, el macho cabrío del sabbat y el verbo creado de los gnósticos; imágenes extrañas que sirvieron de espantajos al vulgo, después de haber servido de meditaciones a los sabios; jeroglíficos inocentes del pensamiento y de la fe, que también sirvieron de pretexto a los furores de las persecuciones. ¡Cuán desdichados son los hombres en su ignorancia, pero cuánto se desprecian a sí mismos si llegan a conocerla!

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