LAS TRASMUTACIONES

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Ya hemos dicho que San Agustín se preguntaba si Apuleyo pudo ser cambiado en asno, y después vuelto a su primitiva forma. El mismo doctor podía preocuparse igualmente de la aventura de los compañeros de Ulises, cambiados en cerdos por Circe. Las transmutaciones y la metamorfosis han sido siempre, en concepto del vulgo, la esencia misma de la magia. Ahora bien, el vulgo que se hace eco de la opinión, reina del mundo, no ha tenido perfecta razón, ni tampoco ha carecido de sinrazón.

La magia cambia realmente la naturaleza de las cosas, o más bien modifica a su antojo sus apariencias, según la fuerza de voluntad del operador y la-fascinación de los adeptos aspirantes. La palabra crea su forma y cuando un personaje reputado como infalible, ha nombrado una cosa con un nombre cualquiera ha transformado realmente esa cosa en la sustancia significada por el nombre que leda. La obra maestra de la palabra y de la fe, en este género, es la transmutación real de una sustancia cuyas apariencias no cambian. Si Apolonio hubiera dicho a sus discípulos, dándoles una copa llena de vino: He aquí mi sangre que beberéis siempre para perpetuar mi vida en vosotros, y si sus discípulos hubieran creído, durante siglos, en esta transformación, repitiendo las mismas palabras, y tomando alvino, a pesar de su olor y de su sabor, por la sangre real, humana y viva de Apolonio, habría que reconocer a ese gran maestro de teurgia como el más hábil de los fascinadores y el más poderoso de todos los magos. No nos quedaría más que adorarle.

Sabido es que los magnetizadores dan al agua para sus sonámbulos todos los sabores que les agraden, y si se supone a un mago bastante poderoso sobre el fluido astral, para magnetizar a toda una asamblea de personas, eso sin que estén preparadas al magnetismo por una sobreexcitación suficiente, se explicará con facilidad, no el milagro evangélico de Caná, sino las obras del mismo género.

Las fascinaciones del amor que resultan de la magia universal de la naturaleza, ¿no son verdaderamente prodigiosas y no transforman de por sí a las personas y a las cosas? El amor es un sueño de encantamientos que transfigura el mundo; todo se convierte en música y perfumes, en embriaguez y en dicha. El ser amado es bello, es bueno, sublime, resplandeciente y hasta irradia la salud y el bienestar...; y cuando el sueño se disipa, se cree caer de las nubes; se mira con disgusto a la bruja inmunda que ha ocupado la plaza de la linda Melusina, a Tersites que se tomaba por Aquiles o por Nereo. ¿Qué no se haría creer a la persona por quien uno es amado? Pero, asimismo ¿qué razón y qué justicia puede hacer comprender lo que se desee a aquella que no nos ama? El amor comienza por ser mago y acaba por ser brujo. Después de haber creado las mentiras del cielo sobre la tierra, ha realizado las del infierno; su odio es tan absurdo como su entusiasmo, porque es pasional, es decir, está sometido a influencias fatales para él. Por este motivo,- los sabios le han proscrito, declarándole enemigo de la razón. ¿Merecen los sabios que se les condene o se les absuelva, por haber ellos a su vez condenado, sin comprenderle, sin duda, al más seductor de los culpables? Todo lo que puede decirse, es que cuando hablaban así, no habían amado todavía, o no serían ya capaces de amar.

Las cosas son para nosotros lo que nuestros verbo interior les hace ser.

Creerse dichoso, es ser dichoso; lo que se estima se hace precioso en proporción con la estimación misma he aquí como puede decirse que la ~iagia cambia la naturaleza de las cosas Las metamorfosis de Ovidio son verdaderas pero alegóricas como el asno de oro del bueno de

Apuleyo La vida de los seres es una transformación progresiva en la cual puede determinarse, renovarse, conservarse más o menos tiempo, y hasta destruir todas sus firmas. Si la idea de la metempsicosis fuera verdadera, no podría decirse que el vicio, representado por Circe, cambia real y materialmente a los hombres en cerdos, porque los vicios, en esta hipótesis, tendrían por castigo la regresión a las fonnas animales que les correspondan. Luego la metempsicosis, que ha sido con frecuencia mal comprendida, tiene un lado perfectamente verdadero; las formas animales comunican sus huellas simpáticas a]. cuerpo astral del hombre, y se reflejan luego sobre sus rasgos por la fuerza de sus costumbres. El hombre de una dulzura inteligente y pasiva, toma el aspecto y la fisonomía inerte de un carnero; pero en el sonambulismo, no es ya un hombre de fisonomía acarnerada, es un carnero lo que se percibe, como lo ha mil veces experimentado el sabio y extático Swedenborg. Este misterio está manifestado en el libro cabalistico del vidente Daniel, por la leyenda de Nabucodonosor, cambiado en bestia, que se ha tenido el poco acierto de tomar por una historia real, como ha ocurrido con todas las alegorías mágicas.

Así, pues, se puede realmente cambiar a los hombres en animales y a los animales en hombres; pueden metamorfosearse las plantas y cambiar su virtud; pueden darse a los minerales propiedades ideales; aquí no se trata más que de querer.

Se puede igualmente, a voluntad, hacerse visible o invisible, y vamos a explicar aquí los misterios del anillo de Gyges

Alejemos primero del espíritu de nuestros lectores toda suposición absurda, es decir, de un efecto sin causa, o contradictorio a su causa. Para hacerse invisible, de tres cosas una solamente es necesaria; o interponer un medio opaco cualquiera entre la luz y nuestro cuerpo, o entre nuestro cuerpo y los ojos, o fascinar los ojos de los concurrentes, de tal modo qti~e no puedan hacer uso de su vista. Ahora bien, de esas tres maneras de hacerse invisibles, la tercera únicamente es mágica.

Hemos advertido con frecuencia que, bajo el imperio de una fuerte preocupación, miramos sin ver, y vamos a tropezar con objetos que estaban delante de nuestros ojos. «Haced que viendo, no ven», ha dicho el gran iniciador, y la historia de este gran maestro nos enseña que un día, viéndose a punto de ser lapidado en el templo, se hizo invisible y salió de él.

No repetiremos aquí las mistificaciones de los grimorios vulgares sobre el anillo de invisibilidad. Los unos lo componen con mercurio fijado y quieren que se guarde en una caja del mismo metal, después de haber engastado en él una pedrezuela que debe infaliblemente encontrarse en el nido de la abubilla. El autor del Pequeño Alberto quiere que se haga ese anillo con pelos arrancados de la frente de una hiena furiosa; es a poco más la historia del cascabel de Rodilard. Los únicos autores que han hablado seriamente del anillo de Gyges, son Jámblico, Porfirio y Pedro de Apono.

Lo que ellos dicen es evidentemente alegórico y la figura que ellos dan, ola que puede deducirse de su descripción, prueba que por el anillo de Gyges, ellos no entienden ni designan otra cosa que el gran arcano mágico. -

Una de esas figuras representa el ciclo del movimiento universal, armónico y equilibrado en el ser imperecedero; el otro, que debe ser hecho con la amalgama de siete metales, merece una descripción particular.

Debe tener un doble engarce de dos piedras preciosas; un topacio constelado con el signo del sol, y una esmeralda con el de la luna; interiormente debe llevarlos caracteres ocultos de los planetas, y exteriormente sus signos conocidos, repetidos dos veces yen oposición cabalística los unos con los otros, es decir, cinco a la derecha y cinco a la izquierda, los signos del sol y de la luna, resumiendo las cuatro inteligencias diversas de los siete planetas. Esta configuración no es otra cosa que un pantáculo, manifestando todos los misterios del dogma mágico, y el sentido simbólico del anillo, es el de que para ejercer la omnipotencia, de la que la fascinación ocular es una de las pruebas más difíciles que puedan darse, es necesario poseer toda la ciencia y saber hacer uso de ella.

La fascinación se opera por él magnetismo. El magista ordena interiormente a una asamblea que no pueda verle y la asamblea no le ve. Así penetra por puertas que tenga centinelas; sale de las prisiones por delante de sus estupefactos carceleros. Se experimenta entonces una especie de aturdimiento extraño, y se recuerda haber visto al mago como en sueños, pero solamente después que él ha pasado. El secreto de invisibilidad está, pues, todo él en un poder, que podría definirse; el de desviar o paralizar la atención, de modo que la luz llegue al órgano visual, sin excitar la mirada del alma.

Para ejercer este poder, es preciso, poseer una voluntad acostumbrada a los actos enérgicos y repentinos; una gran presencia de espíritu y una no menos grande habilidad para engendrar las distracciones en el público.

Que un hombre, por ejemplo, perseguido por asesinos, después de haberse internado en una calle transversal, o en una travesía, se vuelva de repente y acuda, con rostro calmado, al encuentro de aquellos que corren tras de él, oque se mezcle con ellos y parezca ocupado en la misma persecución, y se hará ciertamente invisible. Un sacerdote, a quien se perseguía el año 93 para colgarle de un farol dobló rápidamente por una calle, se bajó los hábitos y se inclinó en un rincón de un guardacantón, en actitud urgente. La muchedumbre que le perseguía llegó inmediatamente; pero ni uno solo le vio, o más bien, ninguno le reconoció; ¡era tan poco probable que fuese él!

La persona que quiere ser vista se hace siempre notar, y la que desea permanecer inadvertida, se borra y desaparece. La voluntad es el verdadero anillo de Gybes; es también la varita de las transmutaciones, y es, formulándola clara y netamente, como ella crea el verbo mágico. Las palabras todo poderosas de los encantamientos, son aquellas que manifiestan ese poder creador de formas. El tetragrama, que es la palabra suprema en magia, significa: «Ello es lo que será»; y si se aplica a una transformación, sea la que fuere, con plena inteligencia, renovará y modificará todas las cosas, aun a despecho de la evidencia y del sentido común. El hoc est del sacrificio cristiano, es una traducción y una aplicación del tetragrama; también, esta sencilla palabra, opera las más completa, las más invisible, la más increíble y la más clara afirmación de todas las transformaciones. Una palabra dogmática, más fuerte todavía que la de transformación, ha sido juzgada necesaria por los concilios para manifestar esta maravilla, es la de transustanciación.

Las palabras hebreas han sido consideradas por todos los cabalistas como las claves de la transformacipon Mágica. Las palabras latinas est, sir, esto fiat,tienen

seriamente, en su leyenda de Santa Isabel de Hungría, que un día esta piadosa dama sorprendida por su noble esposo, a quien quería ocultar sus buenas obras, en el momento en que llevaba a los pobres algunos panes en su delantal, le dijo que llevaba rosas, y realizada la comprobación, resultó que no había mentido; los panes se habían convertido en rosas. Este cuento es un apólogo mágico de los más graciosos, y significa que el verdadero sabio no puede mentir, que el verbo de sabiduría determina la forma. Porque, por ejemplo; el noble esposo de Santa Isabel, bueno y sólido, cristiano como ella, y que creía firmemente en la presencia real del Salvador en verdadero cuerpo humano sobre un altar, en donde él no veía más que una hostia de harina, ¿no iba a creer en la presencia real de rosas en el delantal de su mujer bajo las apariencias de pan? Ella le mostró sin duda el pan; pero como ella había dicho: sonrosas, y él la creía incapaz de la más leve mentira, no vio, ni quiso ver, más que rosas. He aquí el secreto del milagro.

Otra leyenda refiere que un santo, cuyo nombre no me acuerdo, no encontrando de comer más que un ave, en cuaresma, o en un viernes de ella, ordenó al ave que se convirtiera en pescado, y ésta obedeció. Esta parábola no tiene necesidad de comentario, y nos recuerda un hermoso rasgo de San Espiridión de Tremithonte, el mismo que evocara el alma de su hija Irene. Llegó un viajero a su casa el mismo Viernes Santo, y el buen obispo, que como todos sus colegas de esas remotas épocas tomaban en serio el cristianismo y eran pobres. Espiridión, que ayunaba regularmente, no tenía en su casa más que tocino salado, que se preparaba anticipadamente para el período pascual. Sin embargo, como el extranjero llegaba extenuado de fatiga y de hambre, Espiridión le presentó esa vianda, y para animarle a comer se sentó a la mesa con él y compartió esa comida caritativa, transformando así la misma carne que los israelitas miraban cómo las más impuras en ágape de penitencia, colocándose por encima del materialismo de la ley, por el espíritu de la ley misma, y mostrándose un verdadero e inteligente discípulo del hombre-Dios, que ha establecido a sus elegidos como reyes de la naturaleza en los tres mundos.

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