LA TRIPLE CADENA

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La gran obra en Magia práctica, después de la educación de la voluntad y de la creación de la personalidad del mago, es la formación de la cadena magnética, y este secreto es verdaderamente el del sacerdocio y el de la realeza.

Formar la cadena mágica es establecer una corriente magnética que será mas y mas fuerte en razón de la extensión de la misma, es dar origen a una corriente de ideas que produzcan la fe y que arrastre a un gran numero de voluntades en un circulo determinado de manifestaciones por la acción

Una cadena bien formada, es algo así como un torbellino que todo lo absorbe y lo arrastra. Puede establecerse la cadena de tres maneras, por los signos, por la palabra y por el contacto. Se establece por los signos, haciendo adoptar un signo para la opinión como representante de una fuerza. Así es como los cristianos se comunican y se unen por el de la cruz, los masones por el de la escuadra, bajo el sol, y los magos por el del microcosmos, que se hace con los cinco dedos extendidos, etc.

Los signos, una vez recibidos y propagados, adquieren fuerza por sí mismos. La vista y la imitación del signo de la cruz, bastaban para hacer prosélitos en los primeros siglos del cristianismo. La medalla, llamada milagrosa, ha operado aun en nuestros días un gran número de conversiones por la misma ley magnética. La visión y el iluminismo del joven israelita Alfonso de Ratisbona, ha sido el más notable de estos hechos. La imaginación es creadora, no sólo de nosotros mismos, sino fuera de nosotros, por nuestras proyecciones fluídicas, y no es necesario, sin duda, atribuir a otras causas los fenómenos del lábaro de Constantino y de la Cruz de Migné.

La cadena mágica por la palabra estaba representada, entre los antiguos, por esas cadenas de oro que salen de la boca de Hermes. Nada iguala a la electricidad de la elocuencia. La palabra crea la inteligencia más elevada, aun entre las muchedumbres más ignorantes y más abigarradas. Hasta aquellos peor preparados para comprender, comprenden por conmoción y se ven arrastrados como los demás. Pedro el Ermitaño ha quebrantado a Europa al grito de ¡Dios lo quierel Una sola palabra del Emperador electrizaba a su ejército y hacía invencible a Francia. Proudhon mató el socialismo con su celebre paradoja: «La apropiedad es un robo.» Basta, frecuentemente, una frase corta para derribar un poder. Voltaire lo sabía perfectamente y conmovió al mundo por medio de sarcasmos. Así él, que no temía ni a los papas ni a los reyes, ni a las bastillas, se asustaba ante una frase de doble sentido.

Se está muy cerca de cumplirlos deseos de un hombre cuando se repiten sus frases.

La tercera manera de establecer la cadena mágica es por el contacto. Entre personas que se ven con frecuencia, el principio de la corriente se revela pronto, y la voluntad más fuerte no tarda en absorber la de los demás. El contacto directo y positivo de mano a mano, completa la armonía de las disposiciones, siendo por este motivo una prueba de simpatías y de unanimidad. Los niños, que están guiados instintivamente por la naturaleza, forman la cadena magnética al jugar al corro. Entonces la alegría circula y la risa se esparce. Las mesas redondas son más favorables para toda clase de juegos que las de otra forma. El gran corro del Sabat que era la señal de haber terminado las reuniones misteriosas de los adeptos de la edad media, era una cadena mágica que les unía a todos en una misma voluntad y para una obra comun; la formaban colocándose espalda con espalda a agarrándose de las manos, con el rostro fuera del círculo, a imitación de las antiguas danzas sagradas de las cuales se ven todavía reflejos en los bajos relieves de algunos templos vetustos. La pieles eléctricas del

lince, e la pantera y aun del gato doméstico, iban, a imitación de las antiguas bacanales, unidas a sus vestidos. De aquí procede la tradición de que los concurrentes al aquelarre llevaran un gato colgado de su cintura y que bailaran con todo ese aparato. -

Los fenómenos de las mesas giratorias y parlantes, han sido una manifestación fortuita de la comunicación fluídica por medio de la cadena circular, luego la mixtificación se mezcló en ello y personas, aun instruidas e inteligentes, se apasionaron por este novedad, hasta el punto de mixtificarse a sí mismas y convertirse en víctima de su propio engaño. Los oráculos de las mesas eran respuestas sugeridas más o menos voluntariamente tomadas al azar, pareciéndose a las conversaciones que tenemos entre sueños. Los demás fenómenos más extraños, podían ser productos externos de la imaginación común. No negamos, sin duda, la intervención posible de espíritus elementales en esas manifestaciones, como en las de la adivinación por las cartas o por los sueños; pero no creemos que esté probado en forma alguna, y que, nada, por consiguiente, puede obligamos a admitirlo.

Uno de los mas extraños poderes de la imaginación humana es el de la realización de los deseos de la voluntad, o aun de sus, aspiraciones y temores. Se cree fácilmente lo que se teme o lo que se desea, dice el proverbio y con razón, puesto que el deseo y el temor dan a la imaginación un poder realizador cuyos efectos son incalculables.

¿Cómo se consigue, por ejemplo, padecer la enfermedad de que se tiene miedo? Ya hemos examinado las opiniones de Paracelso a este respecto y establecido en nuestro dogma las leyes ocultas, comprobadas por la experiencia; pero, en las corrientes magnéticas y por medio de la cadena, las realizaciones son tanto más extrañas cuanto que son casi siempre inesperadas cuando la cadena no ha sido formada por un jefe inteligente, simpático y fuerte. Resultan, en efecto, combinaciones puramente fatales y fortuitas. El espanto vulgar de los convidados supersticiosos cuando se sientan trece ante la mesa y la convicción en que se hallan de que una desdicha amenaza al más joven y al más hábil de todos, es, como ía mayoría de las supersticiones, un resto de ciencia mágica. Siendo el duodenario un número completo y cíclico en las analogías universales de la naturaleza, arrastra siempre y absorbe al decimotercio, número considerado como desgraciado y superfluo. Si el circulo de una muela de molino está representada por doce, el número trece será el del grano que deberá triturar. Los antiguos habían establecido sobre semejantes consideraciones la distinción de los números felices y desgraciados, de donde se deducía la observancia de los días de bueno y de mal augurio. Es en este asunto en donde la imaginación creadora se fija, y los números y los días no dejan de ser favorables o desfavorables a aquellos que creen en su influencia. Fue, pues, con razón como el cristianismo proscribió las ciencias adivinatorias, porque disminuyendo así el número de las probabilidades fatales, dio mayores elementos y más elevado imperio a la libertad.

La imprenta es un instrumento admirable para formar la cadena mágica por la extensión de la palabra. Efectivamente, ningún libro se pierde; los escritos van siempre a donde deben ir, y las aspiraciones del pensamiento atraen la palabra. Nosotros lo hemos experimentado cien veces durante el curso de nuestra iniciación mágica; los más raros libros se ofrecían indispensables. Así es como hemos encontrado intacta esta ciencia universal que muchos eruditos han creído sepultada bajo sucesivos catecismos; así es también como hemos penetrado en la gran cadena mágica, que comienza en Hermes o en Enoc, para no terminar más que con el mundo. Entonces es cuando pudimos evocar y hacérnoslo presentes, los espíritus de Apolonio, de Plotino, de Sinesio, de Paracelso, de Cardan, de Cornelio Agrippa y de tantos otros más o menos conocidos, pero demasiado religiosamente célebres para que se les nombre de paso. Nosotros continuaremos su gran obra, que otros proseguirán después de

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