Vas a cambiar

In document Como piensan los ricos - Morgan Housel (página 159-167)

La planificación a largo plazo es más difícil de lo que parece porque, con el paso del tiempo, los

objetivos y los deseos de la gente cambian.

Crecí con un amigo que no tenía ni un origen privilegiado ni una gran capacidad intelectual, pero que era el tipo que trabajaba más duro que he conocido. Esas personas tienen mucho que enseñarnos, porque han experimentado en primera persona cada centímetro del camino hacia el éxito.

La misión y el sueño en la vida de ese muchacho cuando era adolescente era ser médico. Decir que el destino estaba en su contra es ser benévolo. Nadie razonable en ese momento lo habría considerado una posibilidad.

Pero él se esforzó. Y, diez años más tarde que sus compañeros de clase, finalmente llegó a ser médico.

¿Cuánta satisfacción producirá empezar desde la nada, abrirte camino derribando obstáculos hasta llegar a la Facultad de Medicina y conseguir pertenecer a una de las profesiones más nobles contra todo pronóstico?

Hablé con él hace unos años. Esta fue la conversación:

YO: ¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Cómo te...?

ÉL: Profesionalmente, fatal.

YO: Ja, ja, bueno...

ÉL: En serio, tío, profesionalmente, fatal.

Y así seguimos durante diez minutos. El estrés y las jornadas lo habían dejado agotado y extenuado. Se le veía tan decepcionado donde estaba en ese momento como motivado pensando en dónde querría estar quince años atrás.

Un pilar de la psicología es que la gente suele pronosticar mal cómo será su futuro yo.

Imaginarse una meta es fácil y divertido. Imaginarse una meta en el contexto de las tiranteces realistas de la vida que surgen como consecuencia de las tareas competitivas es algo totalmente distinto.

Eso afecta mucho a nuestra capacidad de planificar nuestros objetivos financieros futuros.

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Todos los niños de cinco años quieren conducir un tractor cuando sean mayores. Pocos trabajos parecen mejores a ojos de un chiquillo cuya idea de un buen trabajo empieza y acaba con un

«¡brrrum, brrrum!, ¡piiip-piiip! ¡Qué tractor más grande, allá voy!».

Luego muchos se hacen mayores y se dan cuenta de que conducir un tractor tal vez no sea la mejor salida profesional. Puede que quieran algo más prestigioso o lucrativo.

Así que, en la adolescencia, sueñan con ser abogados. Ahora piensan —lo saben— que ya tienen un plan. Facultad de Derecho y sus costes, allá vamos.

Después, una vez que son abogados, tienen una jornada laboral tan larga que apenas ven a sus familias.

Por tanto, quizás opten por un trabajo con un sueldo más bajo, pero con un horario flexible. Entonces se dan cuenta de que la educación preescolar es tan cara que se lleva la mayor parte de su nómina y optan por quedarse en casa y hacer de padres. Llegan a la conclusión de que esa es, finalmente, la opción correcta.

Más adelante, a los setenta años, se dan cuenta de que una vida entera habiéndose quedado en casa significa que no están preparados para hacer frente a la jubilación.

Muchos de nosotros recorremos la vida siguiendo una trayectoria similar. Solo el 27 % de los graduados universitarios desempeñan un trabajo relacionado con sus estudios principales, según la Reserva Federal de Estados Unidos.1Un 29 % de los padres que se quedan en casa tienen un grado universitario.2Probablemente, pocos se arrepienten de su formación, claro está. Pero deberíamos admitir que un padre primerizo en la treintena puede que se plantee los objetivos de su vida de una forma en que su yo de dieciocho años nunca habría imaginado al marcarse sus metas profesionales.

En los asuntos financieros es esencial planificar a largo plazo.

Pero las cosas cambian: tanto el mundo que te rodea como tus objetivos y tus deseos. Una cosa es decir: «No sabemos qué nos deparará el futuro». Pero otra es admitir que tú, tú mismo, no sabes hoy por hoy qué vas a querer en el futuro. Y la verdad es que pocos lo sabemos. Cuesta imaginar que uno vaya a tomar decisiones perdurables a largo plazo cuando su visión de lo que va a querer en el futuro es probable que varíe.

La «ilusión del fin de la historia» es el término que emplean los psicólogos para denominar la tendencia de los seres humanos a ser profundamente conscientes de lo mucho que han cambiado en el pasado, pero a subestimar lo mucho que, probablemente, van a cambiar su personalidad, sus deseos y sus objetivos en el futuro. El psicólogo de la Universidad Harvard Daniel Gilbert dijo una vez:

En cada fase de nuestra vida tomamos decisiones que tendrán una gran influencia en la vida de las personas en las que nos convertiremos y luego, una vez convertidos en esas personas, no siempre estamos entusiasmados con las decisiones que tomamos.

Así, los jóvenes pagan mucho dinero para que les quiten tatuajes mientras que de adolescentes pagaron mucho dinero para que se los hicieran. La gente de mediana edad se apresura a divorciarse de personas con las que, cuando eran jóvenes, se apresuraron a casarse. Los mayores se esfuerzan para perder lo que los adultos de mediana edad se esforzaron para conseguir. Etcétera, etcétera, etcétera.3

«Todos nosotros —dijo Gilbert— vamos por la vida con una ilusión: una ilusión de que la historia, nuestra historia personal, ha llegado a su fin, que acabamos de convertirnos en las personas que siempre esperamos ser y que así permaneceremos durante el resto de nuestras vidas.» Tenemos tendencia a no aprender nunca esa lección. Las investigaciones de Gilbert demuestran que la gente de entre dieciocho y sesenta y ocho años de edad subestima cuánto va a cambiar en el futuro.

Ya puedes imaginarte cómo va a afectar eso a un plan financiero a largo plazo. Charlie Munger dice que la primera regla del interés compuesto es no interrumpirlo nunca innecesariamente. Pero

¿cómo no vas a interrumpir un plan monetario —carrera profesional, inversiones, gastos, presupuesto, lo que sea— cuando cambia lo que quieres en la vida? Es difícil. El motivo, entre otras cosas, por el que a la gente le cae bien Ronald Read —el rico conserje al que conociste hace unos cuantos capítulos— y por el cual Warren Buffet ha tenido tanto éxito es porque siguieron haciendo lo mismo durante décadas, lo que posibilitó la multiplicación por obra del interés compuesto. Pero muchos de nosotros evolucionamos tanto a lo largo de la vida que no queremos seguir haciendo lo mismo durante décadas. Ni siquiera nada parecido. Así que, más que un único periodo de ochenta años, nuestro dinero tal vez esté dividido en cuatro bloques de veinte años.

Conozco a personas jóvenes que llevan a propósito una vida austera con pocos ingresos y que están perfectamente satisfechas con ello. Luego están los que se dejan la piel para costearse una vida lujosa y que también están perfectamente satisfechos. Ambos corren riesgos; los primeros corren el riesgo de no estar preparados para criar una familia o para financiar su jubilación, mientras que los

segundos corren el riesgo de arrepentirse de haber pasado sus años de juventud y salud en un cubículo.

Este problema no tiene una solución sencilla. Dile a un chiquillo de cinco años que debería ser abogado en lugar de conductor de tractores y te va a llevar la contraria con todas sus fuerzas.

No obstante, hay dos cosas que hay que tener presentes al tomar lo que crees que son decisiones a largo plazo.

Deberíamos evitar los extremos de la planificación financiera. Suponer que vas a ser feliz con unos ingresos muy bajos u optar por trabajar jornadas interminables con el fin de conseguir unos ingresos elevados aumenta la probabilidad de que un día sientas arrepentimiento. Lo que alimenta la ilusión del fin de la historia es que la gente se adapta a la mayoría de las circunstancias; por tanto, los beneficios de un plan extremo —la simplicidad de no tener apenas nada o el entusiasmo de tenerlo casi todo— se desvanecen. Pero las desventajas de esos extremos —no poder costear tu jubilación o echar la vista atrás y arrepentirte de una vida dedicada a cosechar dólares— se convierten en motivos duraderos de remordimiento. El arrepentimiento es especialmente doloroso cuando abandonas un plan anterior y te da la sensación de que tienes que ir en la dirección contraria el doble de rápido para compensar el tiempo perdido.

El interés compuesto funciona mejor cuando a un plan le puedes dar años o décadas para que crezca. Esto no es aplicable solamente a los ahorros, sino también a las trayectorias profesionales y a las relaciones. La perseverancia es un factor clave. Y cuando piensas en nuestra tendencia a cambiar lo que somos a lo largo del tiempo, te das cuenta de que conservar el equilibrio en cada momento de tu vida se convierte en una

estrategia para evitar futuros motivos de remordimiento y para fomentar la perseverancia.

Ponerte el objetivo, en cualquier instante de tu vida laboral, de tener unos ahorros anuales moderados, un tiempo libre moderado, un tiempo de desplazamiento al trabajo moderado y por lo menos un tiempo moderado con tu familia aumenta más la probabilidad de poder mantenerte fiel a un plan y de evitar arrepentirte que si una de esas cosas alcanza uno de los extremos del espectro.

También deberíamos aceptar la realidad de que cambiamos de opinión. Algunos de los trabajadores más insatisfechos que he conocido eran personas que se mantenían fieles a su carrera profesional solo porque ese era el ámbito que eligieron al escoger unos estudios universitarios a los dieciocho años. En cuanto aceptas que existe la ilusión del fin de la historia, te das cuenta de que la probabilidad de escoger un trabajo, cuando ni siquiera tienes una edad suficiente para beber alcohol legalmente, que vaya a seguir gustándote cuando seas lo bastante mayor para ser beneficiario de la Seguridad Social es baja.

El truco está en aceptar la realidad del cambio y seguir adelante lo antes posible.

Jason Zweig, columnista sobre inversión del Wall Street Journal, colaboró con el psicólogo Daniel Kahneman en la elaboración del libro Pensar rápido, pensar despacio. Una vez Zweig contó una anécdota sobre una peculiaridad de la personalidad de Kahneman que le fue muy útil: «Nada me asombraba más de Danny que su capacidad de hacer saltar por los aires lo que acababa de hacer», escribió Zweig. Él y Kahneman podían pasar horas trabajando en un capítulo y, sin embargo:

La siguiente noticia que te llega es que [Kahneman] te manda una versión tan transformada que es irreconocible: empieza distinto, termina distinto, incorpora

anécdotas y datos que nunca se te habían ocurrido, y se basa en estudios de los que nunca habías oído hablar.

«Cuando le pregunté a Danny cómo podía volver a empezar como si no hubiera escrito ningún borrador del capítulo antes — añadía Zweig—, él me dijo unas palabras que nunca he olvidado:

“No tengo costes irrecuperables”.»4

Los costes irrecuperables —decisiones vinculadas a esfuerzos anteriores que no pueden ser compensadas— son un fastidio en un mundo en que la gente cambia a lo largo del tiempo. Convierten a nuestros futuros yoes en prisioneros de nuestros yoes pasados, que eran distintos. Es el equivalente de que un desconocido tome grandes decisiones vitales por ti.

Aceptar la idea de que los objetivos financieros establecidos cuando eras una persona distinta deberían abandonarse sin compasión en lugar de mantenerlos con vida artificialmente e irlos arrastrando puede ser una buena estrategia para minimizar los remordimientos futuros.

Cuanto más deprisa se haga eso, antes podrá uno volver a beneficiarse del potencial de la acumulación gracias al interés compuesto.

Y, a continuación, hablemos del precio de entrada de ese potencial de la acumulación.

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