Dominique MÉDA (1998), El trabajo Un valor en extinción, Gedisa, Barcelona

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DOMINIQUE MÉDA, GEDISA, BARCELONA, 1998

6 6 E ; t e libro se propone volver a poner el trabajo en su verda-dero lugar, un lugar segundo, aunque no secundario, y dar así un sentido a la vida en socie-dad'. Esta frase, que enmarca la nota de prensa aparecida en ''Alternatives économiques" en abril de 1995 -fecha en que

el libro de Méda apareció en el

mercado, y cuya traducción castellana ofrece Gedisa- es un buen resumen de esta obra, que se me antoja mezcla, a partes iguales, de sugerentes pensamientos e hipótesis sim-plistas; aderezada con alguna que otra ingenua tontería. El primer ingrediente se muestra tanto a nivel conceptual como a nivel formal: está bien es-crito; bien traducido y se lee con interés. El segundo com-ponente no es de la misma ca-lidad debido, en mi opinión, a

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endeble de alguno de los fundamentos de sus propues-tas originales. C2.!Iizá

conta-giada por su ocupación en el

Ministerio de Trabajo francés, la investigadora deja paso a la "fabricante de ideas novedo-sas", con o sin contraste. Este hecho le lleva, en ocasiones, a afirmar algún sinsentido, como comentaré enseguida.

Pese a todo, tiene un punto altamente positivo: recordar a toda una generación que si, tras horas y horas de trabajo, cuando llega el merecido des-canso, la jubilación, o la inacti-vidad forzosa no sabe qué "ha-cer", su trabajo ha perdido su sentido primigenio.

En esta obra, Dominique Méda trata de ofrecer una ge-nealogía del trabajo. Le parece que merece la pena el esfuerzo, porque quizá a través de él en-contremos las claves para desen-trañar los enigmas sin cuento que acompañan a esta variable; entre ellas, el hecho de que nuestras empresas requieran cada vez menos trabajo para producir y, por contra, nuestra

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sociedad "reclama siempre más trabajo y pide, achacosa, solucio-nes que generen más y más em-pleos "rentables" (15).

y sin más, la osada escritora se dedica a esta ingente tarea, no sin antes formular su hipó-tesis, o adelantar su conclu-sión: "el trabajo no es una cate-goría antropológica, o sea, una invariante en la naturaleza hu-mana . .. estamos, por el contrario, ante una categoría radicalmente histórica, inventada en respuesta a necesidades de una época deter-minada" (27). Rara forma de emprender su "trabajo", a mi entender: tratar de hallar las claves de una pregunta a la que previamente se ha contestado. La misma rareza que me pro-duce el hecho de sostener esa hipótesis habiendo voluntaria-mente incluido en el subtítulo la palabra "valor" para referirse al trabajo: siendo filósofa de-bería recordar que únicamente en un régimen como el capita

-lismo, materialista y conse-cuencialista, el término valor es asimilado a un bien cuyo apre-cio coincide con su cotización.

La primera prueba de su hi-pótesis de que el trabajo, en realidad, no es un valor neta-mente humano, la encuentra en el paradigma griego. En él,

dice, "el trabajo no existe" (32), aunque quizá debería decir que los analistas no lo estudiaron porque contaban con un ejér-cito de esclavos, que desde luego trabajaba.

El Cristianismo, sostiene, también tuvo problemas con esta variable, porque, afirma,

¿ es que Dios trabaja? Con la alegría de quien no ha estu-diado demasiado el asunto, mantiene que, en el Cristia-nismo, existe sólo en "germen' la dignificación del trabajo, porque "El Génesis debe enten-derse en sentido estricto: el tra-bajo es, clar'amente, una maldi-ción, un castigo" (42). Por si a alguno le cabe la duda de la frase Bíblica "el séptimo día descansó", la autora aclara que "La Biblia muestra claramente que Dios no obra por sí mismo, sino que ordena que las cosas va-yan ubicándose . .. de manera que

no trabajó" (43).

La recuperación del trabajo no es, por tanto, cristiana. Se-gún parece, es una lllvención cuya patente ostenta el escocés, protestante para más señas, Adam Smith, quien la ofrece al mundo en su Riqueza de las Naciones de 1776. Según la au-tora, Smith notó que el trabajo poseía cualidades ocultas, y al

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intentar aflorarlas, descubrió que podía definirse como un esfuerzo en estricta unión con el tiempo.

El

trabajo resultó

ser, ni más ni menos, que

tiempo productivo que podía emplearse "como un insf1' u-mento cuya cualidad esencial es permitir el intercambio" (54).

Así el trabajo pasó a ser conce-bido como "una cantidad men-sumble de energía que queda in-corporada de forma duradem a un objeto mataial aumentando su valor" (59). De esta manera, nació el trabajo como variable mercantil: pertenece al traba-jador, quien puede venderlo como cualquier otra cosa de su propiedad, aunque no como algo procedente de su natura-leza personal.

Con este "tipo" de trabajo nació una nueva sociedad. Pri-mero, porque se valorizó una variable antes despreciada; se-gundo, porque la división del trabajo mejoró materialmente la sociedad y, al conseguir ma-yor bienestar, la política em-pezó a mermar de valor; ter-cero, porque el trabajo creó nuevas relaciones sociales, en-tre otras la del capitalista-tra-bajador.

De este concepto de trabajo como fuente de abundancia,

pasa la autora a considerar un nuevo paso: aquel en que el trabajo giró, de ser fuente de riqueza, a ser fuente de felici-dad; a ser esencia del hombre,

tesis que parecen compartir Karl Marx y todas las consti-tuciones europeas que inclu-yen el derecho del hombre (y de la mujer) al trabajo. Con el siglo XIX el trabajo pasó a ser, no ya fuente de sufrimiento; ni de riqueza, sino "ideal de crea-ción y autorrealización" (81)

cargado de energías utópicas. Pero cuidado, si el hombre de-sarrolla su esencia a través del trabajo, "el individuo está en po-sesión de un título de crédito ante la sociedad, merced al cual puede exigirle - a través del Estado-que le proporcione trabajo" (98).

La socialdemocracia está en

marcha.

No hace falta mucha aten-ción para darse cuenta de que ese modelo, y quizás también la socialdemocracia hace agua. ¿Cómo compaginar el derecho al trabajo con el actual desem-pleo? Si la solución pasa por repartir el trabajo, ¿cómo no considerarlo una mercancía? ¿Q¡é conclusiones sacar? A partir de ese momento la au-tora comienza su propio juicio y su propia predicción.

Revista Empresa y Humanismo, Vol. L N° 2/99, pp. 395-399

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Visto lo visto, cree que es preciso, de una vez por todas,

"desencantar" el trabajo. In-cluye esfuerzo penoso; es muy improbable que en términos generales pueda provenir de él la autoafirmación; lo común es el asalariamiento, espiritual y material; la técnica que marca el camino del trabajo está en manos de unos pocos, etc., etc. Así, concluye, el tra-bajo es una creación del hom-bre de una época, especial-mente del capitalista; una cre-ación interesada que alguien nos ha "vendido" como enti-dad antropológica. Pero no es cierto, puede y debe ser supe-rado, como el régimen que lo sustenta, pues "el capitqJismo es

la forma más reductora

y

per-versa del humanismo, pm'que nadie hubiera osado, antes del siglo XIX, tomar la producción de bienes y servicios por el excelso modo de civilizar el mundo"

(234).

La civilización, continúa, no es productiva, se ubica en una sociedad de servicios. Una so-ciedad -similar a la que di-bujó Luis Racionero en Del

paro al ocio (Anagrama, 1983) ambas inspiradas en textos del Marx joven y utópico-donde la diferencia entre tra-bajo y no tratra-bajo se desdibuja;

donde" todo viene a ser trabajo,

pero no ese trabajo aburrido, material

y

mensurable; ahora el trabajo es interesante, incluso propicio al autodesarro//o

perso-nal, o quizás una actividad asi-milable a cualquier otra cosa"

(236).

Me gustaría solicitar a Do-minique Méda respuestas para muchas cuestiones que no me han quedado claras: desde cómo conseguir esa tecnogé-nesis que nos liberará de la producción; hasta cómo lograr el reparto equitativo de este tiempo, sea lo que sea; pa-sando por la idea de conside-rar que el hombre es cándido y pacífico, salvo cuando tiene hambre, etc. etc. Pero me con-tentaría con preguntarle cómo educar a los nuevos ciudada-nos de esta nueva polis. Hasta ahora les hemos educado bajo la base de que vivir es compli-cado, y de que moverse en la propia complicación produce resultados hoy llamados auto-afirmativos; que vivir es dolo-roso y arriesgado, y luego te mueres, pero el propio dolor incluye el propio desarrollo. ¿Qyé tipo de personas tendre-mos si esas variables (¿valo-res?) fueran excluidos de la educación? ¿Qyé metas ha-brían de formularse? Por

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puesto que tampoco tendría-mos empresarios, pero, al pa-recer no harían falta.

Hay que desacraliza?· el tra-bajo, dice. La lectura del libro no me ha convencido de ello,

pero sí me ha reafirmado en que el sujeto del trabajo, la persona humana, debe ser me-jor comprendida, meme-jor anali-zada, incluso mejor soñada.

Reyes Calderón

Revista Empresa y Humanismo, Vo/. L N° 2/99, pp. 395-399

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