Dickinson Oliver - El Egeo - De La Edad De Bronce A La Edad De Hierro.pdf

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Oliver Dickinson

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Oliver Dickinson

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Título original: The Aegean fro m Bronze Age to Iron Age, publicada por Routledge Traducción castellana: M.a José Aubet

Diseño de la cubierta: Joaquín Monclús Coordinación editorial: Mari Paz Ortuño © 2006, Oliver Dickinson

© Edicions Bellaterra S.L., 2010

Navas de Tolosa, 289 bis. 08026 Barcelona www.ed-bellaterra.com

Quedan prohibidos, dentro de los lím ites establecidos en la le y y bajo los apercibi­ mientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cual­ quier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratam iento inform á­ tico, el alquiler o cualquier otra form a de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de D e­ rechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragm ento de esta obra.

Impreso en España Printed in Spain

ISBN: 978-84-7290-488-0 Depósito Legal: B, 5.050-2010

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Dedicado a la memoria de Dorothea G ray y de Vincent Desborough, mis mentores en arqueología homérica y Edad del H ierro antiguo; a M ervyn Po­ pham, quien me animó a estudiar el m aterial protogeométrico de Lefkandi; a B ill McDonald, por brindarme la oportunidad de participar en las excavacio­ nes de Nichoria; y a W illy Coulson y Cindy M artin, mis queridos colegas de Nichoria,

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Í

n d ic e

Nota sobre usos y n om en clatu ra... 10

Prólogo ... 11

Agradecimientos ... ... 13

A b re v ia tu ra s ... 15

In tro d u cció n ... 17

1. Terminología y cronología... 27

2. El colapso de la civilización del B ro n c e ... 45

3. El período Pospalacial ... 83

4. La estructura y la economía de las com u n id ad es... 107

5. Artes y oficios ... 145

6. Usos fu n e r a r io s ... 209

7. Comercio, intercambio y contactos fo rá n e o s... 235

8. R e lig ió n ... 261

9. Conclusiones ... ... 283

G lo s a rio ... 307

B ib lio g ra fía ... 309

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No t a s o b r e u s o s y n o m e n c l a t u r a

Para citar topónimos griegos y nombres de tipos cerámicos y otros artefactos he preferido utilizar sus formas más fam iliares y corrientes, sin aferrarm e estrictamente a ningún sistema ortográfico. Los nombres de provincias y re ­ giones de Grecia y alrededores reflejan usos antiguos, no modernos, y he preferido utilizar las antiguas designaciones territoriales de Mesopotamia, Anatolia/Asia Menor, Siria, Fenicia y Palestina en lugar de los nombres de los países modernos que las incluyen. Utilizo el térm ino «Oriente Próximo» para referirm e en general a toda la región de las antiguas civilizaciones orientales, incluido Egipto.

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P

r ó l o g o

Este libro comparte básicamente el objetivo de The Aegean Bronze Age (a p a rtir de ahora Dickinson, 1994a) de presentar un breve estudio introductorio, lo más actualizado posible, de un período concreto de la prehistoria griega, la llam ada Edad Oscura, que abarca, según la opinión general, la práctica tota­ lidad de los cinco siglos que van de 1200 a 700 a.C. (todas lasfechas que aquí se dan son a.C. salvo que se especifique lo contrario), un período que algunos —y cada vez somos más— creemos que desempeñó un ro l axial en el largo proceso evolutivo griego, y a que representa la transición entre dos form as de civiliza­ ción m uy distintas. E l colapso de las civilizaciones del Bronce a principios del período que nos ocupa supuso el fin a l de un sofisticado sistema de organización social que había dominado las principales regiones del Egeo durante siglos, y que implicó además, según se cree, el desarraigo, la dispersión de poblaciones enteras y la reducción de las comunidades supervivientes del Egeo a pequeñas aldeas empobrecidas, que en el mejor de los casos tuvieron contactos sólo inter­ mitentes con el mundo exterior. Hace tiempo que los estudiosos se interrogan sobre la capacidad de aquellas comunidades para reconstruirse y crear aque­ lla civilización tan distinta de la Grecia posterior, y hasta qué punto contribu­ yeron a ello determinados desarrollos del período aquí analizado.

Desde los años 1970, tras la publicación de tres estudios fundam entales (Snodgrass, 1971; Desborough, 1972; Coldstream, 1977), el periodo ha mereci­ do una atención creciente, centrada m uy especialmente en el período Geomé­ trico (900-700), del que ahora existe mucho más m aterial, y también se han realizado estudios interesantes sobre las fases precedentes. No obstante, persis­ te la necesidad de un nuevo estudio general que incorpore todo el material nue­ vo así como la crítica de los métodos y premisas tradicionales utilizados para interpretar los datos arqueológicos. Snodgrass (1971) fu e reeditado en el año 2000, con la única novedad de un nuevo prólogo. Thomas y Conant (1999)

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abarcan todo el período, pero su estadio presenta carencias metodológicas, dado que utilizan yacimientos aislados (y no siempre los más evidentes) para ilustrar los sucesivos siglos, y muchas de sus afirmaciones resultan cuestiona­ bles. Lemos (2002) ofrece un análisis útil si bien algo tradicional del material, y se centra únicamente en el período Protogeométrico y en una zona limitada de Grecia. L a reedición de Coldstream (1977) con un capítulo adicional en 2003 resulta m uy útil, y lo mismo cabe decir de varios de los análisis breves so­ bre la «Edad Oscura» incluidos en estudios más extensos (Morris, L, 1987,1997 y 1999: caps. 3 y 6; Snodgrass, 1987: cap. 6; Whitley, 1991a y 2001: cap. 5), que aunque valiosos, priorizan algunas hipótesis debatibles.

Confío, quizás un tanto precipitadamente, en m ejorar los resultados de los estudios antes mencionados, pero ante todo que nadie espere de este libro nada más que una introducción al período y a sus problemas. P ara responder a los comentarios de algunas reseñas de Dickinson (1994a), recuerdo que este ca­ rácter introductorio no significa que un lego en la historia de Grecia o en a r­ queología griega pueda entenderlo fácilmente. Significa que es de extensión li­ mitada, por eso no puede ofrecer análisis exhaustivos, y que sólo apunta, no detalla, los principales yacimientos y bases de datos.

Espero que se me perdonen las frecuentes referencias a Dickinson (1994a), pero dado que en aquel volumen yo analizaba el tema con cierto detalle y que mis puntos de vista no han variado sustancialmente, ésta me parece la mejor manera de optimizar el limitado espacio. Entre las referencias que cito hay po­ nencias inéditas, porque creo que su información es suficientemente importan­ te para merecerlo; espero haber transmitido su contenido d eform a correcta. Dada la cantidad de obras que ahora se publican, es casi inevitable la omisión de algunos estudios, y puede que no haya prestado suficiente atención a algu­ nos que rebaten o actualizan tesis que propugno, especialmente sobre temas como la «sociedad homérica». Pero este estudio y a se ha retrasado demasiado; ahora me comprometo a publicarlo.

O l i v e r D i c k i n s o n

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A

g r a d e c im ie n t o s

Quisiera citar, en un lugar de honor, a Sue Sherratt, que ha tenido la amabi­ lidad de leer el borrador un par de veces, con un intervalo de cinco años, y cuyos comentarios, extrem adam ente valiosos, han hecho de este libro un texto mucho más coherente y, espero, m ejor argumentado de lo que habría sido sin su ayuda. También me siento especialmente en deuda con Cathy Morgan por sus comentarios sobre varios capítulos; con Fanouria Dakoronia, Sigrid Deger-Jalkotzy, Birgitta Eder, M aria Iíayafa y M ary Voyatzis por com­ partir generosamente información im portante y por hacerm e llegar textos inéditos con datos muy valiosos; con John B intliff, por proporcionarme co­ pias de sus propios artículos y de otros autores en un momento crucial; y con Zofia Stos y Ellis Jones, que me han ayudado en el tema de los metales, sus fuentes y su explotación. Otros muchos han contribuido con libros, separa­ tas, información, ilustraciones originales y comentarios: desearía mencionar a Claire Adams, Vasiliki Adrym i-Sism ani, Bob Arnott, Paul Astrom, Claris­ sa Belardelli, Elisabetta Borgna, Helen Hughes Brock, Cyprian Broodbank, Gerald Cadogan, J ill Carington-Smith, Hector Catling, Richard Catling, Ni­ colas Coldstream, Anna Lucia D ’Agata, Jack Davis, Katie Demakopoulou, Seren Dietz, Nicoletta Divari-Valakou, Robert Drews, Lisa French, Barbro Santillo Frizell, Ioannis Georganas, Kevin Glowacki, Robin Hagg, Donald Haggis, Jonathan Hall, Anthony Harding, Georgia Hatzi, Reinhard Jung, V'assos Karageorghis, Imma Kilian-D irlm eier, Irene Lemos, Yannos Lolos, Joseph M aran, H olly Martlew, H artmut-M atthaus, Jennifer Moody, Sarah Morris, Penelope Mountjoy, Jim Muhly, Richard Nicholls, Krzysztof Nowic- ki, Robin Osborne, Mani Papakonstantinou, John Papadopoulos, Michaelis Petropoulos, Peter Rhodes, David Ridgway, Jerry Rutter, Hugh Sackett, E li­ zabeth Schofield f , Cynthia Shelm erdine, A nthony Snodgrass, Christiane Sourvinou-Inwood, Andreas Vlachopoulos, Leonidas Vokotopoulos, Gisela

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Walberg, Saro Wallace, Ken W ardle, Todd W hitelaw, James W hitley, M al­ colm W iener, Jim W right, Assaf Yasur-Landau y M arika Zeimbekis. Quisie­ ra asimismo agradecer a mi estudiante de doctorado G uy Middleton sus agudos comentarios sobre algunas de mis ideas.

Agradezco profundamente a Sven Schroeder y a Hayley Saul, del D epar­ tam ento de Arqueología de la Universidad de York, su ayuda con las figuras, casi todas preparadas por la Sra. Saúl.

Estoy en deuda con la Universidad de Durham por otorgarme una exce­ dencia de investigación en 1996, 1998 y 2003, y agradezco al Departamento de Historia Antigua y Clásica su cooperación al perm itirm e una excedencia no pagada en 1999, financiada con una generosa beca del Institute for Aegean Prehistory. Estas ayudas me liberaron de mis responsabilidades académicas durante casi un año, un tiempo que resultó inestimable para acabar la re ­ dacción de este libro. Mi más profundo agradecimiento a todas estas institu­ ciones.

Gracias también a las siguientes personas que me facilitaron fotografías y dibujos, y autorizaron su publicación: la Sra. V. Adrym i-Sism ani (original de la fig. 2.3); el profesor D. Haggis (fig. 4.4); el Departamento de Clásicas de la Universidad de Cincinnati, y el profesor T. Palaim a (fig. 2.2); el D eparta­ mento de Clásicas de la Universidad de Cincinnati y el Dr. S. Stocker (fig. 3.2); el Museo Arqueológico Nacional de Atenas y la Dra. Papazoglou-Ma- niati (fig. 3.3); la American School of Classical Studies, de Atenas: excava­ ciones en el Agora (fig. 5.2); la British School o f Archaeology de Atenas (figs. 2.5, 5.1, 5 .11, 5.12, 5.23, 7.2, 7.3, 8.5); y el Deutsches Archâologisches Institut de Atenas (figs. 5.9, 5.15, 5.16, 6.4)

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A

b r e v ia t u r a s

Re v i s t a s p e r i ó d i c a s

A A Archaologischer Anzeiger

A A A Athens Annals of Archaeology

(Αρχαιολογικά

Ανάλεκτα εξ Αθηνών)

A D

Αρχαιολογικόν Δελτί,ον

A JA American Journal of Archaeology

A R Archaeological Reports (suplemento de JH S)

A S Anatolian Studies

AthMitt. M itteilungen des Deutschen Archâologischen Instituts: Athenische Abteilung

BCJI Bulletin de correspondance hellénique

BICS Bulletin of the Institute of Classical Studies, Universidad

de Londres

BSA Annual of the British School de Atenas

C A J Cambridge Archaeological Journal

CQ Classical Quarterly

CR Classical Review

I.TNA International Journal of Nautical Archaeology JD A I Jahrbuch des Deutschen Archaologisch.es Instituts

JF A Journal of Field Archaeology

JH S Journal of Hellenic Studies

JM A Journal of M editerranean Archaeology

O JA Oxford Journal of Archaeology

OpAth Opuscula Atheniensia

PAE

Πρακτικά τής εν ΑΘήναις Αρχαιολογικής ΕταΙρεας

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PZ Praehistorische Zeitschrift

RD AC Inform e del Dpto. de Antigüedades de Chipre SM EA Studi micenei ed egeo-anatolici

Ot r o s

C A H I III Cambridge Ancient History (tercera edición)

C A H l-lW , lám. Cambridge Ancient History, lám inas de volúmenes I-III (tercera edición)

BA, BM, BF Bronce antiguo, medio, final

EO Edad Oscura

GA, GM, GR Geométrico antiguo, medio y reciente

HA, HM, HR Heládico antiguo, medio, reciente

PGA, PGM, PGR Protogeométrico antiguo, medio, reciente

MR Minoico reciente SM Subminoico SPG Subprotogeométrico Submic Submicénico Tue. Tucídides Herod. Heródoto

CBM Cerámica bruñida a mano

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I

n t r o d u c c ió n

«La Edad Oscura de G recia es una concepción nuestra». Esta taxativa a fir­ mación de W hitley (19 9 ía : 5) es irrebatible. Porque si bien la tradición grie­ ga, plasmada en la épica homérica, hablaba en general de un pasado de hé­ roes, de grandes proezas y de reyes que gobernaban desde palacios repletos de fabulosos tesoros, no reconocía que hubiera existido un período de d ra­ mático declive entre aquel pasado glorioso y épocas más recientes. Lo que re ­ presentaba era la transformación gradual, tras la guerra de Troya, de la épo­ ca heroica en un período de acciones menos llamativas que finalizaba con las migraciones que supuestamente configuraron el mapa de la Grecia conti­ nental y egea posterior. Luego habría comenzado una etapa poco definida so­ bre la que apenas había información y que se confundía, en torno a lo que

para nosotros sería la segunda m itad del siglo VIII, con el período que sí ha­

bía deparado alguna información, pero que en muchos casos podría reflejar

una reelaboración de los siglos V y IV de muchas tradiciones semilegendarias

sobre el pasado. Pese a que las genealogías idealizadas de algunas grandes fam ilias las entroncaban con famosos héroes como Heracles y Ajax, posibili­ tando así colmar el vacío entre la era heroica y la época clásica, no se había conservado información sobre la mayoría de las personas contenidas en ellas. La falta general de información sobre el período era tal que hasta Tucídides, en su famosa obra sobre el pasado de Grecia, optó por calcular las fechas de la supuesta llegada de los beocios y los dorios al sur de Grecia contando a partir de la guerra de Troya (1.12) y no desde su propia época, como hizo con otros acontecimientos más tardíos.

Tucídides no parece impresionado por la época de los héroes (1.2-12), pero como muchos de sus compatriotas griegos, creía que las tradiciones so­ bre su remoto pasado contenían verdades; y quiso simplem ente interpretar­ las de un modo racional. Es evidente que no halló en ellas ningún indicio de

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un declive sustancial de los grandes centros del mundo clásico, como Argos, Atenas y Tebas, que con tanta frecuencia figuran en las leyendas, desde su época más floreciente hasta su nuevo renacimiento. Lo que hizo en su em ­ peño por contar de modo sistemático el pasado de Grecia sin apelar a las le­ yendas, fue presentar todo el pasado de G recia como un periodo de progreso interm itente, desde unos inicios modestos, siempre a merced de posibles in ­ terrupciones provocadas por las migraciones y otras alteraciones, hasta tiem ­ pos relativam ente recientes. Era una lectura legítim a de las únicas fuentes de información que tenía a su alcance, las leyendas tradicionales y especial­ m ente los poemas épicos, centrados, como la épica de cualquier cultura, en la lucha contra los monstruos, la guerra, el robo de ganado, las migraciones y la fundación o captura de famosos enclaves, y en todos esos poemas los hé­ roes legendarios figuraban lógicamente en lugar destacado. El único contra­ peso posible a esta imagen de progreso fue la obra de Hesíodo, Los trabajos y los días, donde el autor enum era una secuencia de razas, desde la raza de oro a la de hierro, pero seguramente sin ánimo de definir una tradición his­ tóricam ente útil. Se trata de un mito moral, con paralelos en el pensamien­ to religioso de la antigua Asia, que representa la historia humana como una serie de estadios desde la perfección a la decadencia. Hesíodo, por sus propias razones, incluyó sutilm ente en aquella secuencia la raza de los héroes, que representaba una m ejora respecto a la raza de bronce (véase West, 1997: 3 12 -3 19 , y Rosen en Morris y Powell, 1997: 485-487).

Seguramente a los griegos clásicos no les fue difícil ver su pasado como un proceso evolutivo continuo, aunque un tanto impreciso, iniciado en la época de los héroes, porque no podían im aginar que la época heroica fuera esencial­ mente distinta de la suya. En los poemas épicos y en otros materiales tradi­ cionales, los héroes parecen moverse en un mundo en el que ya están estable­ cidas muchas de las poleis y grandes centros religiosos de épocas posteriores (Snodgrass, 1986: 48). Adoran a los mismos dioses que los griegos más tardíos y realizan prácticamente los mismos ritos, y en los poemas homéricos res­ ponden a normas de conducta que en los tiempos históricos aún se considera­ ban en cierto modo ejemplares entre la élite. Si algunas prácticas de la época heroica, como portar armas y la piratería, ya no se consideraban respetables en las zonas más civilizadas de Grecia, se sabía que habían sido muy frecuen­ tes en el pasado reciente y que, como decía Tucídides, aún prevalecían en las áreas menos desarrolladas de Grecia de su propia época.

Cuando en la era moderna la arqueología empezó a revelar la realidad del Bronce egeo, se pensó que los nuevos descubrimientos de Troya, Micenas, T irinto y otros enclaves de leyenda demostraban la fiabilidad de las tra d i­ ciones griegas, y que en esencia Tucídides tenía razón al aceptar que las tra ­ diciones contenían inform ación histórica real sobre el pasado remoto de

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Grecia. A pesar de algunas importantes discrepancias entre los restos m ate­ riales de lo que muy pronto se llam aría la civilización micénica y de im por­ tantes rasgos culturales descritos en los poemas homéricos (por ej., los usos funerarios), muchos estudiosos creyeron posible im aginar una clase dirigen­ te micénica belicosa y predadora, a semejanza de los héroes de Homero, y un mundo micénico bastante inestable. Por lo tanto, pese a que aceptaban el f i­ nal violento de la civilización micénica, los movimientos de población y un deterioro del nivel de la cultura m aterial, aún les parecía posible verla tal como la describía Tucídides, como una continuación o reanudación de una inestabilidad anterior. También era posible señalar a los destructores, los do­ rios y grupos afines, como los introductores de im portantes innovaciones, entre otras el uso del hierro, la decoración de la cerámica con motivos pura­ mente geométricos, el rito funerario de la incineración y una cierta evolu­ ción en m ateria religiosa, sobre todo el culto de Apolo.

Entonces ¿cómo y por qué surgió la idea de una Edad Oscura? En parte, la idea pudo emanar de una cronología más precisa del Bronce reciente y del período inmediatamente posterior, una cronología que evidenciaba que la ci­ vilización micénica, que ahora parecía haber reemplazado a la más antigua civilización minoica como fuerza dominante en el Egeo, alcanzó su máximo esplendor en los siglos xiv y xin,* mientras que el m aterial más sobresalien­

te del Hierro antiguo pertenecía a los siglos IX y VIII.** Había poquísimo m a­

terial susceptible de datación en el período interm edio, y el que había era bastante anodino. El grueso de este m aterial procedía de las necrópolis del Kerameikós, en Atenas, cuyas tumbas, de formas m uy simples, contenían m uy pocos ajuares, básicamente vasijas e ítems metálicos anodinos. Sólo la cerámica, perteneciente al estilo protogeométrico ateniense, destacaba por sus formas elegantes y su estructurada decoración con una pintura oscura de calidad, y parecía factible concebir una influencia de los alfareros atenienses y de aquel estilo superior en la producción cerámica de gran parte de Grecia, un estilo que supuestamente habían creado, como seguramente hicieron con el todavía más influyente estilo geométrico inm ediatam ente posterior. En función de estas premisas, Atenas aparecía como el asentamiento griego más im portante del período (por ej., Desborough, 1972: 341, 346; Kirk, 1975: 843). Pero la relativa rareza y el limitado repertorio de otros objetos funera­ rios de Atenas, la calidad todavía más lim itada si cabe del m aterial hallado en las escasas tumbas, aunque muy dispersas, del período de otras partes de Grecia, y la ausencia total de evidencia arquitectónica aceptable contribuye­ ron a crear una impresión de pobreza, mientras que el carácter local de la ce­

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rám ica en muchas partes de Grecia apuntaba a contactos cuando menos es­ porádicos dentro del mundo griego, especialmente lejos de las costas e islas del sur del Egeo.

La mayor precisión cronológica tam bién puso de manifiesto que los do­ rios y sus parientes «grecoccidentales» no pudieron ser los responsables de las innovaciones materiales más importantes. A l contrario, puesto que se les atribuía la destrucción de los principales centros micénicos, se les imputaba su responsabilidad en el hundimiento catastrófico del nivel de la cultura m a­ terial, tal como se refleja en la siguiente cita:

No obstante, lo más im portante es que tras su segunda invasión, los dorios con­ quistaron prácticamente todo el mundo jonio-micénico, desde el Peloponeso hasta Rodas, con la excepción de Mileto, en Asia Menor, Atenas y eí lolkos eólico. Aque­ lla civilización construida a lo largo de muchos siglos por los micénicos, con ayuda de los minoicos, fue destruida. Aunque hablaban la misma lengua, los dorios lle ­ garon como invasores y destructores, con medio milenio de atraso cultural respec­ to al pueblo al que habían vencido. Fue un desastre catastrófico, sin precedentes (Schweitzer, 1971: 10-11).

Incluso llegó a ser habitual sugerir, como hace Schweitzer en el párrafo anterior, que la migración de griegos jonios y eolios del continente a Asia M enor reflejaba la huida de refugiados del terror dorio, aunque no exista mención alguna de este tipo de movimientos en las tradiciones. No hay duda de que las tradiciones describen la migración de fam ilias reales y de grupos de población enteros desplazados por los dorios y otros conquistadores, pero sitúan la «migración jonia» dos generaciones después de las conquistas do­ rias en el Peloponeso, y presentan la migración «eolia» a Lesbos y al noroes­ te de Asia Menor como algo totalm ente diferente.

Otra teoría que pronto se consolidaría sostenía que, como se suponía que habían destruido la civilización micénica, los dorios tenían que venir de fu e­ ra de aquella región, aunque la hipótesis no encajara fácilm ente con la tra ­ dición según la cual su últim o hogar antes de entrar en el Peloponeso fue la Dóride, una región de la Grecia central. La tendencia a asociarlos concreta­ mente al Epiro se rem ontaría a una época en que poco o nada se sabía de la Grecia prehistórica, y que parece responder a la idea de que las gentes del noroeste de Grecia y Albania todavía conservaban el presunto modo de vida pastoril de los antiguos dorios (por ej. Reclus, 1875: 185). Quienes afirm aban que los dorios eran aparentemente indétectables arqueológicamente partían de la convicción de que eran pastores seminómadas, y que por esa razón su cultura m aterial apenas había sobrevivido en el registro arqueológico (la te­ sis clásica es la de Hammond, 1932).

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Pese a que estas teorías eran meras interpretaciones de la tradición a la luz de lo que se creía que era la arqueología, han acabado impregnando el estu­ dio de estas tradiciones y siguen presentes actualmente. También prevalece todavía la creencia de que los poemas homéricos ofrecen un retrato bastante fiable de la civilización micénica, lo que ha podido llevar a engaño. Porque si a partir de los poemas se afirm ara que algunos de los elementos de la religión y de la estructura social más característicos de la Grecia posterior ya estaban presentes antes del final del período micénico, la Edad Oscura podría apare­ cer como un período sin prácticamente ningún desarrollo importante.

Quizá la m ayor contribución a la imagen de la Edad Oscura se debió al desciframiento e identificación, en 1952, de la escritura Lineal B como len ­ gua griega. Gracias a ello pronto quedó patente que en los principales cen­ tros micénicos que utilizaban aquella escritura el nivel de organización so­ cial mostraba notables semejanzas con las grandes civilizaciones de Próximo Oriente, lo cual reforzaba aún más los efectos catastróficos de su destrucción. Irónicamente, sería en la introducción a Documents in Mycenaean Greek donde Wace argumentaría su rechazo de la idea misma de una Edad Oscura: según él la invasión doria pudo ser la introductora «no de un cambio cultu­ ra l sino solamente político en Grecia», y proponía que la historia de los grie­ gos y del arte griego empezaba en el Bronce medio* (Ventris y Chadwick [1956], 1973: XXXLXXXIV). Pero el contraste entre la sociedad reflejada en las tablillas y la soñada en el período siguiente era demasiado grande. Se aceptaba en general que el colapso de la civilización micénica había com­ portado una gran ruptura de la continuidad, arqueológicamente detectable no sólo en la destrucción y en la no sustitución de los palacios y otros edifi­ cios, y en la pérdida de una artesanía de productos de lujo, sino en el aban­ dono, ampliamente documentado, de muchos asentamientos corrientes.

De modo que la atención se centró en las características de la Edad Os­ cura y en las bases de la recuperación de Grecia tras aquel hundimiento. Tres estudiosos británicos, V. R. Desborough, A. M. Snodgrass y J. N. Colds­ tream publicaron estudios de gran valor (Desborough, 1964, 1972; Snodgrass, 1971; Coldstream, 1977), que en buena medida han moldeado la moderna visión de la «Edad Oscura», Desborough (1972) y Snodgrass (1971), estu­ diosos ambos de la Edad Oscura, tenían más de un rasgo en común. Ambos dedicaron especial atención a las tradiciones griegas referidas a los m ovi­ mientos de población, sobre todo a la «migración jonia», aunque no sin cier­ to escepticismo por lo que respecta a los detalles. Desborough pensaba, por ejemplo, que los movimientos de población eran responsables de la mayoría de los eventos, buenos y malos, del período que él estudiaba (véase un

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resu-men en su capitulo 24). Ambos subrayaron como significativo el hecho de que la evidencia se concentrara en asentamientos en o cerca de las costas del Egeo, especialmente Atenas, que calificaron de «progresivos». Y ambos des­ tacaron la im portancia de la interrupción y el posterior restablecimiento de las comunicaciones, en el mundo egeo y entre el Egeo y Oriente Próximo, donde aquellas comunidades «progresivas» desempeñaron un papel im por­ tante.

Pero mientras Desborough creía que hacia el año 900 las «Edades Oscu­ ras» ya habían finalizado, Snodgrass veía los indicios de un nivel creciente

de comunicación y de vinculación con Próximo Oriente a finales del siglo X

como una especie de «falso amanecer» (1971: 402), Coldstream, por su par­ te, en su influyente estudio de la Grecia geométrica, entendía la fase del «D espertar» de ca. 855-830 de form a muy parecida, y veía evidencia m uy clara de contactos entre algunas comunidades y Oriente Próximo (1977: 71) y, al igual que Snodgrass, situaba aquel últim o renacer de Grecia no antes de mediados del siglo vm . Para explicar aquel proceso, Snodgrass priorizaba los desarrollos internos, destacando lo que él entendía como una vu elta a la agricultura y el abandono del pastoreo que había predominado durante la Edad Oscura (1971: 378-380, cf. 1980a: 35-36 y 1987: 209). Coldstream, en cambio, daba mucha más importancia al considerable aumento de la pobla­ ción (1977: 367-368), un punto al que Snodgrass ya se había referido (1971: 367, 417) y que más tarde elaboraría en un análisis que ha ejercido una gran influencia (1980a: 23-25).

Desde la década de 1970 no se han hecho estudios de tan alto nivel, si bien Snodgrass volvió a ocuparse del período (1987: cap. 6, y la introducción a la reedición de 2000 de Snodgrass, 1971), incorporando todos los conoci­ mientos acumulados hasta entonces. El breve estudio de Morris (1997) ofre­ ce una visión general. Lo que más se ha incrementado es nuestro conoci­ miento de lugares de habitación, gracias sobre todo a las excavaciones de Nichoria, en Mesenia (cuya publicación incluye, excepcionalmente, estudios de huesos animales y de restos vegetales), Asine, en la Argólida, Koukouña­ rles, en Paros, y muchos yacimientos de Creta, sobre todo Knossos y Kavou­ si, así como lugares básicamente rituales como Isthm ia, en la C orintia, y Kalapodi, en la Fócida. Los descubrimientos de Lefkandi, en Eubea, espe­ cialmente la gran estructura conocida como el heroon, su contenido y la aso­ ciada necrópolis de Toumba, han sido de tal calibre que prácticamente han ensombrecido todo cuanto se conocía sobre el período pre 900. Las prospec­ ciones, los hallazgos fortuitos de pequeñas necrópolis y de tumbas aisladas, y los descubrimientos ocasionales durante las excavaciones han perm itido identificar muchos nuevos yacimientos que tuvieron que estar ocupados en algún momento del período. Aunque una buena parte del nuevo m aterial es

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del siglo VIII, todos estos descubrimientos han perm itido rellenar considera­ blemente el mapa de Grecia en cuanto a otras fases del periodo, y se van aña­ diendo nuevas evidencias.

Pero a pesar de todo es innegable que, comparado con la variedad, la can­ tidad y la calidad de los datos disponibles para el estudio del Bronce recien­ te inm ediatamente anterior y de la época arcaica inm ediatam ente posterior, el m aterial con el que se cuenta para hacer una valoración de nuestro perío­ do sigue siendo exiguo. Más concretamente, la m ayoría todavía procede de sepulturas y de sus contenidos y, como veremos en los próximos capítulos, la estimación de temas cruciales como el patrón de asentamiento, la economía agropecuaria, el comercio y la conducta ritual dependen necesariamente y en gran medida de hipótesis y de especulaciones razonadas. Una consecuen­ cia inevitable de la falta de datos ha sido la tendencia a inferir conclusiones importantes y trascendentes de la poca evidencia existente (cf. el uso que se ha hecho del inform e original sobre los huesos animales de Nichoria [Sloan y Duncan, 1978] en distintas publicaciones). En más de una ocasión esa ten­ dencia ha llevado a dar a la evidencia más valor del que merece o del que realm ente contiene. También se han utilizado m ateriales escritos de re le ­ vancia o valor cuestionables para descartar el grueso de los datos arqueoló­ gicos, siguiendo la tradición de respeto por los documentos escritos típica no sólo de los historiadores de la antigüedad, sino tam bién de muchos arqueó­ logos actuales. Pero este tipo de m aterial merece ser analizado con el rigor con el que Hall (1997) aborda los mitos de los orígenes de distintos pueblos. No habría que otorgarle un valor literal, ni mucho menos tratarlo como si fuera un corpus de información coherente.

El estudio del período presenta otras dificultades. Como ha comentado con razón Papadopoulos, «como esta “Edad Oscura” no pertenece claram en­ te [...] al campo intelectual del prehistoriador ni tampoco al de los arqueó­ logos clásicos, fluctúa incómodamente en medio de ambos» (1994: 438). La propia expresión de «Edad Oscura» traduce un problema conceptual básico. En sus prospecciones de la década de 1970, Snodgrass y Desborough defen­ dieron con firm eza la idoneidad del calificativo de «oscura», pero luego Snodgrass lo abandonaría (1987) (véase Snodgrass [1971], 2000: XXIV). Su potencial para crear malentendidos es cada día más palpable, porque según el sentir general denota un período del que se sabe muy poco y que respon­ de perfectam ente a la descripción de Tandy:

En la Grecia continental y en las islas de Egeo, la condición humana y el número de personas que la vivían no habían cambiado mucho en varios cientos de años

cuando, a finales del siglo IX, la población empezó repentinamente a crecer

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D urante la Edad Oscura, los griegos tuvieron pocos contactos arqueológicamente

tangibles con el mundo exterior en lo esencial, los griegos de la Edad Oscura

parecen haberse replegado sobre sí mismos y despertado muy poco interés (Tandy, 1997: 59).

Estos comentarios representan una versión muy enfática de un punto de vista seguramente muy extendido todavía, pero que, en mi opinión, hoy ya no se puede sostener. Aunque su enfoque básico plantea dificultades, creo que el comentario de Papadopoulos «En la Grecia del Hierro antiguo pasa­ ban demasiadas cosas para merecer el térm ino de “edad oscura”» (1996a: 254-255, cf. 1993: 194-197) se aproxima más a la verdad. Sería muy deseable que el período tuviera un nombre menos cargado de connotaciones peyora­ tivas.

La alternativa obvia es Edad del Hierro antiguo, más breve y sintético que el de «período de transición del Bronce al Hierro, que es más preciso pero tam bién más incómodo; «Hierro antiguo» es más inform ativo para los estudiosos de la prehistoria europea y, en opinión de Snodgrass, refleja uno de los rasgos más importantes del período ([1971], 2000: XXIV). Pero tam ­ bién puede llevar a confusión, ya que durante al menos la prim era cuarta parte del período los ítems de hierro son muy escasos en el Egeo, y las fechas del inicio de la manufactura local siguen siendo dudodas (véase el capítulo 5). He creído preferible lim itar este térm ino (Edad del Hierro antiguo, a partir de ahora EHA) al período más breve entre ca. 1050 y ca. 700, y aplicar el té r­ mino Pospalacial a las fases finales de la Edad del Bronce, como hace Dic­ kinson (1994a). De este modo el cambio de térm inos coincide con un cam­ bio convencional entre el sistema de nom enclatura cerámica micénico* y el sistema protogeométrico-geométrico (véase la fig. 1.1), aunque ni uno ni otro son de aplicación universal en el Egeo ni se puede trazar entre ambos una clara línea divisoria, porque la cerámica evoluciona de modo y a un ritm o distintos en las diferentes regiones (véase el capítulo 1). Este recurso a dos térm inos puede parecer una complicación innecesaria, pero traduce m ejor los procesos evolutivos reales. No obstante, en ocasiones resulta inevitable re ­ currir a la expresión de «Edad Oscura», debido fundam entalm ente a su im ­ portancia en muchos estudios anteriores.

Con todo, el déficit de conocimiento ha tenido un efecto benéfico: ha pro­ piciado la elaboración de hipótesis generales de desarrollo que han contri­ buido a dejar atrás la imagen de «edad oscura» contenida en las frases de Tandy antes citadas. Hasta hace poco, los intentos de explicar lo que pasaba y de im aginar el funcionamiento de la sociedad en aquel período tenían

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cierto sabor a rancio, influidos, conscientemente o no, por ideas muy conso­ lidadas pero crecientemente cuestionadas (incluida la de una economía ple­ nam ente redistributiva, basada en últim a instancia en Polanyi, y que im ­ pregna el libro de Tandy, 1997). Pero en los últimos años el interés por la economía ha disminuido a la par que ha aumentado el interés por utilizar el m aterial arqueológico para tratar de entender m ejor la evolución social, du­ rante y después del período (por ej. Morris Ï., 1987, 1997 y 1999: caps. 3 y 6; Morgan, 1990; W hitley, 1991a y 2001: cap. 5; de Polignac, 1995). Estos auto­ res han suscitado muchas críticas, pero han fomentado una reconsideración general de los problemas que plantea el período. Sin embargo, conviene re ­ cordar que varios de ellos tienen tendencia a tratar la «Edad Oscura» como un comienzo completamente nuevo, y a postular la prevalencia de formas de organización social y de intercambio directamente análogas a las que descri­ ben los antropólogos modernos que estudian regiones donde, a diferencia de la EHA. egea, nunca habían conocido, que sepamos, formas de organización m uy sofisticadas. Este tipo de analogías son útiles para estim ular el pensa­ miento, pero no se puede ignorar que el antecedente del Hierro antiguo es la Edad del Bronce. Cada día tenemos más claro que la sociedad del Egeo no tuvo que empezar de cero. Se observan importantes continuidades, y es alta­ mente improbable que el Egeo estuviera alguna vez totalm ente aislado y sin contactos con el mundo exterior, porque esos contactos son una característi­ ca esencial del Bronce reciente.

Debido a su extensión lim itada, este libro sólo aspira a ofrecer la pro­ puesta de un enfoque nuevo y coherente. Pero aunque he optado por alejar­ me del ejemplo de mis predecesores y abandonar el térm ino Edad Oscura, creo, como ellos (y contra Papadopoulos, 1993: 194-197, 1996a: 254, y el tono general de Muhly, 1999), que muchos rasgos considerados característicos de este período son efectivam ente genuinos e importantes. No pretendo dar idéntica cobertura a todas las fases del período ca. 1200-700. Lo que suele co­

nocerse como el período Geométrico, equivalente a los siglos IX y VIII, se si­

túa al filo de la historia griega. Ahora se conoce mucho m aterial arqueológi­

co relevante para el siglo VIII, y se ha analizado y estudiado tanto que darle

un espacio proporcional a la cantidad de ese m aterial desequilibraría com­ pletam ente el libro. Mi intención es centrarm e básicamente en el hundi­ miento de las sociedades palaciales del Bronce, con una am plia considera­ ción en el capítulo 2, y en el período que perm anece «oscuro» a tenor de nuestros conocimientos actuales y que coincide, grosso modo, con los si­

glos XII, XI y X.

Pretendo concentrarme, pues, en el período estudiado por Desborough (1964, 1972), pero, como indica el subtítulo del presente libro, me interesan muy especialmente las cuestiones relativas a la continuidad entre el Bronce

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y el mundo griego que emerge en el siglo Y i n , y el análisis de los procesos de cambio que hicieron posible aquel tan diferente, en muchos aspectos im por­ tantes, del mundo de los palacios micénicos. También trataré de m ostrar que, si bien hubo indudables continuidades desde la Edad del Bronce, tam ­ bién hubo importantes trastornos, de los que Grecia tardaría mucho tiempo en recuperarse, y que el período de recuperación se caracterizó por una serie de opciones positivas que cimentaron muchos de los fundamentos de la cul­ tura «clásica» griega.

Los horizontes geográficos serán algo más amplios que los de Dickinson (1994a). Aunque las civilizaciones del Bronce siguieron focalizadas en las is­ las del sur del Egeo y en el sur de la Grecia continental durante casi toda su historia, el presente estudio también se ocupa de la costa occidental de A na­ tolia, las islas del norte del Egeo y una parte del norte de Grecia, ya que for­ maron parte, o se relacionaron más estrechamente, con el mundo griego en desarrollo. Pero no me ocuparé especialmente de Chipre porque, si bien al fin al del período ya era una isla de habla griega (al menos en el nivel de la élite) y tenía muchos vínculos culturales con el Egeo, histórica y cultural­ mente pertenece sobre todo a Próximo Oriente. Sin embargo haré frecuen­ tes referencias a Chipre, porque sus vínculos con el Egeo fueron importantes para su propia evolución.

Bi b l i o g r a f í a

Los estudios más extensos sobre el concepto de Edad Oscura en la antigua Grecia y en el pensamiento moderno son Snodgrass (1971: cap. 1; sus ideas se actualizan en Snodgrass, 1987, cap. 6, y sus últimos puntos de vista se en­ cuentran en la nueva introducción a la reedición de 2000 de su libro) y Mo­ rris (1999: cap. 3). Para un resumen muy sucinto véase W h itley (1991a: 5-8 y 2 0 0 1:5 5 -5 7 ).

Para una relación detallada de hallazgos en determinados yacimientos, Desborough (1.964, 1972), Snodgrass (19 7 1) y Coldstream (1977) siguen siendo de gran valor hasta la fecha de su publicación; incluyen tam bién dic­ cionarios geográficos de los yacimientos y ofrecen más ilustraciones de las que este libro puede ofrecer (véase asimismo Lemos, 2002 sobre el Protogeo­ métrico). Para más inform ación se invita al lector a consultar estas y otras fuentes citadas en las bibliografías que se detallan en cada capítulo (véase Morris, I., 1997 y W hitley, 2001: cap. 5, para un resumen muy ú til con refe­ rencias recientes).

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1. T

e r m in o l o g ía

y

c r o n o l o g ía

*

Co n v e n c ió n d e u n a t e r m i n o l o g í a

Los lím ites del período tratado en este libro abarcan medio milenio, del si­

glo XII al siglo VIII (aquí no abordaremos la propuesta de P. James et ai., Cen­

turies o f Darkness [Jonathan Cape, Londres, 1991.; trad, cast.: Siglos de oscu­ ridad, Crítica, 1993] de reducir este período a un siglo como máximo, dado el rechazo unánime que ha suscitado; véase Dickinson, 1994a: 17 sobre refe­ rencias, y Snodgrass [1971], 2000: XXVI). Este largo período no se puede tratar como una unidad aunque sólo sea por su situación entre unos períodos para los que se ha podido establecer una cierta cronología histórica. Como se

apunta en el prólogo, cada vez es más frecuente separar el siglo VIII del resto

por tratarse de un período situado en el um bral de la auténtica historia grie­ ga. Pero establecer una cronología absoluta fiable que pueda ser aplicada a toda la región egea plantea graves problemas e im posibilita el análisis de todo el período en meros términos de siglos o de fracciones de siglos, y m e­ nos la datación de acontecimientos individuales dentro del período acotado. El período tiene un comienzo razonablemente bien delimitado: la serie de destrucciones que marcaron el final de lo que, siguiendo a Dickinson (1.994a), llamaremos el Tercer Período Palacial (que en Dickinson, 1994a in­

cluye lo que suele denominarse el período Palacial micénico de los siglos XIV

y XIII, tam bién llamado período Heládico reciente IIIA y IIIB)). Aunque

* Para una mayor claridad, en este capítulo no se abrevian los térm inos clasificatorios; en capí­ tulos posteriores se utilizarán las abreviaturas que se enum eran en la p. 16. Como se establece en la introducción, el período que nos ocupa se divide entre el período Pospalacial, equivalente al Heládico recienLe/Minoico IIIC y Subinicénico/Subminoico antiguo, y la Edad del Hierro antiguo, equivalente al Protogeométrico y al Geométrico.

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aquellas destrucciones no se identifican en todos los yacimientos egeos más relevantes, no hay duda de que reflejan una serie de eventos de cierta m ag­ nitud que representan efectivamente el colapso de las sociedades palaciales egeas en un lapso de tiempo relativam ente corto (véase más adelante, p. 66). Pero a p artir de ese momento todo es incertidum bre, porque ya no aparecen más «horizontes de destrucción» que nos perm itan establecer posibles se­ cuencias y etapas del Bronce egeo, y aún no estamos seguros de que las des­ trucciones que se han identificado en el período Pospalacial se puedan agru­ par para form ar un mismo o parecido horizonte. Tampoco sabemos si algunas destrucciones se pueden relacionar con el riguroso acontecimiento climático detectado en la evidencia dendrológica hallada en Turquía, que ahora se fecha entre ca. 117 4 y 116 2 (Kuniholm, citado por Μ. H. W iener en BSA 98; 2003: 244) y que suele atribuirse a una erupción del monte Hekla, en íslandia, ocurrida en la prim era m itad del siglo XII (Kuniholm, 1990: 653-654; pero Buckland et a l 1997: 588 cuestiona los efectos climáticos ge­ neralizados de aquella erupción). Tras el período Pospalacial, y a excepción de Creta, prácticamente no se detectan destrucciones de enclaves im portan­

tes hasta el siglo VIII, cuando ya empieza a ser posible asociarlas a un con­

texto histórico (por ej., la destrucción de Asine en la fase cerámica del G eo­ métrico reciente se ha asociado a la tradición de la conquista de Argos, que se fecharía en torno al año 700).

Así pues, el registro arqueológico no presenta rupturas naturales que faci­ liten una subdivisión del período no basada en fases cerámicas, pero es la ú n i­ ca fuente capaz de proporcionar un marco para esa subdivisión. Algunos auto­ res consideran que la «invasión doria», la «migración jonia» y en general los movimientos de población que registran las tradiciones griegas son hechos históricos que se pueden fechar y utilizar como hitos cronológicos de la pri­ mera parte del período. Pero aunque se aceptara que estas tradiciones contie­ nen informaciones genuinas, la base para fecharlas es muy endeble. Como se decía en la Introducción, la datación de estos movimientos migratorios se cal­ culó básicamente tomando como referencia la guerra de Troya, lo que tam ­ poco garantizaba dataciones precisas; los antiguos asignaron a aquella guerra fechas muy variadas, y todos tuvieron que basar sus cálculos en distintas in ­ terpretaciones de las genealogías que vinculaban personajes históricos con héroes famosos. Pero hace tiempo que se reconoce que aquellas genealogías, y en particular la de las familias reales espartanas, son demasiado breves para establecer una posible cronología, dando por supuesto —y es mucho suponer— que la «época de los héroes» tiene su base histórica en el mundo de los pala­ cios micénicos (véase Snodgrass, 1971: 10-13; Desborough, 1972: 323-325).

Pese a todo, Snodgrass ha afirm ado que varias fuentes sugieren que h a­ bría un número sim ilar de generaciones que se rem ontarían a una figura o

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dios ancestral, y si se estiman unos 30 años por generación y se empieza a contar desde el siglo v, cuando se registraron esas genealogías, todas parecen

tener su origen en torno al siglo X, siglo que podría representar un horizon­

te de relevancia histórica y reflejar incluso la fecha de la «migración jonia». Pero sin verificaciones externas no se puede confiar demasiado en estas ge­ nealogías, y menos en sus generaciones «humanas». Como se demuestra en Thomas (1989: cap. 3, y más concretamente pp. 180-186), hay buenas razo­ nes para suponer que estas genealogías «completas» las establecieron los p ri­

meros genealogistas sistemáticos del siglo V a partir de tradiciones fam ilia­

res, y que aquel proceso de creación no estuvo exento de distorsiones y de interpretaciones erróneas, por no mencionar lo que pudo pasar con anterio­ ridad durante el proceso de transmisión del m aterial (cf. Davies, 1984: 90- 91). Sería im prudente creer que esas genealogías, aun interpretadas como descripciones de linajes, constituyen una información inalterada transm iti­ da desde el pasado, de modo que cualquier sistema de datación basado en ellas carecerá de todo crédito.

El m aterial arqueológico ha de ser, pues, la única base para establecer un marco cronológico para el período. Es lo que se ha hecho principalm ente partiendo de las fases cerámicas (cf. W hitley, 1991: 83-86, interesado básica­ m ente en Atenas, y M orris I., 1997, donde se proponen secuencias ligera­ mente diferentes para el centro, oeste y norte de Grecia, y Creta), pero es in ­ negable que los procesos históricos no siempre encajan de un modo preciso con unas fases definidas estilísticamente. Algunos autores proponen una se­ cuencia cronológica que, aunque basada en las fechas estimadas de las fases cerámicas, parte de una percepción más general de los procesos observables, pero esas percepciones pueden cambiar con el descubrimiento de nuevos materiales. Snodgrass, por ejemplo, decía que después del final de la Edad del Bronce hubo un continuo declive que culminó en una fase de «escasez de bronce» que él situaba entre los lím ites máximos de ca. 1025 y 950, y que coincidió con el momento de máximo aislamiento y pobreza. Luego habría seguido una fase de recuperación, con la reanudación de las comunicaciones

a finales del siglo X, y un «renacimiento» final en el siglo VIII (1971: cap. 7;

véase asimismo Snodgrass, 1987: cap. 6). Sin embargo, por atractivo que pu­ diera parecer en su día este modelo evolutivo, hallazgos más recientes lo han puesto en tela de juicio (véase Muhly, 2003: 23). Por ejemplo, las ricas tum ­ bas contenidas en el heroon de Lefkandi se han fechado unánimemente en el Protogeométrico medio, con estrechos vínculos con el Protogeométrico medio ático, y que debería coincidir cronológicamente con el período de m á­ ximo aislamiento y pobreza de Snodgrass (véase ahora Snodgrass [1971], 2000: XXVII-XXIX, donde el autor matiza sustancialmente, o abandona to­ talm ente, muchos de sus antiguos puntos de vista).

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Coldstream tam bién ha abandonado las subdivisiones originales de «ais­ lam iento», «despertar» y «consolidación» que él habla situado en el período ca. 900-770, llamado «el final de las Edades Oscuras», y aceptaba que su pri­ m er punto de vista expresaba sin duda un enfoque atenocéntrico (1977: cap.

1; véase ahora 2003: 371).

La lección que cabe extraer de estos casos es que la evidencia de uno o al­ gunos yacimientos no constituye base suficiente para establecer un patrón im iversal de la evolución histórica de toda la región del Egeo. En la medida en que la historia local de cada región y de cada yacimiento pudo ser m uy distinta durante gran parte del período, no es posible proponer un sistema

general de fases históricas para todo el Egeo hasta el siglo VIII, cuando sí se

puede empezar a hablar de procesos que parecen afectar a una gran parte de Grecia. A falta de algo mejor, habrá que analizar el m aterial en función de las secuencias cerámicas, y de ello hablaremos a continuación.

Cr o n o l o g ía r e l a t iv a

La dificultad de utilizar la cerámica pintada como base prim aria para esta­ blecer una cronología relativa del período es que, con notables excepciones, la cerámica producida durante gran parte del Hierro antiguo en Grecia no presenta ningún rasgo particularm ente distintivo, siendo su repertorio de formas, motivos y estilos decorativos sumamente limitado (véase más ade­ lante, pp. 159-160). La variación en el detalle que se observa entre las dis­ tintas regiones tiene suficiente entidad para poder afirm ar que al principio ningún centro tuvo la capacidad de imponer su primacía estilística fuera de su propio ámbito. Ni siquiera cuando Atenas alcanzó algo parecido a una po­ sición de liderazgo en este campo, sus estilos se siguieron con total fidelidad, por no hablar de posibles casos de resistencia, incluso en las regiones vecinas. En la mayoría de los casos, la simplicidad de los motivos y la form a de u tili­ zarlos hacen difícil detectar con un m ínim o de certeza alguna conexión en­ tre los estilos locales: la presencia de los mismos motivos, dispuestos de m a­ nera similar, podrían atribuirse, con cierto grado de plausibilidad, tanto al legado de un acervo común derivado de los estilos pospalaciales del H eládi­ co reciente IIIC como a la influencia de una región sobre otra. Igualmente, de un repertorio de formas en general lim itado cabe esperar semejanzas en­ tre las de una región y otra.

Tampoco hay que tener en cuenta las deficiencias de la base de datos. Aunque la situación ha mejorado, aún son m uy excepcionales los grandes depósitos estratificados con m aterial de hábitat doméstico ocupacional y casi toda nuestra evidencia procede de contextos funerarios que suelen deparar

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vasos completos. En cambio, en los depósitos de habitación, en su mayoría consistentes en fragm entos cerámicos, no suelen aparecer muchos vasos completos, que además tienden a diferenciarse claram ente de los vasos fu ­ nerarios tanto en las preferencias por determinadas formas como en la cali­ dad de la decoración. De ahí la dificultad de comparar con seguridad unos estilos basados en el m aterial funerario asociado con unos estilos definidos a partir de los depósitos de habitación.

Heládico reciente IIIC . No obstante se pueden identificar suficientes ras­ gos comunes en el m aterial arqueológico del período Pospalacial como para proponer una secuencia muy general de las fases del Heládico reciente IIIC y aplicable a gran parte del Egeo, pero seguimos sin saber muy bien cómo re ­ lacionar exactamente esta secuencia con las fases del Minoico reciente IIIC cretense, bastante peor definidas. Hubo una fase del Heládico reciente IIIC an­ tiguo muy sustancial, marcada por una cerámica competente pero anodina que presenta muchas semejanzas en una amplia zona, a la que se asociarían por lo menos dos niveles de estructuras en Micenas, Tirinto y Lefkandi. Lue­ go siguió una fase media tam bién de larga duración, cuando en varios yaci­ mientos y regiones se produjeron unas cerámicas individuales muy finas in- terconectadas a través de complejas pautas de influencia recíproca. Por último, hubo una fase tardía, al parecer más breve, de declive aparentemen­ te abrupto en la calidad y el repertorio de la cerámica. En los albores de esta secuencia se observa gran homogeneidad en un área m uy amplia, pero tam ­ bién se detectan rasgos locales, y una creciente divergencia de las secuencias locales que, aún conservando elementos fam iliares, hacia el final parecen alejarse más y más, de modo que la inclusión de piezas individuales en la se­ cuencia suele provocar prolongados debates sobre paralelismos.

Submicénico. Muchos autores identifican un estadio Submicénico inm e­ diatamente después del Heládico reciente IIIC, pero el uso de este término ha estado plagado de dificultades. Morgan señalaba (1990: 235) que quienes acuñaron el térm ino pretendían acotar todo aquello que en una región se si­ tuaba entre el Heládico reciente IIIC y el Protogeométrico, sin ninguna con­ notación de estilo, cultura o período cronológico precisos. Aún así, muchas veces se ha utilizado como térm ino cerámico pero, como señalan algunos co­ mentarios a propósito de su utilización (más recientem ente Whitley, 1991a: 81-82; Papadopoulos, 1993: 17 6 -18 1; Morgan, 1999: 254-256; Mountjoy, 1999: 56) atribuyéndole diferentes significados. A veces se ha interpretado como simple variante local de la cerámica áti cocci dental del Heládico re ­ ciente IIIC tardío (la visión original de Desborough), otras veces para refe­ rirse al estilo de los vasos recuperados en sepulturas coetáneas de asenta­ mientos del Heládico reciente IIIC tardío (Rutter, 1978), y a veces asociado al estilo sucesor del heládico reciente IIIC en una im portante zona de la

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G recia continental central (la vision posterior de Desborough, pero véase Mountjoy, 1999: 56-57).

La dificultad a la hora de consensuar una definición se debe en parte a la creciente regionalización de la cerámica del Heládico reciente IIIC, que blo­ queó la expresión de una coherencia estilística entre las distintas regiones de todo cuanto vino después. Pero la razón fundam ental es que el Submicénico no presenta un carácter demasiado específico, pese al empeño de Desbo­ rough y de Mountjoy por definirlo; en palabras de Desborough «ni siquiera la palabra “estilo” es adecuada» (1972: 41). A menudo no se sabe muy bien qué es lo que lo distingue del Heládico reciente IIIC tardío, ni qué tiene realm ente de distintivo para merecer una categoría aparte (Frizell, 1986 u ti­ liza «Micénico final»). Es sintomático que M ountjoy haya optado por recla- siíicar como Heládico reciente IIIC tardío parte del m aterial de Salam ina y del Kerameikós, un m aterial originalm ente utilizado por Furum ark para de­ fin ir el Submicénico (Mic. IIIC:2 según su terminología, 1972: 77-78), y que los niveles 13-23 de Kalapodi, fechados inicialm ente a finales del Heládico reciente IIIC y en el Submicénico, se hayan reasignado ahora al Subm icéni­ co, a la transición al Protogeométrico y al Protogeométrico antiguo (compá­ rese Felsch, 1987: 3, n. 8 con 1996: XVI). Todo esto pone de manifiesto que el m aterial de este oscuro período, que conocemos mucho m ejor gracias a las tumbas que a los depósitos de habitación, se caracteriza más por unas transi­ ciones graduales que por pronunciados cambios de dirección, lo que lleva a distintos estudiosos a interpretar el m aterial de distintas maneras (cf. L e­ mos, 2002: 7-8 sobre el Submicénico, y Catling en NorthCem: 295-296 sobre el Subminoico).

De hecho, los tipos más característicos son los pertenecientes a la fase de­ finida como Submicénico reciente en las necrópolis de Atenas y Lefkandi, donde el lekythos se impone en detrimento de la jarra de estribo, y aparecen formas de origen chipriota (el vaso con form a de pájaro o ánade, el vaso anu­ lar, la botella y el frasco (Desbourough, 1972: 43-44, 54; Lemos, 2002: 79-80, 81-83). El vaso con form a de pájaro tiene una historia larga y compleja, que seguram ente surgió en el Egeo mucho antes y volvió allí desde Chipre en dos formas, una que se encuentra en varias regiones de la Grecia continen­ tal, especialmente en Acaya (o Aquea) y en Skiros, y la otra en Creta y en Cos (Lemos, 1994, 2002: 82-83). También se han hallado ejemplares del frasco y de la botella en las tumbas del Protogeométrico antiguo de Lefkan­ di, en contextos de habitación de Asine y en una tumba de Karphi (Desbo­ rough, 1972: 61) (véase la fig. 7.1 sobre su distribución). Aunque los parale­ los más próximos de estos tipos son del Chipriota reciente IIIB (pero continúan más tarde en Chipre), su presencia en el Egeo no tiene por qué re ­ presentar un vínculo cronológico muy estrecho con esta fase. Algunos

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ejem-piares han aparecido en contextos protogeométricos, m ientras que los pri­ meros vasos en form a de pájaro de las formas más tardías podrían datar del Heládico reciente IIIC/Minoico reciente IIIC (Mountjoy, 1999: 299,441 ha clasificado todos los ejemplares de Acaya y de Palaiokastro, en Arcadia, como Heládico reciente IIIC tardío). Sólo en Atenas y en Lefkandi parece le­ gítimo proponer un estrecho vínculo cronológico, aunque podría darse una solapación más generalizada entre el Submicénico, el Subminoico anterior y el Heládico reciente IIIC aqueo (véase Desborough, 1972: 61-62, 93). Esta fase «Submicénica reciente» se confunde con los inicios del Protogeom étri­ co, aunque los tipos chipriotas prácticamente desaparecen del repertorio ce­ rámico. En realidad el Protogeométrico antiguo ático parece una fase de transición, porque en la misma tumba aparecen tipos que podrían clasificar­ se aparte como submicénicos y protogeométricos.

Las dificultades que conlleva la definición del térm ino Submicénico plantean dudas sobre su utilidad. En el mejor de los casos, identificaría el ú l­ timo estadio, en sí mismo no demasiado importante, del estilo cerámico mi- cénico en algunas regiones centrales de la Grecia continental, que segura­ mente no duró mucho ni representaría una fase central de desarrollo histórico (contra Lemos, 2002: 26, que habla de una duración de dos genera­ ciones, con una tercera coincidente con la transición al Protogeométrico). Parece que algunos tipos micénicos similares aunque diferentes sobrevivie­ ron en algunos lugares, como Kalapodi, ya mencionado, y en la Grecia occi­ dental, sobre todo el m aterial «submicénico» de las tumbas de Elis (Morgan, 1990: 235-237 cree que esta fase es seguramente más tardía que el submicé­ nico ático) y la Edad Oscura I de Nichoria (véase la p. 36). Pero no sabemos si las necrópolis de tumbas de cámara de Acaya y Kefaloniá siguieron en uso

en el siglo XI o hasta el siglo X (véase más recientem ente Morris, L, 1997:

549); según M ountjoy (1999) en ese m aterial no habría nada del Submicéni­ co, pero en Itaca se identificó Submicénico y una transición al Protogeomé­ trico (1999: 475-478). En Creta, los estilos más habituales (puede que la cla­ sificación de Subminoico, tan clara en la región de Knossos, no sea aplicable en general; cf. el análisis de la secuencia de Kavousi en Hallager y Hallager, 1997: 366-369) derivaban claramente de las tradiciones del Minoico recien­ te IIIC, y es evidente que continuaron hasta mucho después de que los esti­ los protogeométricos se afirm aran en las regiones centrales del continente. En otras regiones se observa o una laguna aún no colmada entre el estilo mi- cénico más tardío y el siguiente estilo representado (como en Laconia), o bien una secuencia sin vínculos demasiado evidentes con algo egeo, como en Thasos, Epiro y en gran medida Macedonia, aunque aquí se popularizó du­ rante bastante tiempo un estilo pintado de inspiración micénica.

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