Teología Espiritual. Manual de Iniciación - Pablo Marti Del Moral

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Pablo Marti

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TEOLOGIA

ESPIRITUAL

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TEOLOGÍA ESPIRITUAL Manual de Iniciación

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PABLO MARTI DEL MORAL

TEOLOGÍA ESPIRITUAL

Manual de Iniciación

EDICIONES RIALP, S.

A.

MADRID

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© 2006 by PABW MARTI DEL MORAL

© 2006 by EDICIONES RIALP, S. A., Alcalá, 290, 28027 Madrid

Ilustración cubierta: Anónimo s. XVIII, pintura al fresco. Abanassi (Bulgaria).

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros méto-dos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.

ISBN: 84-321-3588-7 Depósito legal: M-15559-2006

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ÍNDICE

Introducción . . . 11

l. Presentación .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. 11

2. El objetivo: la teología espiritual como estudio teo-lógico de la vida cristiana .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. 12

2.1. El objeto de la teología espiritual ... 13

2.2. Las fuentes ... 13

3. Líneas de fondo y estructura del manual .. ... .... 14

3.1. Hilo conductor .... .... ... ... ... ... 14

3.2. Los cinco capítulos ... 16

Abreviaturas ... 19

Capítulo l. LA VIDA CRISTIANA ES VIDA DE SANTIDAD Y APOSTOLADO . ... .... ... ... .... ... ... .... ... ... .... ... .... 21

Introducción . . . 21

l. La santidad en el Antiguo Testamento ... ... 25

2. La doctrina sobre la santidad en el Nuevo Testa-mento ... 27

3. La noción teológica de la santidad cristiana ... ... 31

3.1. Las dimensiones ontológica y existencial de la santidad cristiana ... ... .... ... ... 32

3.2. El dinamismo de la santidad: don de Dios y libre aceptación de la persona ... ... .... 36

4. La unión entre santidad y apostolado: vocación y misión en la Iglesia .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. 41

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4.1. Unidad de ser y misión en Cristo y en el

cris-tiano ... 43

4.2. Unidad y diversidad en la Iglesia ... 46

4.3. Los laicos y la santificación en medio del mundo... 48

Capítulo 2. LA VIDA ESPIRITUAL COMO VIDA DE HIJO DE DIOS EN EL ESPÍRITU .... ... ... ... 53

Introducción ... ... .... ... ... .... ... ... .... ... ... ... .... ... .. 53

l. El hombre es imagen de Dios .. ... .... ... ... 56

2. La vida espiritual es vida trinitaria: la inhabitación trinitaria . . . 66

3. El cristiano es hijo de Dios ... 71

3.1. La filiación divina en la Sagrada Escritura ... 71

3.2. Teología de la filiación divina ... 75

3.3. Vivir como los hijos de Dios ... 78

Capítulo 3. IDENTIFICARSE CON CRISTO .. .... ... .... .. 87

Introducción . . . 87

l. El cristocentrismo de la vida espiritual .. .. .. .. .. .. .. .. .. . 89

2. El seguimiento y la imitación de Cristo en la Escri-tura... 92

2.1. Seguir a Cristo ... 93

2.2. La imitación de Cristo ... 95

3. Del seguimiento y la imitación a la identificación con Cristo ... .... ... .... ... .... ... .... ... .. 98

4. ¿Cómo se desarrolla la identificación con Cristo? .. . 102

4.1. Trato con Jesucristo ... ... .... ... 103

4.2. Configurarse con la Humanidad de Cristo .. .. 105

Capítulo 4. LA ORACIÓN EN LA VIDA CRISTIANA .... .... .. 117

Introducción . . . 117

l. La oración en la Revelación .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. . 119

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3. Teología de la oración... 125

4. Las formas de la oración ... 129

4.1. Liturgia y oración ... 130

4.2. La oración vocal ... 132

4.3. La meditación ... 133

4.4. La oración contemplativa ... 136

5. Oración y vida: contemplativos en medio del mundo. 140 5.1. La oración requiere un esfuerzo continuado ... 140

5.2. La oración debe ser continua... 142

6. Eucaristía y vida de oración ... .... ... ... ... 145

6.1. La Santa Misa, centro y raíz de la vida cris-tiana... 145

6. 2. Liturgia y vida cristiana: el culto espiritual .. .. 14 7 Capítulo 5. LA VIDA CRISTIANA Y EL MISTERIO DE LA CRUZ ... 151

Introducción . . . 151

l. Un recorrido por la Historia ... 153

2. El fundamento de la ascesis ... 156

3. Finalidad de la ascesis ... 160

4. El contenido de la lucha ascética .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. 162

4.1. La virtud y la vida espiritual .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. 163

4.2. Algunos medios para el crecimiento de la vida espiritual ... 169

4.3. La renuncia y la mortificación... 176

5. La Cruz de Cristo y la cruz del cristiano ... 183

Epílogo . . . 191

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INTRODUCCIÓN

l. Presentación

Nuestra intención es presentar un manual de iniciación teo-lógica sobre la vida cristiana. Estos son los tres componentes que definen el libro: teología, iniciación, vida espiritual.

El carácter teológico decide la primacía en el texto de la

re-flexión intelectual y el uso de conceptos para expresar la ver-dad de la vida cristiana. La verver-dad a la que nos vamos a referir es ardua y está escondida, pero la belleza que guarda es in-comparable. No podemos olvidar que dicha verdad es la más preciosa del ser humano. Si nos extasiamos en la contempla-ción de un niño dormido, del fruto de la fidelidad de un ma-trimonio que se quiere, de la fecundidad del celibato enamo-rado ... ¡cómo será un alma divinizada!, una persona humana que va configurando su personalidad con la de Jesucristo, per-fecto Dios y perper-fecto Hombre. Pues éste es el objeto de nues-tro estudio teológico. La belleza de la vida cristiana nos lle-vará a profundizar en la comprensión de su verdad, para acoger ese bien en nuestro propio ser y transmitirlo a nuestro alrededor. Pero es imprescindible el esfuerzo intelectual por comprender su verdad plena. Por una piedra cualquiera que

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pesara medio kilo nadie pagaría nada, por un diamante o es-meralda de similar calibre se paga un alto precio. La vida cris-tiana es esa piedra preciosa, la perla por la que vale la pena en-tregar la propia vida. Pero para pagar ese precio, cueste lo que cueste, es necesario comprender su valor. Esta será nuestra pretensión.

Además se trata de una reflexión teológica de iniciación. La brevedad de toda iniciación hace que nos limitemos a los puntos esenciales, realizando una síntesis notable. Esto se re-fleja en la estructura del manual. Nos parece poco adecuado dividirlo en las partes que suelen aparecer en otros manuales, por lo que hemos optado por tratar las diferentes temáticas en cinco capítulos. Por otro lado, como la extensión es reducida, nuestra perspectiva es genérica. Es decir, hablaremos de la vida espiritual que surge de la vocación cristiana bautismal, sin ulteriores determinaciones o concreciones. Tendremos en cuenta especialmente las aportaciones del magisterio reciente, así como la enseñanza cristiana de san Josemaría Escrivá, de quien nos reconocemos totalmente deudores en nuestra vida espiritual.

2. El objetivo: la teología espiritual

como estudio teológico de la vida cristiana

El objetivo que nos proponemos es dar una panorámica sin-tética de la teología espiritual. Aunque es algo que quedará claro al final del libro, para centrar nuestra reflexión es opor-tuno responder a la pregunta: ¿qué es la teología espiritual?

Es un hecho que los distintos y variados Manuales de esta disciplina suelen comenzar con unos capítulos introductorios explicando ese sujeto. Como toda disciplina joven, y la teología espiritual lo es porque sólo aparece como asignatura teológica independiente a principios del siglo XX, debe justificar su

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colo-cación en el mundo unitario de la teología, y por tanto precisar su objeto, método y fuentes y sus relaciones con el resto de las disciplinas teológicas y antropológicas. En nuestro caso, vamos a reducir esta exposición metodológica a dos puntos: el objeto y las fuentes de la teología espiritual.

2.1. El objeto de la teologia espiritual

La teología espiritual es el estudio teológico de la vida (espi-ritual) cristiana. La vida cristiana es la vida de cada cristiano. Ahora bien, ¿cómo es esa vida?: vida de comunión con la Trini-dad; y más allá del cómo, ¿qué es esa vida?: la vida en Cristo y de Cristo.

Interesa subrayar que estamos ante un estudio teológico. Una reflexión teológica supone ante todo que buscamos cono-cer en profundidad la realidad que tenemos delante. Por su-puesto que la vida cristiana es vida y sólo se puede conocer a fondo desde la vivencia personal. Pero también es cierto que el esfuerzo especulativo nos lleva a valorar en su justa medida la maravilla de lo cristiano, para desde ahí vivirlo mejor.

2.2. Las fuentes

Toda la teología se nutre de la Sagrada Escritura, tal y como ha sido entendida y vivida en la tradición de la Iglesia. Junto a ello, la teología espiritual como teología de la fe vivida, debe te-ner en cuenta específicamente los maestros de la vida cristiana que son los santos.

En este sentido se podrá comprobar con la lectura del libro, que mucho de lo expuesto se debe a la lectura y amistad con santo Tomás de Aquino y con san Josemaría Escrivá.

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3. Lineas de fondo y estructura del manual

Los tratados sobre la vida espiritual son variados, y no han estado exentos de la evolución que ha experimentado la teolo-gía a lo largo del siglo XX. Algunos autores han realizado una

clasificación de los distintos intentos de exposición unitaria ha-blando de modelos de teología espiritual.

No es fácil una estructuración completa de la materia en po-cas páginas. Entre otras cosas porque la vida cristiana es vida, es decir, unidad y unidad rica y compleja. Por eso, hemos optado por iluminar la vida espiritual desde cinco focos de luz (los cinco capítulos) que permiten comprender con profundidad el misterio cristiano. Para ello nos servimos de nociones funda-mentales de la teología espiritual que aparecen en todos los tra-tados: la santidad, la vida trinitaria en el Espíritu, la identifica-ción con Cristo, la oraidentifica-ción, el misterio de la Cruz.

3.1. Hilo conductor

La corriente que fluye a lo largo de todo el libro se puede ca-tegorizar como autenticidad, coherencia o unidad de vida cris-tiana. Esta unidad de la vida del cristiano se fundamenta en el misterio de la unidad de Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. El cristiano es la persona humana renacida/ recreada por el bautismo como hijo de Dios. La vida cristiana es por tanto el ser hijo de Dios y el vivir como hijo de Dios. La vida cristiana es la vida del cristiano y la vida de Cristo. El cristiano, discípulo de Cristo, es realmente otro Cristo, el mismo Cristo. Pero, ¿qué implica - a grandes rasgos- esta unidad o unión de la vida del cristiano como vida de Cristo?

De un lado, que toda la vida del cristiano es vida de hijo de Dios. La vida espiritual cristiana abarca todos los ámbitos de la vida. En primer lugar, lógicamente, las relaciones «directas»

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con Dios: el culto, la oración, etc. Pero no se limita a dichas re-laciones, sino que engloba todas las demás: las relaciones con el resto de las personas y con el mundo creado. Es vida espiritual, es vivir como hijo de Dios el amor al cónyuge, a los padres, hi-jos o hermanos, la amistad, las relaciones sociales y profesiona-les, toda relación humana aunque sea más o menos esporádica. Es vida espiritual, vida de hijo de Dios, todo lo que supone re-lación con las cosas propias de mi trabajo, de la vida de cada día, de la diversión o del descanso, etc. Todas y cada una de esas relaciones, en distinta medida, pero todas en conjunto de-ben integrarse en la unidad de mi ser y vivir como hijo de Dios. Desde que Cristo se ha encarnado asumiendo la naturaleza hu-mana y viviendo como Hombre perfecto ninguna actividad humana es solo humana, sino que todo es divino.

De otro lado, esa unidad implica que toda la vida cristiana tiene una dimensión apostólica. El ser lleva e implica la misión: ser cristiano implica llevar a Cristo al mundo. Y el cristiano lleva a Cristo al mundo con su propia vida, siendo Cristo que pasa en cada uno de los ambientes donde desarrolla su vida: fa-milia, amigos, trabajo, etc. La misión apostólica se realiza cuando yo/ mi vida es más cristiana, más de Cristo, porque llevo a los que me rodean hacia Jesucristo a partir de mi santidad personal. Como «no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor», tampoco es posible en el cristiano. Toda la vida de Cristo es salvífica y lleva a Dios porque es el Hijo de Dios Redentor; toda la vida del cristiano -unido a Cristo- es salvífica y lleva a Dios. «El Verbo se hizo carne y vino a la tierra ut omnes homines salvi fiant, para salvar a todos los hombres. Con nuestras miserias y limitaciones personales, somos otros Cristos, el mismo Cristo, llamados también a servir a todos los hombres»1•

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A partir de estas dos claves, comprendemos un poco más en profundidad que toda la vida de Cristo tiene un valor redentor: su nacimiento, su vida de infancia, su trabajo, su oración, su trato con las personas, ¡tantas personas que aparecen en los evangelios!, su predicación, su Cruz y su Resurrección. Y, sobre todo, que en la vida cristiana la oración es trabajo y es aposto-lado2; el trabajo es oración y apostolado; el apostolado es tra-bajo y oración. La vida espiritual cristiana es la unidad real de oración, trabajo y apostolado, en proceso de crecimiento y per-feccionamiento en el caminar de cada jornada.

3.2. Los cinco capitulos

Empezamos el estudio de la vida cristiana considerando la vida espiritual como vida en la Iglesia (Capítulo 1). Es el punto de partida, porque sólo en la Iglesia encontramos la puerta para la vida de comunión con Dios. La vida con Dios es Santidad. Y santidad fruto del don de Dios y de la respuesta libre del ser humano. Pero la vida en la Iglesia es también mi-sión o apostolado. Nuestra vida en la tierra, la llamada de Dios a la existencia (nacimiento) y existencia cristiana (bautismo), supone una misión. Transformar nuestra vida en vida santa que lleva a Dios todo lo que toca, las personas y las cosas que nos rodean.

A continuación, debemos considerar que la vida espiritual es vida con la Trinidad (Capítulo 2). La vida cristiana es vida tri-nitaria: Dios vive en nosotros y nosotros vivimos en Dios. Pero la persona no se disuelve en Dios, sino que conserva su

identi-2 En esta frase entendemos cada uno de esos términos en sentido amplio.

Oración como comunicación con Dios; trabajo como actividad humana que transforma el mundo creado en servicio de los hombres y da gloria a Dios; apostolado como testimonio de Cristo que lleva a Dios Padre.

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dad, es más, la potencia de manera insospechada. Por eso el santo es la persona humana más perfecta.

Ningún aspecto de la vida humana queda fuera de la rela-ción con Dios. La vida teologal, conocer y amar como Dios, por la fe, la esperanza y la caridad, ilumina y guía todos los ava-tares de nuestra vida: las alegrías y las penas, el trabajo, la diver-sión, etc. La gracia asume toda la naturaleza, todo lo humano, y lo eleva hasta una plenitud maravillosa. La vida cristiana con-lleva la calidad de vida suprema.

La vida cristiana es mirar a Cristo, vivir de Cristo y en Cristo, ser Cristo (Capítulo 3). Pensar el significado de la fórmula el

cristiano es otro Cristo, el mismo Cristo es quizá el culmen de nuestra reflexión y por eso el capítulo central. El seguimiento e imitación de Cristo es una realidad mística. La vida en la Iglesia y la vida según el Espíritu van configurando la vida cristiana con la vida de Cristo, principalmente a través de los sacramentos, de manera muy especial por la Eucaristía. La participación en el Cuerpo y Sangre de Cristo va conformando su ser en nosotros, de manera que nos vemos capacitados para actuar como Él ac-túa, para tener sus sentimientos, para vivir su vida. La entrega de la propia vida por amor a Dios Padre y a todos los hombres; su humildad, su pobreza, su obedecer a la voluntad de Dios, su trabajo, su hablar del Padre, su oración, su Cruz.

Desde el principio hemos ido viendo que la vida cristiana es la conjunción del don de Dios que busca al hombre y la res-puesta libre del hombre que ama a Dios. De todas formas, mientras en los tres capítulos primeros predomina el análisis del don que Dios hace al ser humano, en los dos capítulos últi-mos predomina el estudio de la respuesta de la libertad hu-mana, su esfuerzo por hablar con Dios y ordenar toda su exis-tencia al querer divino, luchando contra el pecado en su vida y en el mundo.

La vida cristiana es vida de fe, de sabernos siempre en la pre-sencia de Dios, de ver todas las cosas que nos suceden como las

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ve Dios. La vida cristiana es vida de oración (Capítulo 4), de hablar con Dios para conocerle y amarle.

En este sentido, el centro y la raíz de la vida espiritual es la santa Misa. La Misa es la oración por excelencia: mi oración, junto con toda la Iglesia, con Cristo y en el Espíritu Santo ha-cia el Padre. Un único clamor a lo largo de toda la historia de la humanidad. Ahí puedo y debo meter toda mi vida con la de Cristo, para glorificar a Dios, darle gracias, pedirle perdón e in-terceder por todos.

Así llegamos al final. La esperanza es lo último que se pierde, pero también es lo primero que nos impulsa a actuar con pron-titud y decisión. La vida cristiana es vida de esperanza, una es-peranza que lleva a luchar con alegría -porque sabemos que la victoria es de Cristo- y a luchar esforzadamente frente al mal y el pecado en el mundo y en mí. En nuestra vida está muy pre-sente la lucha y el sufrimiento (Capítulo 5). Debemos batallar para ordenar el mundo hacia Dios, empezando por nosotros mismos. Por ello la vida espiritual se construye con el ejercicio de las virtudes y con la práctica del sacrificio, cuando son fruto y manifestación de la caridad o amor divino a Dios y a los hom-bres. La Cruz de Jesucristo -máxima revelación del amor de Dios-, y el cristiano -si asocia su cruz a la de Cristo-, trans-forman todas las realidades humanas.

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ABREVIATURAS

Magisterio AA GS LG PO

se

ChL DM EE NMI RVM

vs

CCE

Concilio Vaticano 11, Decreto Apostolicam Actuo-sitatem.

Concilio Vaticano 11, Constitución Gaudium et Spes. Concilio Vaticano 11, Constitución Lumen Gentium. Concilio Vaticano 11, Decreto Presbyterorum ordinis. Concilio Vaticano 11, Constitución Sacrosanctum

Concilium.

Juan Pablo 11, Exhortación apostólica Christifideles laici.

Juan Pablo 11, Encíclica Dives in Misericordia. Juan Pablo 11, Encíclica Ecclesia de Eucharistia. Juan Pablo 11, Carta apostólica Novo millennio

ineunte.

Juan Pablo 11, Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae.

Juan Pablo 11, Encíclica Veritatis splendor. Catecismo de la Iglesia Católica

Padres y Escritores de la Iglesia

Adv. Haer. S. lreneo, Adversus Haereses.

In IV Sent. Santo Tomás de Aquino, In IV Sententiarum. In Lev. Hom Orígenes, In Levítico Homiliae.

PG Patrología Griega (Migne). PL Patrología Latina (Migne). SCh Sources Chrétiennes.

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Capítulo 1

LA VIDA CRISTIANA ES VIDA

DE SANTIDAD Y APOSTOLADO

Introducción

Comenzar un estudio sobre la vida espiritual hablando de santidad puede parecer como construir la casa por el tejado. Sin embargo, no es así y muchas razones motivan nuestra elec-ción. La primera, y no menos importante, es que la santidad es un hecho. Podemos hacer un estudio teológico sobre la santi-dad porque nos encontramos con un fenómeno real: a lo largo de todas las vicisitudes de la historia de la Iglesia, también hoy, existen personas santas.

De todas formas, el estudio sobre la santidad no está en de-pendencia sólo de que haya personas santas de hecho, sino de algo más radical: la santidad de Dios comunicada a Cristo, del que a su vez depende la santidad de los santos. El núcleo de la fe cristiana no es un conjunto de verdades sino una persona, Jesucristo, que nos habla con sus obras y palabras del Amor de Dios Padre por la humanidad3 • Con la Revelación, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Dios no se limita a manifestarnos cómo es, sino que además y sobre todo nos co-munica su Vida. Todas las páginas de la Escritura, muy

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cialmente las que nos hablan de la vida en la tierra del Hijo de Dios, muestran la condescendencia de Dios que busca al hom-bre para hacerle partícipe de su conocimiento y de su amor di-vinos. «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios»4 • Para hablar de vida espiritual es bueno comenzar por el estudio de la santidad, puesto que toda la vida cristiana con-siste en participar de la vida santa de Dios, que se nos comu-nica en Cristo, por medio de la Iglesia, a través del Espíritu Santo por querer de Dios Padre. Ese es el ámbito que hace po-sible y en el que se desarrolla la vida espiritual. Dios que se re-vela al hombre y le comunica su vida, y el hombre que -in-merso en la historia- acoge ese don y corresponde, lo que se manifiesta en amor a Dios y a los demás, en santidad y en apostolado.

Se trata además de un tema muy actual tanto en la teolo-gía como en la vida de la Iglesia. Unas palabras de san Jase-maría Escrivá, fundador del Opus Dei, en una entrevista concedida en 1968, año bastante representativo en la historia de la Iglesia y la humanidad del siglo XX, nos sitúan muy bien en la problemática. Con ocasión de una pregunta sobre el proceso moderno de evolución del papel del fiel laico en la Iglesia y en el mundo explica una serie de ideas que concuer-dan perfectamente con el trasfondo teológico de los temas que trataremos en este capítulo y que están en la base de la renovación de la comprensión teológica y vital del misterio cristiano, del misterio de la Iglesia y de su misión. «He pensado siempre que la característica fundamental del proceso de evo-lución dellaicado es la toma de conciencia de la dignidad de la vocación cristiana. La llamada de Dios, el carácter bautis-mal y la gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encar-nar plenamente la fe. Cada cristiano debe ser alter Christus, ipse Christus [otro Cristo, el mismo Cristo], presente entre los

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hombres»5• De esta manera, subraya la importancia de ese com-prender a fondo la dignidad de la vocación cristiana: poder y de-ber ser santo, seguir e identificarse con Cristo. Ahí radica gran parte de la evolución teológica y vital que ha experimentado la Iglesia en el presente, porque en esa nueva toma de conciencia de lo cristiano y del misterio de la Iglesia está el núcleo principal del Concilio Vaticano 11, con su preparación, su realización y su posterior influjo, en el que estamos metidos de lleno. Este enfo-que del misterio cristiano trae consigo una visión más honda de la Iglesia, como comunidad formada por todos los fieles, solida-rios de una misma misión, que cada uno debe realizar según sus personales circunstancias. Esta comprensión más profunda de la Iglesia es la propia del Concilio, la Iglesia como sacramento uni-versal de salvación en cuanto comunión de los hombres con la Trinidad que es Santa y debe santificar. De ahí que todos los fie-les participen en la única misión de la Igfie-lesia, cada uno según sus circunstancias propias, carismas y ministerios, porque la condición cristiana es apostólica por su propia naturaleza.

Con el paso de los años, la proclamación de la «universal lla-mada a la santidad en la Iglesia» del capítulo 5 de la Lumen

Gentium se considera uno de los puntos más relevantes del

Va-ticano 11 para la comprensión del misterio de la Iglesia y del cristiano. Así se ha puesto de manifiesto en distintas ocasiones. El Sínodo de los Obispos de 1985, conmemorativo de los veinte años del Concilio, menciona entre sus realizaciones más importantes, la proclamación de la llamada universal a la santi-dad. «Precisamente en este tiempo, en el que muchísimos hom-bres experimentan un vacío interno y una crisis espiritual», es necesario que la Iglesia vaya al centro de su ser, convoque a la santidad y pida a Dios «Con asiduidad» que promueva santos, hombres y mujeres, que testificando ante el mundo la vida

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vina, manifiesten a la humanidad entera la fuente de donde de-riva su dignidad y su valor'.

Más recientemente, Juan Pablo 11 en la carta apostólica Novo millennio ineunte, afirma que conviene «descubrir en todo su va-lor programático el capítulo 5 de la Constitución dogmática Lu-men Gentium sobre la Iglesia, dedicado a la «vocación universal a la santidad». Si los Padres conciliares concedieron tanto relieve a esta temática no fue para dar una especie de toque espiritual a la eclesiología, sino más bien para poner de relieve una dinámica intrínseca y determinante. Descubrir a la Iglesia como «miste-rio», es decir, como pueblo «Congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (S. Cipriano, De Orat. Dom. 23: PL 4, 553; cfr. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 4), llevaba a des-cubrir también su «santidad», entendida en su sentido funda-mental de pertenecer a Aquél que por excelencia es el Santo, el «tres veces Santo» (cfr. Is 6,3). Confesar a la Iglesia como santa significa mostrar su rostro de Esposa de Cristo, por la cual él se entregó, precisamente para santificarla (cfr. Ef 5, 25-26). Este don de santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado. Pero el don se plasma a su vez en un compromiso que ha de diri-gir toda la vida cristiana: «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4, 3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: «Todos los cristianos, de cualquier clase o con-dición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la per-fección del amor» (Lumen gentium, n. 40)»7•

Consecuentemente, y de manera muy audaz, el Papa no sólo evoca esta llamada universal a la santidad, sino que la presenta como fundamento de la misión que nos atañe al inicio del nuevo milenio, subrayando que tomar esa decisión es una opción llena

6 Cfr. Segunda Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los

Obis-pos, Roma 24-XI a 8-XII-1985, Relación final, II, A, 1-5; versión castellana en Ecclesia, 45 (1985), pp. 1556-1557.

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de consecuencias. «Significa expresar la convicción de que, si el bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Pre-guntar a un catecúmeno, «¿quieres recibir el Bautismo?», signi-fica al mismo tiempo preguntarle, «¿quieres ser santo?» Signisigni-fica ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48)»8•

En definitiva, el concepto «santidad» indica una realidad cen-tral del misterio cristiano, pero compleja. Ante una actuación ejemplar sin duda exclamaríamos: esa persona es muy santa. Otras veces no es un acto concreto, sino todo el tenor de vida de alguien el que lleva a la misma afirmación: realmente es santo. Por su parte, la Iglesia declara que algunas personas -ya falleci-das- son santas. Y sabemos que son santos de verdad los biena-venturados del cielo, también los ángeles, y sobre todo la Virgen María. De todas formas, «Santo, santo, santo es el Señor» como dice la liturgia. La santidad es el atributo majestuoso y exclusivo de Dios: de Dios Padre, de Jesucristo y del Espíritu que precisa-mente se dice Santo. Así pues, ¿a qué nos estamos refiriendo cuando hablamos de santidad?, ¿cómo definir quién es santo? o ¿qué es la santidad? La breve descripción tipológica antes rese-ñada nos invita a profundizar en la noción de santidad, a partir de la Sagrada Escritura y del razonamiento teológico.

l. La santidad en el Antiguo Testamento

La voz «santidad» pertenece al lenguaje cristiano desde sus orígenes, ya que proviene de la Sagrada Escritura. La palabra hebrea qadosh -antecedente de sanctus y santo--proviene de

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la raíz

qds

que significa separar, cortar, dividir e indica lo sepa-rado, lo distinto. La noción bíblica es mucho más rica, puesto que esta palabra se aplica a Dios; «el Santo», significa que Yahvé es el diverso, el separado, el totalmente otro respecto de lo ca-duco y limitado del hombre. Se utiliza para mostrar su absoluta trascendencia, alejado de todo pecado y de toda imperfección, como afirma el primero de los libros de Samuel: «no hay Santo como Yahvé» (lSam 2, 2); y aún más netamente en la profecía de Oseas: «Yo soy Dios, no un hombre; soy el Santo en medio de ti (Israel)» (Os 11,9). Pero también como una cualidad di-námica y llena de contenido, que remite a la plenitud de vida y perfección propia de Dios, a su poder y bondad. En la Escri-tura «el Santo» no expresa una característica más de Dios, sino su esencia, el hecho de que Dios es Dios y no una criatura.

Además Dios, sin menoscabo de su trascendencia absoluta, comunica a sus criaturas esa plenitud de vida y perfección. Se observa en la Escritura un proceso de comunicación de la santi-dad divina, que opera en varias direcciones, de las que dejan constancia los diversos libros del Antiguo Testamento. En la li-teratura sacerdotal la santidad se considera manifestada en el culto. El término «santo» pasa así, de estar referido exclusiva-mente a Dios a quien el culto se dirige, a aplicarse a las cosas consagradas o dedicadas a Dios: el lugar en donde Yahvé se hace presente (Ex 3,5), de modo muy particular el Templo (Sal5,8); el sábado (Ex 35,2) y los días especialmente dedicados a Yahvé (Ne 8,11); los sacerdotes (Ex 19,6; Lv 11,44; 20,26; 21, 6-8). Los escritos proféticos subrayan los aspectos morales de la san-tidad-separación, con una perspectiva salvífica. La trascenden-cia de Dios hace que no pueda tolerar frente a sí ninguna im-pureza. Así la santidad de Dios revela al hombre su pecado, pero al mismo tiempo le libra de él. Dios juzga el pecado y amenaza al pecador con su destrucción: «la luz de Israel será fuego, y su Santo llama que se inflamará y devorará sus espinos y sus cardos en un solo día» (Is 10, 17). En la segunda parte de

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lsaías, el Santo de Israel es presentado como el salvador, que conducirá a su pueblo hasta la liberación (Is 43, 14-15; 45, 11-13). Y en Ezequiel se manifiesta en el amor: «¿acaso me agrada la muerte del impío, oráculo del Señor Dios, y no más bien que se convierta de sus caminos y viva?» (Ez 18, 23).

Como trasfondo de esas acentuaciones se encuentra una rea-lidad básica: el pueblo de Israel es un pueblo santo, porque ha sido elegido por Dios y separado de los demás pueblos para participar de los bienes divinos y vivir según la ley de Dios. De ahí la afirmación solemne del Exodo: «Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,6; cfr. Ex 22,31; Dt 7,6; Jr 2,3, etc.).

2. La doctrina sobre la santidad en el Nuevo Testamento La comunidad apostólica asimiló las doctrinas y el vocabu-lario del AT. A la vez, el paso de la santidad de Dios como ex-presión de su trascendencia y perfección absolutas a la comuni-cación de esa santidad al pueblo en cuanto perteneciente a Dios, llega a su culmen en el Nuevo Testamento.

La comunicación de la vida y la santidad divinas alcanza su punto máximo en Jesús. Sólo Dios es «el Santo», sin embargo también Jesucristo recibe este atributo. La santidad de Cristo está íntimamente ligada a su Filiación divina y a la presencia del Espíritu en Él, como anuncia el ángel a María: concebido por el Espíritu Santo, «el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios» (Le 1, 35). Jesús, «lleno del Espíritu Santo» (Le 4, 1), manifiesta su santidad por sus obras y sus palabras. Él es cier-tamente «el santo» por excelencia (Hch 3, 14; ver también Le 4,34; Jn 6,69), que lleva la fidelidad al querer de su Padre Dios hasta la entrega suprema de la propia vida (cfr. Hch 4, 27-30), por lo cual ha sido exaltado (Flp 2,9), está sentado a la diestra de Dios y puede ser llamado «el santo» al igual que Dios

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(Ap 3,7; 6,10). La santidad de Jesucristo es de un orden muy distinto a la de los santos personajes del AT, totalmente rela-tiva; es idéntica a la de Dios, su Padre Santo (Jn 17,11). Esta santidad es la que nos comunica el que se santificó, el que se entregó por entero al querer santo del Padre, para que los suyos fueran santificados: «yo me santifico, para que también ellos sean santificados» (Jn 17, 19).

El sacrificio de Cristo, a diferencia del culto del Antiguo Tes-tamento que sólo purificaba de forma limitada, santifica a los creyentes «en verdad» (J n 17, 19), comunicándoles la santidad. Los cristianos son «santos en Cristo» (ICor 1,2; Flp 1,1), por la presencia del Espíritu Santo en ellos; por el bautismo y por la fe participan de la vida de Cristo resucitado.

Presupuesto ese contexto no resulta sorprendente que en el Nuevo Testamento los cristianos, conscientes de su incorpora-ción a Cristo en el bautismo, se reconozcan a sí mismos como «los santos». En un primer momento la expresión parece reser-vada a la Iglesia de Jerusalén, y más especialmente al grupo de los Doce y a los otros discípulos que habían convivido con Je-sús (cfr. Hch 9,13; Rm 16,31; 15,25; 1 Co 16,1; 2 Co 8,4; 9,

1-12). Sin embargo, no tardó en ser aplicada a todos los demás fieles hasta constituir casi una definición del cristiano, como encontramos en los encabezamientos y finales de las epístolas paulinas (cfr. 2 Co 1,1; Rm 16,2).

El significado primero de este modo de hablar es claro: los primeros cristianos se proclaman y presentan como el verda-dero Israel, como los hereverda-deros de la promesa, como los llama-dos por la elección divina (cfr. 1 Pe 2, 9-10). La profunda no-vedad que supone Cristo, como consumador de la revelación y fuente de la vida divina, influye en la palabra, dándole un con-tenido cada vez más profundo. Jesucristo, el ungido, el Santo de Dios, comunica su santidad a la Iglesia: los cristianos son los santificados en Cristo Jesús (1 Co 1,2). La comunidad cris-tiana es santa en dependencia de la capitalidad de Cristo, de

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quien la santidad deriva (Ef 5, 22-23). La obra de la santifica-ción dice estrecha relasantifica-ción al Espíritu Santo, que Cristo envía desde el Padre: Cristo que, en cuanto Mesías, ha sido el porta-dor del Espíritu, después de su glorificación comunica el Espí-ritu a la comunidad cristiana, constituyéndola en pueblo santo, haciéndola participar de la santidad divina que desde Él se difunde. Los cristianos son así hijos de Dios (Rm 8, 14-17; 1 Jn 3,1-2), templos del Espíritu Santo (1 Co 6,19), nueva criatura (Ga 6,15).

Comparando estos textos con los del Antiguo Testamento se advierte que la enseñanza sobre la santidad, ha sido objeto de una triple profundización9•

Por una parte, la palabra «santidad» en relación con la reali-dad de Cristo y con la participación en Cristo por el bautismo y por la recepción del Espíritu Santo, ha adquirido una densi-dad particular. Connota una incoación, ya ahora en mitad de la historia, de la participación del hombre en los bienes divinos que constituyen el Reino de Dios prometido. Es decir - y este punto es decisivo- en la vida misma de Dios, pues ése y no otro es el bien que Dios ha querido y quiere comunicar.

Por otra parte, se ha producido una universalización del con-cepto con relación a las personas de las que se predica: el pue-blo santo de Dios es no sólo el Israel según la carne, sino la Iglesia que se dirige a todos los pueblos. El Espíritu Santo que en el Antiguo Testamento se comunicaba sólo a algunas perso-nas escogidas -los profetas- y que, en el momento del ha-cerse hombre del Hijo de Dios, se manifestó con especial fuerza, se entrega ahora a todos los fieles. Así lo proclama san Pedro al interpretar el acontecimiento de Pentecostés: se realiza ahora «lo que se dijo por el profeta Joel: sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne»

9 Para esta valoración final cfr. J .L. Illanes, Mundo y santidad, Rialp,

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(Hch 2, 16-17). La comunidad cristiana ha sido santificada por el Espíritu; y, en ella y con ella, es santificado cada cristiano.

Un tercer rasgo permite completar la exposición. La santi-dad derivada de Dios ya no es simplemente algo exterior a las personas, a los lugares y objetos, que los convierte en «sagra-dos» porque los separa del uso profano destinándolos única-mente a Dios, sino que se hace real e interior. Los textos neo-testamentarios, al hablar de santidad, hacen referencia a la acción de Dios Padre que, en Cristo y por el Espíritu, salva al hombre. Pero también tratan del efecto que esa acción pro-duce: la participación del cristiano en la vida de Cristo. La san-tidad se sitúa en los niveles más profundos del ser, transfor-mando y elevando al hombre; y no se limita a ese nivel radical o profundo, sino que desde ahí afecta a toda la vida de la per-sona, y concretamente a su acción. El cristiano es llamado por Dios, incorporado a Cristo, hecho morada del Espíritu Santo. Todo ello trasciende el terreno del mero comportamiento lle-gando a tocar el núcleo de la persona, pero lógicamente tam-bién afecta al comportamiento. Según el dicho de la primera carta de San Juan: «aquel que tiene esta esperanza en él se puri-fica (se santipuri-fica), para ser como Él (Dios), que es puro (santo)» (1 Jn 3, 3), o la invitación del Apocalipsis: «el santo, que se san-tifique todavía más» (Ap 22, 11). En esa misma línea, san Pa-blo, después de evocar la resurrección de Jesús, añade: «así tam-bién nosotros caminemos en una vida nueva» (Rm 6, 4), exhortación que no es, en modo alguno, meramente formal o genérica, sino comprometedora. Baste citar, el pasaje en el que describe las obras del espíritu, es decir, las obras propias de quien actúa según el Espíritu que habita en él: «caminad en el Espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. ( ... ) Ahora bien, están claras cuales son las obras de la carne: la fornicación, la impureza, la lujuria, la idolatría, la hechicería, las enemistades ( ... ).En cambio, los frutos del Espíritu son: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad( ... ) Si vivimos por el

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Espíritu, caminemos también según el Espíritu» (Ga 5, 16-25; cfr. Ef9, 1-8).

La santidad aparece así como don concedido, como fruto de la regeneración que Dios opera, pero además como finalidad u objetivo. Y lo que es más, como objetivo del hombre, pero tam-bién de Dios; más exactamente, objetivo del hombre porque antes y precedentemente es llamada que viene de Dios e invita a crecer en la santidad que Él mismo ha concedido. La vida del cristiano puede ser, pues, descrita como vida abierta a la santifi-cación, según la conocida afirmación de San Pablo: «ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4, 3).

3. La noci6n teológica de la santidad cristiana

Como pone de manifiesto la Sagrada Escritura la santidad es una realidad compleja, que afecta al núcleo mismo de la fe cris-tiana: el misterio de Dios y su comunicación a los hombres. Por ello, en el esfuerzo para profundizar en el dato bíblico y lo-grar una mayor comprensión del hecho cristiano debe estar presente el razonamiento teológico. En primer lugar, la teología debe explicar por qué la santidad, atributo exclusivo de Dios, se predica también del hombre. Esto conlleva preguntarse cómo la santidad de la persona está llamada a crecer: «el santo santifí-quese más», se es santo ya pero a la vez se puede ser más santo; y cómo es posible que haya grados de santidad, es decir, que unas personas sean más santas que otras.

Vamos a utilizar dos puntos de vista para observar la misma realidad, la santidad del cristiano. Primero nos detendremos a explicar las dimensiones de la santidad cristiana, en cuanto ésta presenta un plano ontológico que afecta al ser de la persona y un plano existencial que engloba el vivir en su conjunto. Des-pués hablaremos de la santidad como conjunción del don de Dios y la libre aceptación de la persona. El mismo objeto, en

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este caso la santidad, se puede observar desde perspectivas dis-tintas que sirven para resaltar algunos rasgos y profundizar en su comprensión.

En nuestra indagación teológica seguiremos como texto base las aportaciones de Lumen Gentium sobre la llamada universal a la santidad. Sin dar una definición, el Concilio propuso una doctrina profunda acerca de la naturaleza de la santidad cris-tiana en perfecta armonía con la tradición y con la teología ca-tólica. La perspectiva de la doctrina conciliar no es propia-mente la santidad, sino la llamada universal a la santidad. Sin embargo, este particular enfoque descubre un punto de vista central del misterio revelado al subrayar que la Iglesia y el cris-tiano son una realidad vocacional, «elegidos, llamados, justifi-cados y glorifijustifi-cados» en Cristo y por el Espíritu Santo para vi-vir en comunión con Dios Padre.

3.1. Las dimensiones ontológica y existencial de la santidad cristiana

La palabra santidad muestra la interacción de diversos pla-nos o dimensiones, como ya pone de relieve su uso bíblico. De una parte, habla de un proceso de salvación que afecta al ser mismo del hombre; de otra, hace referencia a un comporta-miento humano, exterior y observable. Es decir, la santidad se presenta en un doble plano o dimensión que podríamos llamar ontológico y existencial, según nos refiramos a la santidad que afecta al ser o al obrar de la persona.

La Sagrada Escritura nos ha mostrado cuál es el itinerario de la santidad desde Dios a los hombres: Dios -7 Cristo -7

Iglesia -7 cristiano. Como afirma el Vaticano 11, «la Iglesia, cuyo misterio expone este sagrado Concilio, creemos que es indefectiblemente santa, ya que Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y el Espíritu llamamos «el solo Santo», amó

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a la Iglesia como a su esposa, entregándose a sí mismo por ella para santificarla (cfr. Ef5,25-26), la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios». Sólo Dios Padre-Hijo-Espíritu es Santo; Cristo, el Hijo de Dios, es Santo y con su entrega santifica a la Iglesia. «Por eso, todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerar-quía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad, se-gún aquello del Apóstol: «Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Tes 4,3; Ef 1,4)»10 • Por Cristo y en la Iglesia, todos los cristianos son santificados. Pero, ¿en qué consiste esa santidad?

«Los seguidores de Cristo, llamados por Dios, no en vir-tud de sus propios méritos, sino por designio y gracia de Él, y justificados en Cristo Nuestro Señor, en la fe del bautismo han sido hechos hijos de Dios y partícipes de la divina natu-raleza, y por lo mismo santos»11 • Este texto expone una carac-terización muy interesante de la santidad, donde aparecen los distintos elementos teológicos que configuran su significado: el seguimiento de Cristo, la llamada de Dios y la justificación en Cristo; no por los propios méritos, sino según el plan di-vino que otorga ese don de manera gratuita; todo ello con-densado en un momento concreto, el bautismo12 , sacramento por el cual el ser humano -que pasa a ser cristiano- se con-vierte en hijo de Dios, partícipe de la naturaleza divina, santo.

Para describir la santidad de la nueva criatura, del cristiano, podemos hablar de distintas realidades según el misterio de la fe que ilumine nuestra reflexión: la Trinidad, la filiación,

Jesu-10 LG, n. 39. 11 !bid. n. 40.

12 Cuando en estas páginas nos referimos al bautismo, tenemos en cuenta

su naturaleza de inicio y puerta de la vida sacramental, que se alimenta de to-dos los sacramentos y tiene su centro y culmen en la Eucaristía.

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cristo, la caridad. De ello hablaremos más detenidamente en los capítulos 2 y 3.

Ahora lo que pretendemos subrayar es que el ser del hombre y del cristiano es activo. La vida es vida, es decir, crece, se desa-rrolla, se perfecciona. La participación en la vida trinitaria, en la filiación, en el ser Cristo, en el amor de Dios, en la santidad es una realidad ontológica. Pero también tiene una dimensión existencial. Afecta al ser en cuanto realidad más íntima, verda-dero núcleo de la persona, que es sanado de la herida del pe-cado y elevado al orden sobrenatural. Pero el ser se expresa en el obrar, se despliega en la vida y todos sus avatares. El ser santo supone el vivir como tal respecto a Dios y respecto a los demás hombres, cada uno en el sitio que le corresponde, en todos los momentos y circunstancias de la existencia.

Si miramos la santidad de la persona desde la perspectiva ontológica, el cristiano ya es santo, porque en el bautismo - y con los sucesivos dones de la gracia- es ya divinizado y hecho partícipe de la naturaleza divina, hijo de Dios en Cristo, posee el amor de Dios, la caridad. Si nuestra perspectiva se fija en la santidad existencial, entonces el cristiano mientras vive en la tierra debe llenar toda su existencia de aquel don que ha reci-bido, debe convertir todo su vivir efectivo -cada una de las rea-lidades de su vida diaria- en lo que ya es. En este sentido, el indicativo cristiano (ser) debe traducirse en un imperativo (de-ber ser): conviértete en lo que

ya

eres, informa todos los niveles de

tu existencia con lo que ya eres en el nivel más profundo de tu identidad, en el núcleo ontológico de tu persona. Eres hijo de

Dios, luego vive (conoce, ama, actúa en cada momento) como

hijo de Dios. Esta es la tarea de nuestra vida en la tierra. En el plano natural, el ser ontológico de la persona está presente desde la concepción, pero necesita de toda la vida para desarro-llar sus potencialidades. En el plano sobrenatural sucede algo parecido: el nuevo ser cristiano está presente ya desde el bau-tismo, pero despliega toda su virtualidad a lo largo de la vida.

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Este binomio santidad ontológica y santidad existencial nos ayuda a comprender la profundidad del misterio cristiano. En concreto nos permite explicar tres ideas.

1) Por el hecho de que yo-cristiano soy realmente hijo de

Dios puedo y debo actuar como hijo de Dios; porque yo-cris-tiano estoy unido a Cristo, participo de la vida de Cristo, puedo y debo actuar como Cristo; porque yo-cristiano soy santo puedo y debo actuar como santo. El obrar sigue al ser, porque es despliegue del ser; no puede antecederle. Si puedo realizar acciones santas, divinas es porque soy santo, porque he sido divinizado. Lo fundamental del misterio cristiano es que Cristo ya ha triunfado salvando a toda la humanidad, la Iglesia ya es Santa y santifica al cristiano a través de los sacra-mentas y la gracia. Por eso, en el presente sólo queda la mi-sión de cada cristiano: el ser sacerdote de la propia existencia para llevarla efectivamente a Dios. Tiene toda esa potenciali-dad de elevar el mundo hacia Dios puesto que ya es cristiano, santo, hijo de Dios.

2) La santidad cristiana incluye toda la existencia humana, porque deriva del nuevo ser. El ser es lo más íntimo de la per-sona, su núcleo, su identidad. Por ello, el ser abarca todo lo perso-nal, toda la realidad y la existencia de la persona, todas y cada una de sus obras, tanto lo que podemos llamar natural como lo sobrenatural. Cuando rezo, cuando trabajo, cuando me rela-ciono con los demás, etc., ahí estoy yo, pero yo-cristiano. Nada queda fuera, cualquier acción por pequeña que sea tiene toda la densidad ontológica del sujeto que la realiza, un hijo de Dios. 3) La santidad es perfección, incluye por tanto el signifi-cado etimológico de las palabras perfección y perfecto, que apunta a la idea de la obtención del término de un proceso. Como la persona humana está compuesta de materia y de espí-ritu en unidad sustancial, la perfección resulta fraccionada en distintas perfecciones; de manera que la realización vital de cada hombre depende de la conjunción armónica de todos esos

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planos. La perfección del ser u ontológica con la maduración de la persona debe ir unificando cada uno de los niveles inferiores. La inteligencia por la que me voy haciendo más consciente de la propia identidad de hijo de Dios, y la voluntad de manera que vaya consiguiendo que cada uno de mis actos esté ordenado a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mí mismo, fin último de todo cristiano. Luego el desarrollo de cada una de las virtudes intelectuales y morales hará que las distintas facultades de la persona y sus acciones se vayan integrando con la inteligencia y la voluntad, con mi ser cristiano. Sólo con ese desarrollo del organismo de las virtudes conseguiré que cada una de mis acciones puntuales sea verdadera expresión de mi ser último, del saberme hijo de Dios y actuar con el amor de Dios también en esa circunstancia concreta, en el aquí y ahora de la historia. Esa integración de los distintos niveles de la persona humana elevada al orden de la gracia es la unidad de vida. Se trata de una unidad que siempre puede crecer, puesto que sus principios básicos, el conocer como conoce Dios -la fe- y el amar como ama Dios -la caridad-, están siempre llamados -la esperanza- al crecimiento. En el fondo es la unidad que presentan los santos. La Iglesia declara la santidad de una per-sona como la heroicidad con que ha vivido las virtudes, ese es el primer paso decisivo del proceso de canonización.

3.2. El dinamismo de la santidad: don de Dios

y libre aceptación de la persona

Si antes hemos hablado de la naturaleza teológica de la san-tidad, ahora nos toca tratar más específicamente de su carácter dinámico. Para ello conviene considerar la santidad principal-mente como un don que recibimos de Dios, pero un don que exige inseparablemente la aceptación por parte del ser humano, la correspondencia de la libertad.

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Esta conjunción de don y respuesta explica la variada tipolo-gía de la santidad. «Es un hecho, en efecto, que no todos los bautizados viven con idéntica plenitud el ideal cristiano. Y que, entre ellos, hay quienes, a juzgar por su modo de actuar y de comportarse, a duras penas merecen el calificativo de cristia-nos; mientras que otros dan, con su vida y con sus acciones, un hondo e incluso preclaro testimonio de fe, de caridad y de ser-vicio, en otras palabras, de una santidad eximia. Estamos ante un hecho de experiencia, que remite a un misterio profundo: el de las relaciones entre gracia y libertad, entre la liberalidad con que Dios distribuye sus dones y la generosidad - o falta de ge-nerosidad- con que el hombre los acoge»13 •

Si observamos la acción de Dios, lo primero que destaca es que el don divino es universal: «Dios quiere que todos los hom-bres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». Este es el punto de partida. Además la voluntad salvífica universal de Dios se actualiza en la elección y llamada a la santidad en Cristo. Dios nos ha escogido en Cristo «antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha en su presencia, por el amor; nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesu-cristo» (Ef 1,4-5). Jesucristo, el Elegido por antonomasia, con-centra en Sí toda la elección divina, y los cristianos son por eso mujeres y hombres en Cristo.

Pero, a la vez, la elección y llamada es personal, se dirige a cada sujeto de manera individual: es la vocación cristiana. En el

designio de Dios todo hombre es concebido y amado en Cristo, es decir, como cristiano. El don de Dios14 que implica una

elec-ción y una llamada personal se concentra históricamente en el

13 J. L. Illanes, Apuntes de Teologia espiritual (curso 2003-2004), Facultad de Teología, Universidad de Navarra.

14 Cuyo contenido es la participación en la vida trinitaria, la filiación di-vina, la identificación con Cristo, la caridad y el resto de los dones y virtudes sobrenaturales.

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bautismo, hecho por el cual la persona humana se convierte en cristiana. El bautismo supone una nueva creación, una nueva vida: todo lo humano es asumido y elevado a un orden supe-rior. El cristiano es un ser humano elevado a la dignidad de hijo de Dios, partícipe de la naturaleza divina. Como vimos anteriormente, se trata de una transformación radical, ontoló-gica, que afecta al mismo ser de la persona. Su vida tiene mu-cha más trascendencia que antes: ahora es sobrenatural, divina. Este nuevo ser, infundido por Dios Padre a través de la obra salvífica de Cristo y del envío del Espíritu Santo, en la acción sacramental de la Iglesia, otorga a la persona una nueva poten-cialidad, una capacidad de actuar en consonancia con su nuevo ser hijo de Dios (porque el obrar sigue al ser). El cristiano es ca-paz de conocer y de amar como todo ser humano, pero ahora puede conocer como conoce Dios y amar como ama Dios. Esa potencialidad sobrenatural le hace ser, vivir y obrar, en su en-tera existencia, como hijo de Dios, imitando a Jesucristo. Es importante subrayar que el núcleo esencial de la vocación cris-tiana es el bautismo. Por eso todo desarrollo posterior de la rea-lidad cristiana se fundamenta y se inserta en el bautismo. Éste es como una semilla sobrenatural, con el transcurrir de los años crece y se desarrolla gracias a los dones y gracias particulares que cada cristiano recibe.

La caracterización de la santidad como realidad bautismal, dependiente del bautismo, lleva directamente a la conclusión de la universalidad de la santidad: todo cristiano está llamado a ser santo15• Además está llamado a la santidad por el hecho de ser cristiano, no por algún otro título añadido. No hay diferentes tipos de santidad, por ejemplo no se puede distinguir entre

san-15 <<Tienes obligación de santificarte.-Tú también. -¡Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: <<Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto>>>>. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 291.

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tidad y salvación. La santidad cristiana es única para todos. Lo que sí hay son cristianos más santos que otros, distintos grados de la misma santidad cristiana, según la correspondencia perso-nal al don de Dios.

La santidad es ante todo y sobre todo don divino. El cris-tiano no la realiza partiendo de sí mismo, ni se la autodona, sino que la recibe de Dios. El hombre por sus solas fuerzas no puede llegar al orden sobrenatural, no es capaz de conocer o amar como Dios. Pero el don exige una respuesta también per-sonal, una aceptación por parte del hombre. Hablar de santi-dad evoca, a la vez e inseparablemente, un don y un ideal, un regalo que se recibe y una invitación o llamada a vivir en cohe-rencia con cuanto se acaba de recibir. La acción divina no des-truye el decidir y el actuar humanos, sino que los funda y los hace posibles. Es Dios quien santifica, de manera que el actuar del hombre no es sino la respuesta al don precedente de Dios, pero esa respuesta debe existir; más aún, en cuanto tal res-puesta, es elemento constitutivo de la santidad. Así lo recoge santa Teresita. «Por entonces recibí una gracia que siempre he considerado como una de las más grandes de mi vida. Pensé que había nacido para la gloria, y, buscando la forma de alcan-zarla, Dios me inspiró los sentimientos que acabo de escribir. Me hizo también comprender que mi gloria no brillaría ante los ojos de los mortales, sino que consistiría en ¡¡¡llegar a ser una gran santa ... !!! Este deseo podría parecer temerario, si se tiene en cuenta lo débil e imperfecta que yo era, y que aún soy después de siete años vividos en religión. No obstante, sigo te-niendo la misma confianza audaz de llegar a ser una gran santa, pues no me apoyo en mis méritos -que no tengo ninguno-, sino en Aquel que es la Virtud y la Santidad mismas. Sólo él, contentándose con mis débiles esfuerzos, me elevará hasta él y, cubriéndome con sus méritos infinitos, me hará santa»16•

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La santidad crece progresivamente con el juego de la acción divina y la libertad humana. Como afirma el Concilio, «Con-viene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan conservarla y perfeccionarla en su vida, con la ayuda de Dios»17•

Pero ¿qué significa perfeccionar la santidad?

La vida supone crecimiento, desarrollo, perfección. Para la vida humana el crecimiento, la perfección no es simplemente algo biológico, ni psicológico. Aunque esos niveles sean necesa-rios. El crecimiento verdaderamente humano consiste en cono-cer y amar más y mejor, haciendo que ese amor trascienda a to-das las acciones de la vida. La perfección cristiana consiste en conocer y amar del modo más sublime posible: como conoce y ama Dios, como hijos de Dios, como Cristo, y que ese amor impregne todas las facetas de nuestro vivir. Por eso, conservar y perfeccionar la santidad implica vivir «Como conviene a los san-tos» (Ef 5,3), revestirse «de entrañas de misericordia, benigni-dad, humilbenigni-dad, modestia, paciencia» (Col3,12), producir en la propia vida los frutos del Espíritu para santificación (cfr. Gal 5,22; Rom 6,22), acudir todos los días en la oración a la mise-ricordia de Dios para que perdone nuestros tropiezos.

«Fluye de ahí -sigue diciendo el Concilio- la clara conse-cuencia que todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad»18 • Todos los fieles están llamados a la santidad porque ésta no es otra cosa que la plenitud de la vida cristiana, la perfección de la caridad. Cómo se desarrolla el proceso que conduce a la perfección lo veremos más adelante. Ahora lo que queremos subrayar es que depende de la libertad personal. La santidad en cuanto plenitud cristiana se presenta como contra-puesta al pecado; pero también a la superficialidad o a un vivir rutinario en el que la condición de cristiano queda reducida a

17 LG, n. 40.

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un nombre o incluso a una pura realidad sociológica, sin impli-caciones vitales. La santidad, en suma, implica una vida autén-tica, abierta a un proceso de real y efectivo crecimiento hasta llegar a la plenitud, en el que la propia libertad ocupa el papel principal. La vida cristiana es la llamada particular de Dios a cada persona y la respuesta de la persona a Dios.

«Todo cristiano debe ser un verdadero cristiano, un perfecto cristiano. ¿Y cómo se llama la vida perfecta de un cristiano? Se llama santidad. Por ello, todo cristiano debe ser santo»19• Con la fórmula de identidad «cristiano = santo», podemos concluir que la santidad es una dimensión constitutiva de la vida cris-tiana. Crecer en vida cristiana es crecer en santidad y viceversa. El hombre, todo hombre, está llamado al encuentro con Dios en Cristo y por Cristo. El cristiano, que ha encontrado ya a Cristo en el bautismo, está llamado como hijo de Dios a hacer cada vez más íntima la comunión con Dios Uno y Trino a la que abre ese encuentro. Esa comunión es precisamente la santi-dad. Y es también la meta a la que Dios encamina toda la histo-ria y, en consecuencia, la salvación. Por eso no se está llamado a ser cristiano y, después y como algo distinto y añadido, a ser santo, sino que, estando llamado a ser cristiano, se está, a la vez e inseparablemente, llamado a ser santo. Ya que, repitámoslo, la santidad no es otra cosa que la condición cristiana vivida con la coherencia y la fidelidad que esa condición de por sí reclama.

4. La uni6n entre santidad y apostolado: vocación y misi6n en la Iglesia

Hablar de la unión entre santidad y apostolado implica profundizar en la relación entre Cristo, la Iglesia y el cristiano desde el punto de vista de la misión que deben realizar. La

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Iglesia está llamada a continuar la misión salvadora de Cristo: «<d, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándo-les en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). La misión de la Iglesia como la de Cristo es con-ducir todas las cosas al Padre, santificar a todos los hombres. Los artífices de esta misión son cada uno de los cristianos de todas las épocas.

Todos los fieles cristianos son llamados a la santidad, pero el ejercicio de la santidad es múltiple. Dice el Concilio que «una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesión los que son guiados por el Espíritu de Dios y, obe-deciendo a la voz del Padre, adorando a Dios y al Padre en espí-ritu y verdad, siguen a Cristo». Pero cada uno debe caminar por el camino de la fe viva, que excita la esperanza y obra por la caridad «según los propios dones y las gracias recibidas». «Por consiguiente, todos los fieles cristianos, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por me-dio de todo eso, se podrán santificar de día en día, manifes-tando a todos la caridad con que Dios amó al mundo»20•

La realidad teológica que subyace a la realidad vital de la re-lación entre santidad y apostolado es la unidad inseparable de vocación y misión en la Iglesia (en el cristiano y, como funda-mento, en Cristo): el don de la llamada implica realizar una misión concreta. La Iglesia es «sacramento universal de salva-ción», es decir, la Iglesia existe para llevar a todos los hombres al Padre. Dios concede la vocación al cristiano para ser santo y santificar. El cristiano santifica porque es santo; cuanto más santo es, más santifica. La vocación cristiana es personal, tiene en cuenta y configura la situación de la persona en el mundo y en la Iglesia. Dios otorga ese don o vocación personal precisa-mente para que cada uno desempeñe su misión donde esté, se santifique y santifique lo que le rodea.

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Vamos a proyectar esta base teológica para iluminar dos ar-gumentos. De un lado, la relación entre Cristo y el cristiano: la unión en Cristo de ser y misión explica que todo cristiano debe ser santo y apóstol. De otro, la existencia en la Iglesia de diver-sidad de fieles y de funciones en unidad de misión, que tiene como consecuencia la diferencia de espiritualidades.

4.1. Unidad de ser y misión en Cristo y en el cristiano

Un principio básico de la cristología es que en Cristo no se pueden separar su ser (de Hijo de Dios hecho Hombre) y su misión (de salvar, redimir a todos los hombres)21 • Cristo ha salvado a todos los hombres porque es perfecto Dios y per-fecto Hombre, el único Mediador. Su vida y entrega tienen va-lor infinito y universal, su misión de Redentor se cumple, por-que es el Hijo de Dios hecho Hombre. Pero a la vez, el Hijo de Dios se encarna, Cristo es (ha vivido y vive como Hombre), por la misión, porque el Padre le envía para redimir a todos los hombres.

Este principio también se realiza en el cristiano, puesto que se asocia al misterio de Cristo, llegando a ser realmente «otro Cristo, el mismo Cristo». Así el cristiano redime (santifica) to-das las cosas, en primer lugar la propia existencia, luego las de-más personas y cosas (trabajos) con las que se relaciona a lo largo de la vida, porque es santo. A su vez, el cristiano es (existe, vive) a lo largo de la historia para redimir, para santificar, para que to-dos los hombres y todas las cosas glorifiquen a Dios Padre.

21 <<No es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de

Redentor. El Verbo se hizo carne y vino a la tierra ut omnes homines salvi flant

(cfr. 1 Tim 2, 4), para salvar a todos los hombres. Con nuestras miserias y li-mitaciones personales, somos otros Cristos, el mismo Cristo, llamados también a servir a todos los hombres>>, S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 106.

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El cristiano por el hecho de serlo está llamado a cumplir la misión de santificar y continuar la redención de Cristo propia de la Iglesia. Esto hace del cristiano, de todo cristiano, un após-tol. San Josemaría considera esta realidad precisamente en una homilía con motivo de la fiesta de la Ascensión del Señor, cuando los apóstoles reciben de Cristo la misión universal de ir por todo el mundo continuando su labor redentora. Transcribi-mos el texto y seguidamente lo comentareTranscribi-mos. «Apóstol es el cris-tiano que se siente injertado en Cristo, identificado con Cristo,

por el Bautismo; habilitado para luchar por Cristo, por la Con-firmación; llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que -siendo esencial-mente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministe-rial- capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimo-nio de la palabra y del ejemplo, con la oración y con la expia-ción. Cada uno de nosotros ha de ser ipse Christus. Él es el único

mediador entre Dios y los hombres (cfr. 1 Tim 2, 5); y nosotros nos unimos a Él para ofrecer, con Él, todas las cosas al Padre. Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Se-ñor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura (cfr. Mt 13, 33) que ha de informar la masa entera (cfr. 1 Cor 5, 6)»22•

«Apóstol es el cristiano»: nos encontramos ahí con una identi-dad muy significativa. No hay diferencia entre cristiano y apóstol: ¿qué clase de cristiano es apóstol?, el que ha recibido el bautismo, la confirmación y con ellos el sacerdocio común. En realidad, la pregunta a la que responde el texto citado es por qué el cristiano

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es apóstol. El cristiano es apóstol porque «se siente», porque sabe que su identidad más real, es su ser injertado en, identificado con Cristo por el bautismo y la confirmación. Estos sacramentos im-primen en su alma el carácter sacramental del sacerdocio común (esencialmente diferente del sacerdocio ministerial) que lo confi-gura con Cristo, con Cristo Sacerdote, mediador y redentor.

«Cada uno de nosotros ha de ser ipse ChristuS>>. En esta atre-vida fórmula de san Josemaría, nos encontramos la segunda identidad relevante, que explica la primera: «el cristiano es apóstol». El sacerdocio común del cristiano hace que pueda lle-var, en profunda unión con Cristo (habla de identificación), todas las cosas al Padre. Por tanto, el hijo de Dios debe buscar la santidad personal: dirigirse él mismo al Padre. Pero junto a esa exigencia, debe santificar los senderos de la tierra -las acti-vidades temporales- para convertirlos en camino hacia el Pa-dre, y debe santificar a todos los hombres, la masa entera de la humanidad. El deseo de glorificar y amar a Dios con la propia vida es inseparable del afán apostólico, buscar que los que nos rodean conozcan el amor del Padre y correspondan a su gracia. El seguimiento de Cristo, la identificación con Cristo sobre todo a nivel ontológico (por el bautismo, por la confirmación, por el sacerdocio común) pero también existencial por cuanto se despliega en las obras, exige y supone la santidad personal y el llevar todas las almas a Dios. Cristo santifica y lleva al Padre todas las realidades por su existir en referencia al Padre, por su santidad. Todas sus acciones tienen valor salvífica: porque todo lo que hace, cualquier acción, está incluida en la perfecta uni-dad de vida que es su Ser, Hijo de Dios encarnado, perfecto Dios y perfecto Hombre. La santidad cristiana es inseparable del apostolado cristiano, porque la persona de Cristo es insepa-rable de su misión, y su vida se une misteriosamente con la de todo cristiano en el bautismo y a través de la correspondencia libre a la gracia. El cristiano, «ipse ChristuS>>, santifica el mundo porque está unido a Cristo, es hijo de Dios y vive como tal.

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