MORIEN La Deuda de La ONU Con La Sociedad de Naciones

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LA DEUDA

DE I,A ONU

CON

LA

SOCIED.AD

DE NACIONES

AL,AN MORIEN JAMES*

Sl

estÁ prestando mucha atención en 1995, como es debido,

al

quin-lrragésimo aniversario de las Naciones Unidas. Pero

tambiél

prrede ha-lrlarse de otro significativo aniversa¡io de igual importancia

-e

incluso

t¡uizá mayor-- que se celebra este mismo año, el de la Sociedad de Nacio-ncs, cuyo nacirniento tuvo lugar

el

10 de enero de 1920. Se tiende a dar lx)ca importancia al septuagésimo quinto aniversario de esa Sociedad. A rnenudo se le considera como un problema aparentemente insoluble ¡rala salir del cual hubo que dar marcha atrás y comenzar de nueva cuen-ta con mejor organización. Sin embargo, buena parte de los logros de la oNU evidentemente se construyeron sobre los cimientos que est¿bleció la Sociedad. La difereniia entre una y otra de estas organizaciones mun-cliales es más bien cuestión de cantidad que de calidad. Más aún, fue la

Sociedad

la

que señaló

la

diferenciación entre las relaciones esencial-rnente bilate¡ales e interestatales de grupos pequeños, que habían durado cuatro siglos por lo menos, y las relaciones que se sostienen en presen-cia de una organización política central que sería difícil pasar totalmen-te

por

alto.

La

estructura subyacente de

la

sociedad internacional no cambió en 1920, y tampoco después. Pero desde entonces, las organiza-ciones internacionales han introducido algunas reforrnas de gran alcan-ce en los principios y procesos entre los Estados, que a veces han tenido una considerable repercusión en la sustancia misma de las relaciones

in-ternacionales.

Por supuesto,

no

fue

un

desenvolvimiento abrupto

y

súbito. Tardó algún tiempo que los Estados adaptaran sus puntos de vista y sus políti-cas a los nuevos acue¡dos. Aun así, a este respecto, la Sociedad tuvo sin

duda

un

efecto considerable, pues aunque su

vida fue

relativamente breve, no se abandonó la idea que ella encarnaba. Por ello, uno de los

* Profesor e investigador de relaciones intemacionales en la Universidad Keele, del

Reino Unido. Entre sus publicaciones se incluyen: Sovereign Statehoo¿|. The Basís of Inteftntional Socie¡y (Londres, Allen and Unwin, 1986)i Peacekeeping ín lfltemational

Poli¡ics (Londres, Macmillan, en asociación con el l¡temational Instilufe for St¡ategic Studies, 1990), y e¡ coedición con Roben H. Jackson, States in a Changing World. A Contempol¿iry Analysis (Oxford, Clareudon Press, 1993). En la actualidad está preparando un texto sobre Bnr¿ir¡ atd the Congo Crisís, 1960- 19ó3.

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¡rr¡r lro:urt(.s (lr. (llt(. pudiera preverse su result¿rclo, Ios cli¡rkrruiilicos tlt.tlir rr,,rr

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licrn-po a debatir sobre la forma que adoptaría cl or-garrisrrro (llrc ¡ cnll)lazar-¿r

a la Sociedad. Esto sucedió, debe insistirse, cn

cl

c<¡ntcxto clc una opi-nión generalizada, según la cual la Sociedad de Nacioncs habia

fracas¿r-do, Teniendo en cuenta ese

criterio

y

a juzgar por las apariencias, no habría causado gran sorpresa que se considerara innecesario el tipo de organización que representaba Ia Sociedad. Sin embargo, nada de eso

ocurrió

Por el contrado, todos coincidieron en que debería establecerse un esquema que mejorase el que operó durante los años transcurridos entre las dos conflagraciones mundiales. Se llegó a la idea

-a

través de

la

Sociedad de

Naciones-

de que el mundo necesitaba una organiza-ción política central.

ESTRUcTURA

Es asimismo interesante que la estructura de la

onu

sea, en

lo

funda-mental, igual que la de la Sociedad: una asamblea plenaria, un cuerpo menor de tipo ejecutivo y un secretariado. Al nomb¡e de los dos

prime-ros se le introdujeron cambios de

tipo

cosmético, no sólo para distin-guirlos de sus predecesores, sino también para subrayar el rompimiento con la desacreditada Sociedad. Así, la Asamblea se convirlió en Asam-blea General,

y

el

Consejo, en Consejo de Seguridad. Con todo, en lo estructural, los cambios fueron superficiales. En forma parecida, e

in-cluso más superficial, la Corte Permanente de Justicia Interracional se convirtió en Corte Internacional de Justicia. La Comisión de Mandatos, establecida, como la Cofte, después de la Sociedad propiamente dicha (por lo tanto, no podÍa figurar en el Pacto), renació en forma un tanto diferente como Consejo de Administración Fiduciaria. A

fin

de actua-lizarla, se dotó a la oNU de un Consejo Económico y Social, en el que se

quiere ver un supuesto órgano principal. En

fin,

en términos estructu-rales, la ONU era esencialmente como la Sociedad.

UNIVERSALIDAD

Ambas organizaciones surgieron al

final

de feroces conflictos bélicos, y entre los miembros originales no figuraban

-esto

era de esperarse* las

naciones derrotadas. La oNU también excluyó Estados que

permanecie-ron neutrales. Por lo demás,

imitó

las aspiraciones universalistas de la Sociedad. Aun así, pasó mucho tiempo para que la oNU alcanzara esta

l.^ l)lilil)A l,li l.^ oNll ( oN l.A:il)( l¡ll)^l) l)li NA( loNllli 45

nrcta, pttcs las divisiones de

la

Guerra Fria obstruyeron los deseos de iügunos Estados que deseaban ingresar a la Organización. En todo caso, hoy cn día puede afirmarse rotundamente que la oNU es universal, pues ya aceptó en su seno a los pequeños Estados europeos que había

desde-¡ado la

Sociedad. Así, el número de miembros pasó de los 51 funda-dores a 185 a fines de 1994.

La

Sociedad presentó

un

patrón diferente.

A

los 42 miembros fun-cladores se añadió a través de los años exactamente la mitad de esa cifua,

con

lo

que

el

número de miembros llegó

a

ó3. Esta cantidad inchría prácticamente todos los Estados reconocidos a nivel mundial. No perte-necie¡on a Ia Sociedad los Estados Unidos, Islandia, las naciones de la península arábiga ni los pequeños Estados europeos. Ahora bien, un buen número de naciones

-sumaron

17, en buena parte

latinoamericanas-en ejercicio de su derecho optaron por abandonar la Sociedad. El éxodo ocurrió sobre todo en los años treinta. Argentina abandonó, muy disgus-tada,

la

Asamblea, pero regresó

en

1933.

La Unión

Soviética fue ex-pulsada de la Sociedad. Sin embargo, quedó firmemente establecida la universalidad de la meta de esa organización política central en el mun-do, y desde entonces nunca se ha puesto en duda este objetivo.

CARACTER oPERATrvo

Una diferencia entre las dos organizaciones salta a la vista cuando se

consideran las formas en que iban a funcionar. La Sociedad constituía un cuerpo cooperativo en cuanto a su acción externa en apoyo de la paz, pues el Pacto casi siempre habló de obligaciones específicas que corres-pondían directamente a los Estados miembros por el hecho de serlo En

-ualquier caso particular, tocaba a los Estados decidir individualmente

lo

que implicaban sus obligaciones. La Sociedad, como entidad

corpo-rativa, intervenía muy poco, con Ia sola excepción, dentro de este con-texto, de las acciones que pudiera realizar en apoyo de la paz, según lo establecido en el artículo 11. AsÍ, en principio, la Sociedad obraba con libertad cuando imponÍa sanciones decididas por mayorÍa de votos, pues como para acciones de ese tipo no eran necesarias las decisiones del or-ganismo central, no se veían obstruidas por algún Estado con autoridad

para vetarlas. En la mayor parte de las votaciones, todos los miembros podían

recurir

al veto; pero las propuestas cuya finalidad era mantener

la paz no dependían de las votaciones. Así, contrariamente a ttna opi-nión generalizada, el principio de la unanimidad no constituía en rigor, un problema para la Sociedad.

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cor-A¡'lJN l l

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ltls Irltat( r,s

porativa, pues todas sus disposiciones p¿lr¡ cl m¿utlcn¡t)tir t() (l(, l¡t l)ilz dependen íntegramente de las decisiones rlel Consejo clc Scgrrlitlatl. lJn otras palabras,

la

oNu debía ser actor unificado, en vez de actor quc operara a tr¿rvés de la buena fe de los Estados miembros. Ahora bien, para que el actor pueda actuar, los Estados miembros deben conceder la autorización necesaria. En el contexto de las decisiones adoptadas por mayoría, el problema con este tipo de arreglo es que cualquier miembro puede impedir que la columna se ponga en movimiento, Para evitar que esto suceda, la

olu

abandonó el principio relativo a la mayoría, y

adop-ló

un voto mayoritario de otro tipo. Esto significaba que el Consejo de Seguridad

ya

no

estaría maniatado

por un

solo

voto

negativo,

y

ni

siquiera por varios de esos votos. No obstante, había un "pero" muy

se-rio:

se conservó el

principio

de unanimidad entre los cinco miembros pennanentes del Consejo. O sea que a cada uno de ellos se le otorgó el

veto. Consjguientemente, siempre existía

la

posibilidad de que cual-quiera de los cinco miembros impidiera que el Consejo de Seguridad entrara en acción, al menos en situaciones que constituían una alnena-za para la paz.

Las frustrantes posibilidades de esta estructur-a fueron sometidas a un

escrutinio crítico en vísperas del nacimiento de la o¡¡u. Sin duda, hay

nucho

que decir en favor de la base cooperativa de la Sociedad. Pero,

por otra parte, esta base abría la puerta

-eso

era precisamente

lo

que

se

buscaba-

para que

la

rnayoría de Ios miembros erigiera una

es-tructura organizativa legitimadora que hiciera frente

a

la

minoría de miembros cuya conducta era censurable.

Al

desarrollarse

la

situación internacional a

panir

de 1945, ese tipo de oporlunidades bien pudo dar

por resultado el desplome de la oNu como asociación con pretensiones universalistas. Al aparecer un abismo ideológico entre las dos supetpo-tencias mundiales, cada una de ellas

vio

en

la

otra una gran amerLaza-contra

la

paz. Como se sabe, una de esas potencias dominó a

la

oNU

durante sus primeros 15 años. Si la Organización hubiera sido tan flexi-bie como desearon sus fi-rndadores que lo fuese la Sociedad, no serÍa una quimera suponer que ia Unión Soviética se habríá visto obligada por la emprendedora mayoría a abandonar la naciente organización. En vez de ello, la URSS pudo protegerse recuriendo al veto. Por consiguiente,

den-tro de las circunstancias de aquella época, el carácter constitucional de ia oNu proporcionó Ia base posible de su superwivencia.

Falta por considerar un punto impoftante: el esquema de

la

oNu no estaba,

ni

con rnucho, tan lejos del de

la

Sociedad como podría supo-nerse si sólo se consuita el Pacto. Con el

fin

de asegurar que todos los miembros de Ia Sociedad marcharan al unísono cuando les correspon-día actuar en pro de la paz se acordó, en los primeros días de la

Socie-I A t)ti|¡rA t)t, ¡ A ()NtJ1r)N I A Sr)( rt)At) Ilt; NA( I()NtiS

tLrrl, c¡rrc cl C(,nsc¡() clcl¡irr contrrrl¿r¡ la aplicaci<in cle las s¿rncioncs cco-¡r'l¡ricas. En rcalidacl,

cl

¡rrrryccto de enmienda del Pacto en esta

mate-r i;¡ nunca ontró en vigor. Sir.r embargo, se había acordado que mientras llcgaba

la

ratificación, los aspectos sustanciales de

la

enmienda servi-r'ían de guía al Consejo, como sucedió en ei único caso en que esto pudo a¡rlicarse. Así, a este respecto, más que una sustitución de modelos ope-lirtivos, hubo una transición bastante tranquila de la Sociedad a la oxu.

PRoSCRIPCIÓN DE LA GUERRA

El prirrcipal obletivo inmediato tanto de ia Sociedad como de la oNU era tomar medidas en favor de la paz y de la seguridad internacionales. Con cse propósito, los Estados miembros aceptaron amplias restricciones lcgales a su libertad par-a recurrir a la guerra. Así, en el que muchos con-sideraron su artículo central (el número 10), los miembros de la Socie-dad se comprometieron mutuamente "a respetar

y

preservar contra la agresión externa

[su]

integridad

territorial

y

su

[...]

independencia

política".

En

artículos subsiguientes se especificaron las obligaciones, cuyo

fin

era consolidar ese resultado. Sin embargo, dichas obligacio-nes no abarcaban todos los casos. Varios de ellos pronto se identifica-ron corno "huecos" en el Pacto, como caminos en los que la guerra era Iegalmente permisible, si bien sólo después de un periodo de tres meses con el fin de que "se serenaran los ánimos" (artículo 12.1). Se considera-ba especialmente la situación que se presentaría después de que el Con-sejo rindiera un informe con recomendaciones para zanjar las disputas (artículos 15.ó

y

15.7).

No es de sorprender que las estipulaciones clel Pacto de la Sociedad en esta materia fuesen incompletas. Hasta entonces la guerra habia sido enteramente permisible, y muchos la consideraban no sólo como un fe-nómeno internacional natural, sino como algo positivamente útil. Lo que sí podrÍa causar sorpresa es que los Estados accedieran a que se coar-tara su libertad tradicional. Sea como fuere, pronto se insistió en que se

llenaran los "huecos" del Pacto, tarea a la que la Sociedad dedicó mu-chos esfuerzos, en especial a las negociaciones para el Protocolo de Gi-nebra (1924). Sin embargo, se desplomó el Protocolo. La labor continuó {üera de la Sociedad, y en 1928 se

firmó

el Pacto de París (o de Briand-Kellogg) sobre Renuncia

a la

Guerra como Instrumento

de

Política Nacional. Pronto se adhirieron al Pacto la maj/or paÉe de los Estados (si bien no siempre sin reservas), y por lo que a ellos tocaba se proscri-bía la guerra, con la excepción de los casos de legítima defensa

indivi-dual o colectiva.

(4)

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At'tJN ls

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La Ca¡ta de las N¡.tciottcs IJlrirlls i¡rrurlxrro (.st¡t\ 1lt(.stion(.s crr¡rrlr¡ cleclaró inad¡r'risiltlc la guclla o lar an)('¡tirzr c()ntr.¡r

"ll

irrtcgr.iclad

lcr.r,ito-rial

o la indcpendencia política dc crurlt¡riu. [.)strr<kr" (irr.lfculo 2.4). llrr rigor, esto sólo se aplicaba a los miemt¡rc¡s clc la clnU. C()n toclo, corno ]¿r

oNU se ha conveftido en una organización prácticantcntc universal, casi

no hay Estados que queden excluidos de las obligacior.res del ¿u.tículo mencionado. Más aún, se ha transformado en posición jurídicamente ortodoxa que el ar1ículo 2.4 expresa un principio establecido en el

dere-cho internacional

al

que,

por

consiguiente, están obligados todos los Estados, sean o no miembros de la oNu. Aún más impresionante es el hecho de que esta regla tenga categoría de itts cogens, por lo cual consti-tuye una de las bases irreformables del orden internacional.

Por Io tanto, la Sociedad y la oNU conürtieron

lo

que alguna vez fue

un fenómeno internacional común en un

principio

legal inconmovible. A pesar de que la práctica no siempre corresponde a lo que establecen los principios, se instrumentó un cambio verdaderamente

revoluciona-rio en la estructura

juídica

de la sociedad de los Estados. Casi no puede dudarse de que los historiadores que se dediquen al estudio del siglo

xx

verán 1919 (cuando se

firmó

el Pacto), 1928y 1945 como años decisivos y como hitos acumulativos a lo largo del camino que condujo a la pros-cripción legal de la guerra.

LoS MEDIoS DE APLICACIÓN

En

lo

tocante a poner en práctica este

principio,

se considera que la Sociedad tuvo graves deficiencias. Específicamente se

la

ha condena-do por su falta de un buen conjunto de medios de aplicación. Por tanto, cuando se

org

nizó

la

ONU, se puso mucho cuidado en asegurar que, a este respecto, la nueva organización tuviese

un

equipo impresionan-te. Se consideró que un mal comienzo había sido completamente recti-ficado.

Lo que establecÍa el Paclo de la Sociedad (artículo 16.1) era una serie de trascendentales sanciones económicas y financieras, que serían apli-cadas por los Estados miembros contra cualquiera de ellos que ilegal-mente recurdese

a la

guerra.

En

las

circunstancias apropiadas, los miembros tenían la obligación de actuar. Más allá de estas medidas, el Consejo de la Sociedad tenía el "deber... de recomendar... los efectivos militares, navales o aéreos..." con que los miembros deberían

contribuir

"para hacer respetar los compromisos de

la

Sociedad" (artículo 1ó.2). Vemos aquÍ, con toda claridad, un cambio de tono: el Consejo puede no llegar a una recomendación; pero aun

si

se pusiera de acuerdo sobre

l.A l)lilll)A l)li I A ONll ( OÑ l.A s(X llil)^l) l)lr NA( IONIiS 'lt)

r.lLr, srr lccrtnlencl¿rción,

p(n

ser simplemente eso, podrÍa

--{on

toda ¡rrrr¡riecletd- no obedeccrsc. Contra estas posibilidades, cualquier Es-trrtlo

lnicmblo

podía unirse con otros en apoyo enérgico al Pacto. Pero

,¡rrecla en pie el hecho de que el énfasis de la Sociedad no se hacía en las r¡r¡rciones militares. Y, pese a los agresivos acontecimientos del decenio

tlt

l930, nunca se emprendió semejante acción, fuese contra el

incum-¡rlinicnto de sus obligaciones por un Estado, de acuerdo con el Pacto o rcgírn el ar1ículo 1

l,

o contra una guerra o amenaza de guerra (Alemania

r() cstuvo obligada por el Pacto después de septiembre de 1935, cuando (.nlró en vigor su retirada de la Sociedad, después de haber avisado dos

r ños antes).

Los creadores de la Carta de la ONU se apresuraron a bloquear estas triquiñuelas. Los Estados miembros no podían abandonar la Organiza-ción por su propia voluntad. Toda la capacidad de coacción de la oNU se

t mplearía con re specto a cualquier amenaza o rompimiento de la paz, no stilo contra la cometida por un miembro. Y dicha acción sería inequívo-camente enérgica. Se mencionaron sanciones económicas. Pero si eran irradecuadas, el Consejo de Seguridad podría "tomar" cualesquiera me-rliclas que fuesen necesarias por "fuerzas aéreas, navales o telrestres para rnantener o restablecer la paz y

la

seguridad internacionales" (artículo

,12). Evidentemente, no se aplicarían medidas a medias.

Sin embargo, las medidas plenas tenían que salvar antes el obstáculo del veto. Y los Estados se

veían

obligados a colocar fuerzas armadas a clisposición del Consejo de Seguridad sólo en la medida en que se hubie-sen concluido acuerdos especiales en ese sentido entre Estados indivi-ch-rales y el Consejo de Seguridad. No había ninguna prisa por hacerlos

(y, de hecho, aún no existen). Vemos así que, cuando Corea del Norte invadió Corea del Sur en 1950, la respuesta armada de la oNU adoptó el procedimiento

del artículo

!6.2

del Pacfo,

y

no el

del artículo 42 de la Carta, y aun esto pudo hacerse sólo gracias a la ausencia fortuita de la Unión Soviética. Además, transcurrirían 40 años antes de que algo re-¡notanlente comparable fuese de nuevo autorizado

por el

Consejo de Seguridad y,

por

segunda vez, se hizo más a Ia manera del Pacto que

dela

Cana. Desde luego, durante estos años, la Guerra Fría fue por lo general un obstáculo para tal acción. Pero acaso se necesite algo más que <:se conflicto para dar una explicación completa de por qué la oNU no ha actuado habitualmente del modo que habría podido esperarse con sólo leer la Carta.

El

hecho es que, por razones diplomáticas e internas perfectamente comprensibles, los Estados son muy cautelosos antes de comprometerse con el uso externo de las armas en un intento por contener o castigar a una entidad que esté portándose mal. Además, a veces no es nada claro

(5)

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''tr t\l'lrN I | ,lll,'t()t1t( (',

(ll¡|- r¡¡) Ilsr¡llit(l{) ¡lr'st ltl¡lr'l) r.ll¡ I¡|(.IIl /.II:,(.(I(.(.,.I t!r. rr't.1, l),úti( t¡lit¡ ¡ttc¡ltc si, c()rtt() ¿l rlcnu(l() llir ucrllitlo (.n l;r sr'liul(l.t ¡,.rrlr.rlr.l si¡ilo, ltr

dis¡tuta cn cuesti(in tienc asl)ccL()s inlclrrr¡s. C()nl() tr.\l)t¡(.slit ll ¡t¿t ilAt-c

sión

territorial

obvia, en re¿¡lidad se ltqucr-irá un¿l t.csl)ucst¿l p()dcr()s¿t.

Pero puede ocurrir que la Carta exagcle la utilidad dc las sarreiones ar: madas y la frecuencia con que se requerirán, así como la probabilidad de que se¿n aplicadas. Por ejemplo no han sido muy comunes en este

últi-mo lustrr.¡, pese a un grado notable de unidad entre las grandes poten-cias y una abundancia de conflictos armados.

A la luz de estos comentarios, ias normas de la Sociedad con respecto a sanciones coercitivas empiezan a aparecer menos dignas de desprecio. Más aún,

el

énfasis

del

Pacto en

la

presión económica corno medida

disciplinaria ha corrido parejo a la práctica del Consejo de Seguridad desde el fin de la Guer¡a Fría; desde entonces ha habido cerca de media docena de ocasiorres en que ha impuesto sanciones económicas obligato-rias contra Estados o facciones que infringen el orden inter-nacional.

Ial

vez el enfoque de la Sociedad respecto a de los castigos luese

nás

sen-sato de lo qne en general se ha supuesto. Indiscutiblemente la Sociedad

--€s

decir, los miembros de

la

Sociedad

se quedó muy corta cuando llegó el momento de utilizarlos, y eso se debió, en rnuy pequeña parte, a inadecuaciones cie la maquinaria del organismo. La obstrucción se

en-contró sobre todo en las políticas

y

percepciones nacionales. pero en cuanto al

apofe

de la piedra fundamental para irnponer

la

paz, ta| vez la Sociedad tuviera algo conliable que oftecer, sobre lo cual sólo recien-temente se ha comenzado a edificar.

En

términos más generales, deberá observarse que

la

institución de

un sistema potencialmente universal para imponer sanciones a los Es-tados que violen sus promesas de zanjar por la paz sus disputas, o que de alguna otra manera recurran a la guerra fue un enorn'ie avance en Ia

historia de la sociedad internacional. Tal fue un completo rolr)pimiento con el pasado. A este respecto, por tanto, la Sociedad fue sin duda una

pionera. La oNU siguió una dirección ya establecida.

SoLUcróN pAcfFrcA

En lo tocante al sistema real para solución de disputas, también se da el caso de que

la

oNU siguió, en términos generales, los pasos de

la

So-ciedad de Naciones. La pertenencia a Ia Sociedad incluía el compromiso de someter cualquier disputa que probablemente produjera una n¡ptura

al arbitraje o la solución jurídica, o la investigación del Consejo, y a ello seguÍa una declaración detaliada sobre córno debía proceder el Consejo

I A l)lllll)^ lrll lA ( )Nll( ( )N l.A S( )( lj:¡)Al, I)lr N^( l( )Nlr:j ll

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sr¡ lrlxrr'(:r¡ ticulo 15).

til

Pacto tanrbién establecía que era "dert'cho ;r tílnlo rtnrist()so" de cualquicr miembro llamar la atención de la Socie-rlarl hacia cualquier situzrción intemacional perturbadora (artículo 11.2). l,a C¿rrta cubre casi el mismo terreno salvo que, por una parte, establece

el

punto de que los Estados deben buscar antes una solución por los rrrétodos tradicionales, como negociación, mediación, etc. (artículo 33); v por la otra, no especiñca cómo procederá exactamente el Consejo de Scguridad. En varios de los artículos que tratan de soluciones pacíficas, l,r Carta otorga también a la oNu un derecho de intervención unilateral nrás enérgico del que disfmtara su predecesora. Pero ambos

documen-Los tienen r-lna orientación que en gran parte es idéntica.

Los recursos p¿rra ayuda de una tercera parte en Ia solución de dispu-t:rs i-ienen ya un largo historial. Pero antes del siglo

xx

corespondía por

cntero a las partes directamente interesadas la decisión de utilizarlos o no. De manera corespondiente, cualquier Estado que se proponga como

tercera parte no sólo se verá en peligro de ser rechazado, sino incluso ser acusado de comportafse en forma hostil. Lo que ha presenciado el

último siglo es una alteración considerable de este esquema tradicional cn dos aspectos. En primer lugar, se ha

luelto

aceptable la interwención de terceras pafies; y en segundo, se ha instituido un sistema para

asegu-rar

que siempre pueda coutarse con tal intervención

y

que en realidad

se propondrá si las partes mostraran alguna renuencia a emplearla. (En

la

sección anterior se ha analizado una tercera innovación, que esta-blecía sanciones en caso de que estallara un conf'licto armado debido a que las partes no hicieran caso del sistema.)

En relación con el segundo de estos avances la Socieciad abrid nucvos caminos. EI pi imero ya estaba cubierto por una convención que surgió de

la

(llamada) primera Conf'erencia de Paz de La Haya, celebrada en 1899. Por tanto, la Sociedad debe recibir parte dei honor de habel alte-rado el marco internacional para

la

solución pacífica de disputas. Las Conferencias de La Haya (la segunda se celebró

en

1907) también hi-cieron surgir el recurso de la investigación independiente, del que mu-cho dependieron los acuerdos de la Sociedad. Pero queda en pie el hecho de que la Sociedad fue la prirnera en dar a las relaciones internacionales

un

sistema de técnicas de solución pacífica,

el

cual alcanzó obligato-riedad.

También debe mencionarse que

la

Sociedad fue Ia responsable del establecimiento de

un tribunal

internacional perrnanente

-la

Cone

Permanente de Justicia

Internacional-

al cual los EsLados podrían

lle-var todas las disputas que desearan. La primera Conferencia de Paz de La Haya había establecido la Corte Permanente de Arbitraje; pero

(6)

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aprrr¡riacl(), altn cu¿lnclo catccicta dc un sistt.rrr¡r

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ju-risdicción obligatori¿r. Al establecerse la o¡tu, este ot.g¿ulist)t()

lirc

intro-ducido en

la

nueva estructura organizativa, virtualmcnte con sólo un cambio de nombre.

Es probable que los procedimientos forrnales para poner fin a las dispu-tas mediante

la

participación de terceras parles florezcan sólo en un

marco relativamente estable

y

armonioso. Esto explica en gran parte

por qué

la

Sociedad se anotó ciertos éxitos en este ámbito durante el decenio de 1920, de los cuales son ejemplos notables los altercados por las islas Aiand y la frontera greco-búlgara. Durante los años treinta el am-biente se deterioró, y con él las perspectivas de toda resolución pacifica. Durante los primeros 40 años de vida de la oNU, la Guerra Fría hizo que la idea de que terceros Estados desempeñaran una función política

im-parcial perdiera virtualmente toda pertinencia. Tampoco se puede su-poner que el fin de ese conflicto vaya a tener un impacto plenamente co-rrespondiente sobre el uso de los procedimientos de terceras partes para resolver problemas bilaterales, dada la inseguridad psicológica y

políti-ca de tantos Estados del mundo. La solución pacífica exige cierta madu-rez y estabilidad interna por parte de los antagonistas.

Sin embargo, no sólo mediante disposiciones formales de una organi-zación se puede canalizar

la

idea de participación e influencia de una tercera parte. Y en otras direcciones, esa idea está sana y salva. Aunque indirecta, refleja la gran influencia durante nuestro siglo de un aspecto clave del

principio

de solución pacífica, el cual fue introducido en el mundo por la Sociedad de Naciones.

EL DESARME

Un extenso artículo (8) del Pacto de la Sociedad se dedicó a la necesidad de

la

"reducción de armamentos nacionales a

un

mínimo compatible con la seguddad nacional", y también se refirió a las "graves objeciones"

a

la

fabricación privada de annamentos.

(Otro

ar1ículo hablaba som-bríamente del tráfico de armamentos.) En este aspecto general,

la

So-ciedad no fue innovadora, pues el control de armas había sido uno de los primeros objetivos de la Primera Conferencia de Paz de La Haya. Sin embargo, el tiempo consagrado a este problema por Ia Sociedad duran-te el siguiente decenio, poco más o menos, constituyó un punto decisivo en

la historia

de las relaciones internacionales, aunqüe no fuese muy

distinguido

ni

muy notorio. Estos esfuerzos culminaron en una Confe-rencia Mundial por el Desanne, que se inauguró en 1932 y se prolongó

lA ¡)¡1lll)A l,lr l.A oNll( ()N l.^ S()( llil)^l) I)li N^( lONlr:i \l rlur'¡urlc rl(¡s iln()s sirr rrirrgúr-r ó\it(). Prccis¿rmcnte por entonces sc cst¿rba

rlt tcliolirrrdo

atm<islcr¿r intern¿rcional,

Io

cual provocó que

al

poco tir.nr¡ro casi sc clejara de hablar del asunto.

El comentario implícito de la Carta de la oNU sobre esta actiüdad se

¡rrrcdc cncontrar en la cantidad de espacio que le consagra; es deci¡, es

rrn documento mucho más extenso. Casi de paso, y en un artículo (11) (lLre trata de

la

Asamblea General

y

no del

Consejo de Seguridad, se IracÍa referencia a la posibilidad de discutir los "principios que gobier-rr¿rn el desarme y la regulación de armamentos". Sin embargo, tal como salieron las cosas, esto no dio por resultado un tiempo igualmente corto tlcdicado al tema. En cambio la ouu, en varios foros, incluso en sesiones cspeciales de la Asamblea General, ha superado el ejemplo retórico de la Sociedad; se han analizado incontables planes para un desarme general; se han aprobado resoluciones; se ha declarado una "década del desar-me"...

y

luego otra. Todo esto ha tenido pocos resultados inmediatos v menos efectos. Éste es un terreno en que la oNU habría hecho bien en no seguir los pasos de la Sociedad. Pero, como en tantas otras cosas, sí los siguió.

EL MANTENTMIENTO DE LA PAZ

Si hubiese que creer al actual secretario general de la oNU, habría que ¿rcreditar al organismo haber inventado el mantenimiento de la paz. En ténninos conceptuales, tiene razón. Fue la oNU la que empezó a emplear este término a finales del decenio de 1950 para referirse a

un

ámbito

distinto de actividad: el empleo de personal predominantemente

militar

en una función imparcial, y no amenazadora, para ayudar a los conten-dientes a crear o a mantener la calma entre el]os, o aun a resolver su problema. Por tanto, el mantenimiento de la paz emplea algunas de las ¿rrmas esenciales de

la

solución pacífica

v,

en sentido general, es una variante de ella. Pero el empleo operativo de personal

militar

en el te-rreno, a menudo durante largo tiémpo, claramente lo distingue del tipo de actividad diplomática que es caracteústico de 1a solución pacífica.

Durante la mayor parte de la vida de la oNU, velar por la paz ha sido

su

principal

contribución directa

al

mantenimiento de ésta;

tanto

la ztplicación como

la

solución pacÍfica fueron puestas fuera de servicio

por la Guerra Fría. Sin embargo, ese conflicto también puso límites al grado en que la oNU podía dedicarse al mantenimiento de la paz, y has-ta finales de los ochentas la entidad alirma haber organizado sólo 13 de dichas operaciones (el analista,

no

estorbado

por la

burocracia de la oNU, plrede

identificar

unas cuantas más); las tres primeras de ellas, ¿rnteriores a la introducción del concepto. Desde el fin de la Guerra Fría

(7)

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paz y la oNU son casi sinónimos.

Sin embargo, desde 1945, la oNu no es el único ()r.lln¡risnr() que sc h¿r

dedicado al tipo de actividad que ha llegado a llamarsc mantenimicntu de la paz. Tampoco se da el caso de que esta clase de actividad sólo hayar

ocurrido desde 1945. Hizo varias apariciones entre las dos guerras mun-diales,

y

estas misiones pacifistas incluyeron algunas dirigidas

por

la Sociedad de Naciones. De las últimas, la más notable fue, con mucho, la administración del Sarre por la Sociedad durante 15 años, y su envio

de

una

fuerza

de 3300

hombres de

cuatro

naciones,

en

1935, para mantener la ley y el orden durante los preparativos y la celebración del plebiscito que determinaría el futuro del

tenitorio.

Por tanto, aunque la ottu ocupa lugar prominente en cualquier estudio del mantenimiento de la paz, no inició esta actividad; y con respecto a sus primeras manifesta-ciones, la Sociedad de Naciones merece cierto crédilo.

UN sERVIcto ctvll- tNTERNACToNAL

Un avance meno¡r, pero no carente de importancia, del siglo

xx

es el na-cimiento de la idea de un servicio civil internacional. El personal de las organizaciones internacionales establecidas antes

de

la

Sociedad de Naciones era aportado por el Estado anfitrión, o por otros, vicariamente con ese

fin,

tomado de sus sen'icios civiles nacionales. Se había consi-demdo impráctica una secretaría internacional con una identidad

dis-tinta, cuyos miembros debieran lealtad directa a la organización inter-nacional

y

qr-le

tal

vez hicieran carrera

a

su

sen'icio. Por tanto, aun cuando se organizó ia Sociedad, se supuso que sería administrada más o menos cle acuerdo con lineamientos ya existentes.

Sin embargo, su primer secrelario general, sir Eric Dmmmond, esta-ba resuelto a llevar a la Sociedad la tradición británica correspondiente

y

a crear

un

servicio

civil

verdaderamente internacional, En esto tuvo notable éxito. Por consiguiente, cuando se estableció la o¡.¡u, se incluvó en su Carta un artículo (100) que no tenía precedente en el Pacto,

es-tableciendo que esos funcionarios sólo eran responsables ante la oNU y que cada miembro "se comprometÍa

a

respetar el carácter exclusiva-mente internacional" de la secretaría. Desde luego, la práctica no siem-pre ha funcionado exactamente de acuerdo con estos lineamientos. Pero

con respecto

a

todas l¿¡s organizaciones internacionales,

la

Sociedad estableció un principio que hoy se da por sentado.

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ett csc tic¡r)po rstrrlrltc ir'r algo ¡rlrcciclo a trn pa¡rcl político pat'il el secretario general. lr.rr ¡rriblico se nrostraba mu¡- discreto. Pero, tras bambalinas, no era un sirrr¡rlc arlministr-zrdor. Cauteloso

y

con mucho tacto, se ganó

la

repu-t¿rción clc ser alguien a quien se puede tener confianza

y

de quien sc

¡ruccle rrbtener un resumen de una situación tan imparcial como el que nr/rs. De este modo, logró ejercer una influencia política nada desprecia-ble. Esto recibió un reconocimiento indireclo en el articulo 99 de la

Car-1a, según el cual se esperaba que el secretario general tomara continua-¡nente el pulso poiítico, y en ocasiones se mostrara activo al respecto.

El grado de esta actividad depende tanto de la persona como del con-tenido. Por lo común, a los Estados no les gusta ver que el secretario

ge-neral desempeñe una función demasiado importante, y esto consiituye una barrera que con toda probabilidad ninguno podrá superar, al me-nos no en mucho tiempo. Pero sin duda la posibilidad de una discreta

diplomacia

por

parte

del

secretario general

y

sus principales colegas siempre eslá presente,

y

a menudo se aplica. Por coüsiguierlte, a este respecto, como en el desarrollo de un servicio civil internacional, la di-rección tomada por la SociedaC desde sus primeros días ha demcstrado ser fructífera durante los siguientes 75 años.

AcrtvrDAD ECoNóMrcA Y socIAL

A veces se cree que la considerable labor de la oNU en estas esferas la distingue de su predecesora, y esta impresión es confirmada por el he-cho de que sóio ¿rl final de su vida real la Sociedad propuso la creacidn de un Comité Central para Cuestiones Económicas y Sociales. Sin em-bargo, esta propuesta no se hizo para qlle

la

Sociedad invadiera estos campos. Antes bien, representó la culminación de una gran actividad que habÍa empezado precisamente con los comienzos de Ia Sociedad. El Pacto ¡ro había señalado ninguna

dilectriz

específica a este respecto,

limitán-dose en un artículo (23), muy variado, a hacer exhortaciones sobre hechos como el trato debido a los indígenas y al trato equitativo en el comercio, y a promesas de los miembros de confiar a la Sociedad ia super-visión de los acuerdos concernientes a la trata de blancas.

No obstante, el Consejo inmediatamente organizó lo que en realidad fueron comités de asesoranliento sobre cuestiones económicas y financie-ras, y a Io largo de los años estas cuestiones recibieron mucha atención. Por ejemplo, en el aspecto fina¡rciero, la Sociedad organizó

la

recons-tmcción de Austria y Hungría, ayudó a Grecia y Bulgaria en el reasenta-miento de relugiados, y dio consejo y ayuda a Albania, Estonia, Rurnania

(8)

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de muchas agencias especializadas, constitucionalnrcnl c sr'¡rllrrclus) dcja atrás

a la

Sociedad,

no

es que estas cuestiones se clcsciliclar-¿rn antes de 1945. También en este caso, la oNU ha edificado sobre fundamentos ya firmes.

LA JURISDICCIÓN NACIONAL

Sin embargo, un campo de actividad en que la oNU ha dejado su huella exclusiva concierne a los avances logrados en el ámbito de la jurisdic-ción interna de sus miembros.

El

punto hasta el cual un Estado puede ejercer jurisdicción exclusiva con respecto a lo que ocurre dentro de su

dominio

territorial

nunca ha sido algo

fijo

y

absoluto, sino que es un reflejo del grado en que el derecho internacional se aplica a cuestiones

internas. Tradicionalmente,

las

obligaciones

jurídicas

internacionales de esa índole eran aquellas y sólo aquellas que habían sido aceptadas en

forma explícita por el Estado en cuestión. De este modo,

la

Sociedad podía interesarse por la posición de una minoría sólo si el Estado

den-tro del cual se hallaba situada esa minoría había firrnado un tratado al respecto,

y

el grado de interés que

la

Sociedad podía tomar estaba de-marcado

dc

manera muy precisa

por

las condiciones del tratado. De manera similar, la Sociedad sólo podÍa preocuparse por

lo

que

ocuría

dentro de un territorio con mandato porque había instrumentos

jurídi-cos intemacionales que precisaban las obligaciones del Estado ante la Sociedad.

En

todo

lo

demás, las cortinas se corrían ante el exterior y,

por consiguiente, eran asunto privado del Estado. Ésta fue la posición generalmente aceptada en

la

época de

la

Sociedad,

y

fue escmpulosa-mente respetada por ese organismo.

La o¡,¡u ha sido infinitamente menos respetuosa del statu quo j]uríd,tco. Ciertas muestras de este enfoque nos las ofrece la Carta, la cual dice que

la

Organización debe promover

"el

respeto universal

a

los

derechos humanos y a las libertades fundamentales" (artículo 55), y dedicó todo un capítulo (xI) a una "declaración relativa a territorios no autónomos". Pero por entonces no se supuso que estas cláusulas tuviesen un

signifi-cado jurÍdico, sino tan sólo declaratorio, ni que pudiesen ulilizarse para socavar la posición jurÍdica que hasta entonces había sido la ortodoxa. Sin embargo, acontecimientos ulteriores dieron buen apoyo a Ia teorÍa de que una punta sumamente pequeña podrÍa bastar para la inserción de una cuña consiclerable.

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clt'sclc srrs ¡rrirrti¡rios, lu tlt.ttl cnrpezó ¿r sonclear-ia

, r¡r¡rI¡¡r'r'irirr clc los asrurtos coloniales, y grzrdualrnente fue extendiendo

tl

:1r¡rbilo

tle

srrs investigaciones

y

comentarios. Las quejas jurídicas lcsrrlt¿uo¡l inútilcs. La condena directa del colonialismo surgió desde 1960, y dcsde entonces, para las potencias coloniales, no dejó de avanzar. l.a scsión inicial de la Asamblea General decidió estudiar el trato dado a in¡nigrantes de la India en Sudáfrica, habiendo rechazado una sugeren-cia de quc la Corte Internacional diera su opinión al respecto. Desde ahí srilo hr.rbo que dar un pequeño paso para llegar a la

discusión

y la

con-dena

general de la política racial de Sudáfrica. Recientemente la oNU, de muy diversas maneras, ha mostrado un interés cada vez mayor por las cuestiones de derechos hum¿rnc.¡s.

Es claro que los Estados ya no pueden basarse en

la

pretensión de una jurisdicción nacional para rechazar los comentarios sobre

lo

que ocurre tras sus muros. Desde luego, en cicrto sentido, sólo a ellos mis-mos pucden culpar por esto, pues es la o¡¡u la qlue de lácto ha

organiza-do esta gradual desaparición de sus competcncias exclusivas,

y

la otlu

cs sinónimo de la colectividad de los Estados. Pero las cosas no son tan sencillas,

y

la

existencia de

un foro

y

la

dinámica organizativa consi-glriente establecen una diferencia independiente en el escenario general. Sea como fuere, la posición con respecto a la jurisdicción nacional ha suft-ido un cambio, y aquí la Sociedad no puede arrogarse ningún crédi-to. Sin embargo, "créclito" no es algo que alguien pudiera reclamar a este respecto, pues lo que ha ocurrido debe estar haciendo que la gran ma-yoría de los paftidarios y paladines de la Sociedad se den vuelta en sus

tlrmbas-LA DIPLoMACIA PARLAMENTARIA

El

ataque a ciertos aspectos del

principio

de

jurisdicción

nacional ha

sido

dirigido

en gran parte en la Asamblea General de

la

oNU, que se

reúne anualmente durante un periodo de cerca de tres meses, y en otras ocasiones en que se considere necesario. Estas reuniones se han

conver-tido en rasgo importante del escenario diplomático inter-nacional: es la

diplomacia parlamentaria, como suele llamarse,

lrn

tanto

engañosa-mente, a este fenó¡neno. En particular, los Estados menores elogian a la Asamblea, en parte

por

las oportunidades de "subirse

al

carro" de la mayorÍa, cuando se presentan. Así, una vez que el Occidente perdió su

predominio numérico

y

político en

la

oNU,

y

antes del recienle

resur-gimiento del Consejo de Seguridad

-es

decir, entre cerca de 19ó0 1,

fi-nales de los

ochentas-

la Asamblea General casi fue la oNU, y en ella predominaba el Tercer Mundo. Como

la

Asamblea se

limita,

en

(9)

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¡lr-recer. Pero no es insignificantc. A los Est¿¡ckls, usi

sr'lur,'ri|tl(lc\,

() les

gusta ser criticados en pirblico y llamados, cle hcclrr¡, ir ( rcntas. Y

puc-den sentir especial incomodidad ante las votaciones, rc¡rctidas

y

nu-méricamente abrumadoras, de índole crÍtica. En un l¡Í¡: análisis, podrÍa demostrarse que la sugerencia de que esos votos representan Ia "opiniór.r

pública mundial" carece de gran credibiiidad. Pero en términos

polít!

cos sÍ puede ejercer considerable peso.

Las foecuentes

y

extensas reuniones de

la

Asamblea General, junto con las numerosas resoluciones que de ella emanan, se han dado uni-versalmente por sentadas durante toda la vida de la oNU. Se las ve como

un

arreglo diplomático "natural". Esto indica

otra

deuda más que la oNU tiene con

ia

Sociedad de Naciones.

El propio

Pacto no precisaba hasta qué punto debía ser activa la Asamblea de

la

Sociedad,

limitán-dose a decir que se

reuniría

"en épocas

fijas"

(artÍculo 3.2).

La

Gran Bretaña había considerado quc bastaría que esta reunión plenaria se

celebrara cada cuatro o cinco años. Pero en su primera reunión, a fina-les de 1920,

la

Asamblea

no

sólo no se conformó con

la

infbrmación presentada en el informe del Consejo, que tenía ante ella, sincr que re-solvió someterlo a análisis (1o que preocupó mucho a ciertos miembros del Consejo), y adenás decidió reunirse anualmente. Se habÍa fijado la pauta. Y aunque las observaciones especÍficas de las potencias pequeñas nunca lueron tan ofensivas como las que a veces se han hecho en la organización sucesora, tampoco hubo dudas acerca de poner en claro exactamente lo que estaban pensando. AsÍ, en 1923,

Italia

se preocupó por las críticas hechas a su bombardeo y ocupación de la isla griega de Corfu; ¡r en 1931, Japón habrÍa querido que su agresiva política en Man,

churia fuese debatida por el Consejo y no por lzr Asambiea.

También la sede de la oNU ), la ciudad en que se encuentra son esce-narios,

por

supuesto, de mucha diplomacia discreta, facilitada

por

el hecho de que virtualmente cada uno de los Estados miembros tiene una misión perma.nente en la oNu, que casi sjempre es tan permanente en la

práctica como de nombre. Para todo

fin

práctico, estas misiones son embajadas. Además, están encabezadas de manera invariable

por

un

miembro muy impoñante del servicio exterior de cada Estado,

o

por

una persona de imporlancia equivalente. En realidad, Nueva York

cons-tituye

un

nombramiento diplomático

muy

codiciado. Ginebra nunca alcanzó Ia misma altura. Pero desde el principio se establecieron ahí de-legaciones permanentes, como se les llamaba, y con el tiempo casi todos los Estados miembros llegaron a tener una; sin embargo, no eran

pafti-cularmente bienvenidas por la secretaría del Estado anfitrión, y la-

direc-Ir\ I)lrlll)^ ltlllA (rNll( (lN lA S()( ll l)AIt l)l NA( ¡l)NlrS

r'irrn rk':rllltrrrlrs

(¡iln

(()r)si(lcr'¡d¿rs puest()s r-claliv¿lnlcntri r¡rcnorcs del

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rle strs paÍses. Pcro se h¿rbí¿r establecido un principio de lo qrrc llcgar'ía a scr un aspecto importante de las relaciones internacio-n;rlr:s

EL coNcrERTo DE Los GRANDES

Uno de los aspectos más obvios enlre la continuidad de la Sociedad de Naciones

y

la

oNu

se encuentra

en

la

posición privilegiada

de

las grandes potencias en ambas organizaciones. Las "principales potencias aliadas y asociadas" fueron declaradas miembros permanentes del Con-sejo de 1a Sociedad, y se les acordó un privilegio semejante a los

princi-pales aliados victoriosos en

la

segunda Guerra

Mundial.

Después de

todo,

a¡nbos organismos pretendían mantener

la

paz,

y

el

supLresto

indiscutido era que eso requerirízr

la

movilización de poder. Por consi-guiente,

hubo

que

olorgar

un

lrrgar predominante

a

los

jeles de

la empresa. Y aunque se ejerciera en público, el camino par-ticular por el

cual habrÍa que guiar a otros tuvo que ser meditado

y

en gran parte determinado en privado. De este moclo, en el apogeo de la Socie¡-lad, a los representantes de las gr andes potencias les gustaba asistir a sus aco-gedoras "reuniones par¿¡ tomar ei té en Locarno"; de manera similar, el reciente resurgimiento del Consejo

de

Seguridad se

ha

caracterizado

pol muchas consulfas privadas entre los "cinco perrnanentes".

Quienes no se cuentan e¡rtre los elegidos naturalmente no están muy entusiasmados con este arreglo. Su inconformidad se expresó de cuan-do en cuando en la Sociedad; v en fecha reciente ha habido duras expre-siones de irritación contra lo que les ha parecido arrogancia del Consejo de Seguridad, en particuiar de sus miembros permancntes. Si estos

últi-mos son sensatos, harán lo que puedan por lomar en cuent¿r esta critica, y ya ha habido ciertas señales de ello. Además, ttn pai de los Estados en cuestión tienen una razón especial para no

irritar

a los miembros en ge-neral, dado que están iniciándose discusiones acerca de una revisión de la membresía del Consejo.

Pero todas esas susceptibilidades no socavan el hecho de que aunque los miembros de la

otlu

son miembros por igual, así como todos ellos gozan del mismo reconocimiento como Estados soberanos, otros hechos de

la

vida señalan de manera inexorable cierta diferenciación de sus funciones.

Lo

mismo ocurrió

a la

Sociedad,

¡'

no ha ocurricio menos desde 1945, pese a la mucho más vibrante nota de

igualiiarisno

que se

ha oído durante eslos años. Es fundamentalmente un reflejo del hecho de que ambas organizaciones están integradas por Estados. Por tanto, tienen que reflejar el funcionamiento de la polÍtica internacional, aun si

(10)

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APUNTE9 I"IISTóRICO'

la inragen puedc parecerlcs, cn oczrsioncs, Lln tnnto dolor.rrrnr.ll a algu-nos. La oNU, como antes que ella la Sociedad, es un cnnul pur.r l:r cliscu-sión y la acción internacionales. Al menos en lo tocante a Ia prcparación para esta última, no se puede negar un puesto de honol a sus niembros

de mayor peso. Y en la medida en que pueden estar de acuerdo, el or-ganismo del que forman parte tan importante necesariamente parecerá algo como un concierto de los grandes,

Por

consiguiente,

casi en

cada respecto,

la

oNU

ha

edificado sobre ciinientos ya echados por

la

Sociedad de Naciones. Esto no es quitarle ningún mérito a la oNU, que hasta ahora ha tenido una vida variada y en general

útil,

en

la

actualidad puede decirse que casi está floreciendo. Merece una magnífica fiesta de cumpleaños, y puede ver al futuro con

gran optimismo. Pero

no

debe olvidarse que

la

oNu está firmemente arraigada en la organización predecesora. Aunque sólo sea por esa ra-zón,

la

Sociedad de Naciones debe ser mucho menos censurada de lo

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Referencias

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